Las mejores historias sobre gatos LA INFANCIA DE LA SEÑORITA CHURT F. R. Buckley #3
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LA INFANCIA DE LA SEÑORITA CHURT F. R. Buckley #3

El comandante del submarino, un tipo bastante simpático llamado Koenig, que habitualmente residía en la Glocknergasse, n.º 8 , Múnich, había oído las desesperadas señales de socorro enviadas por el capitán Timbs y había pensado que acaso aquello presagiaba la oportunidad de entrar en acción.

Sabía que, de momento, había escasez de destructores por los alrededores, pero los acontecimientos estaban superando sus expectativas.

Después de observar por el periscopio cómo la tripulación abandonaba el barco y de comprobar que el Malvern no era inmediatamente tragado por las aguas, el comandante Koenig había hecho a sus hombres un comentario regocijado sobre la audacia y la valía de los marinos británicos.

Tanto la presencia del barco sueco como el precario balanceo del Malvern le convencieron con plena seguridad de que no era un buque de guerra camuflado.

Así pues, se proponía combinar el trabajo y el placer permitiendo que la tripulación que se había dado a la fuga presenciara cómo utilizaba su embarcación para hacer prácticas de tiro.

Se le ocurrió emplear una espoleta de percusión para volar, en primer lugar, la chimenea del barco.

Mientras el submarino emergía de las aguas, los artilleros salieron por la escotilla, corrieron hacia la proa y procedieron a preparar el cañón.

Al mismo tiempo, la anhelante señorita Churt se vio reconfortada al avistar al señor Wharton, más astroso que nunca. A la señorita Churt le gustaba el desharrapamiento, porque le ofrecía más recovecos donde acomodarse.

Cuando su amo saltó a la cubierta, no se le veía tan animado como de costumbre; parecía que algo le preocupaba; y no sonreía.

Pero la señorita Churt sabía cómo remediar aquella situación. Cuando alguien se ponía triste, ella salía corriendo y el señor Wharton corría tras ella, la atrapaba y la llamaba pequeño demonio; luego se corregía, la llamaba brujita y le plantaba un beso en la punta del morro.

Así pues, la señorita Churt echó a correr, resbalando ligeramente debido a la inclinación de la cubierta y con las orejas levantadas para oír el amado sonido de los pasos que saldrían en su persecución.

Y oyó el esperado sonido de pasos.

Pero también oyó algo más.

Algo terrible. Un ruido prolongado, cada vez más fuerte, que se había originado a lo lejos con un estampido, le perforó los oídos…

era espeluznante; después un resplandor cegador se extendió por el mundo entero y lo hizo saltar en pedazos, pegándole tal sacudida en el estómago que el filete dejó de molestarla…

El señor Wharton, que había salido corriendo desde detrás de la cabina del telegrafista, se detuvo un instante.

En las trancas de la cubierta se había formado un enorme agujero chamuscado que hubo de rodear con cuidado.

Mientras lo hacía, divisó el submarino del capitán Koenig, tal vez a tres cuartos de milla de distancia.

Pero lo que estaba buscando era una bolita de pelo sucio; y la encontró, muy desmadejada, justo delante de la escala que subía al puente de mando. Lo más curioso es que el capitán Koenig también adoraba a los gatos y tenía tres en su casa de la Glocknergasse.

Pero la guerra es la guerra.

El señor Wharton recogió con su manaza lo que quedaba de la señorita Churt, la cubrió con la otra mano, como si fuera la tapa de un pequeño ataúd, y maldijo al capitán Koenig, a sus superiores y a sus subordinados; después levantó los dos brazos en el aire y, todavía con el bultito fofo en la mano derecha, lanzó un grito tan fuerte que a punto estuvo de oírse en el submarino.

De hecho, en la rectoría de Santa María, el canónigo Hobson se despertó sobresaltado; consultó el reloj que tenía junto a la cama y vio que eran las cinco y veinticinco; giró sobre sí mismo… pero, sin saber muy bien por qué, no sentía ganas de volver a dormirse.

—¡Maldito seas, maldito carnicero tramposo! —gritaba el señor Wharton; de pronto, se le quebró la voz—. Mi pequeña…

Una voz sonó justo a sus espaldas. A los marinos de guerra no les había parecido adecuado que su oficial subiera a bordo sin escolta, por lo que le habían seguido trepando por los cabos y allí los tenía. La voz era del marino de mayor rango, como debe ser.

—¿Les lanzamos un buen zambombazo, señor? —inquirió.

El señor Wharton había olvidado por completo el cañón del 4,7 de popa. Pero ahora lo recordó y expresó su absoluta conformidad con un gruñido.

Guardó el cuerpo de la señorita Churt en el bolsillo de su chaqueta; después descendió por la escala seguido de los marinos.

Tuvieron que descender por otra escala, cruzar el pozo de popa y trepar a la toldilla; fue entonces cuando los avistó el capitán Koenig.

Con un revoltijo de aus y un aluvión de terminaciones en - ch , ordenó a sus hombres que corrigieran el ángulo de dirección y lanzaran un buen zambombazo a Wharton y compañía; de manera que, a grandes rasgos, la cuestión se resumía en quiénes se adelantarían a los otros para lanzar un zambombazo.

El submarino alemán, que ya estaba en plena forma, consiguió disparar antes; pero al haber cambiado de objetivo precipitadamente, habían apuntado demasiado alto y el proyectil cayó a menos de media milla del barco sueco (memorándum del 27 de marzo de 1940 , párrafo 2 ).

Entretanto, el primero había manipulado diversas cosas; y al fin expresó su satisfacción con un movimiento de cabeza.

Innecesariamente, miró al señor Wharton, despegó los labios y estaba a punto de preguntar si abría fuego cuando el oficial (que, desde luego, no era un profesional de la Armada) lo apartó, empuñó él mismo la palanca de fuego y disparó.

Fue cuestión de suerte, de pura suerte, según todos los presentes; pero el hecho es que el proyectil no convencional, casi antirreglamentario, se dirigió en línea recta al tambor del cañón del submarino alemán, lo dobló, siguió volando a toda velocidad y, sin rozar al capitán Koenig ni a sus hombres, chocó contra el borde de la torreta y allí estalló, con el desenfreno propio de los explosivos de alta potencia.

Nadie resultó herido, salvo el marino Albrecht Otto de Bremen (sordera y rasguños), pero después del impacto no se pudo cerrar la torreta. Lo que significaba que no era posible la inmersión…

Y en ese momento apareció en el horizonte, por el sur y aproximándose, una nube de humo que anunciaba la llegada de destructores. Los marinos se las mostraban con el dedo unos a otros.

Al mismo tiempo, junto a la otra batayola, el señor Wharton expresaba su enfurecida opinión sobre el capitán Timbs y todos los hombres que se hacían a la mar en botes salvavidas abandonando barcos en perfectas condiciones y cargados de municiones terriblemente necesarias.

Dar voz a estas quejas, además de saltar la pintura de las bancadas del bote salvavidas n.º 1 (si hay que creer al tercer oficial), dejó al señor Wharton bastante exhausto. Y con el humor aplacado.

Se metió la mano en el bolsillo y extrajo de él la mortal envoltura de la señorita Churt. Tenía los ojos azules cerrados, la peluda cabeza doblada sobre el cuello y se le habían quemado todos los bigotes.

—¿Quiere que regresemos, señor? —se oyó un grito desde los botes.

—¡Os podéis ir al infierno! —bramó el señor Wharton; de manera que los botes se pusieron en marcha hacia él.

Pero una voz que se alza para llegar a oírse a un cuarto de milla de distancia retumba terriblemente desde cerca.

La señorita Churt se estremeció hasta la última de sus células.

El estómago comenzó a fastidiarla de nuevo. Sentía en la nariz un olor familiar, que se filtraba a través del hedor de los bigotes chamuscados… tabaco, brea y linimento de Mallison…

Abrió los ojos y dijo:

—¡Miau!

Aunque eran tiempos de guerra, la iglesia parroquial de Santa María se decoró debidamente para esta boda; pese a que, en vista de las circunstancias, el canónigo Hobson había consentido en relajar las normas de etiqueta en lo referente a la vestimenta del novio.

Ahora bien, la señorita Woollard iba ataviada como Dios manda hasta el último detalle, incluidas las setenta y nueve flores de azahar; si bien se advertía en ella cierta proclividad a mordisquear el velo.

Estaba más nerviosa de lo que suelen estarlo las novias; más nerviosa incluso de lo que habría estado justificado por el hecho de que su novio tuviera tres padrinos: los tres marinos de guerra, todos luciendo condecoraciones de solo un grado inferior a la que le habían impuesto al señor Wharton.

El motivo de tanta inquietud se reveló cuando, al abrir el libro de oraciones, el canónigo Hobson vio de refilón el bolsillo derecho de la chaqueta del novio y, después, lo miró con mayor detenimiento y terminó por clavar en él la vista.

Tal vez debería mencionarse en este punto que, además de unas facciones de granito y un corazón extremadamente blando, el reverendo poseía unos ojos que parecían dos puntitos hechos de diamante molido.

Cerró el libro de oraciones y habló en voz baja y aturdida.

—Henry —dijo, mientras la congregación estiraba el cuello—, eso que llevas en el bolsillo, ¿no será un gato? ¿Es un gato ?

Aquello era exagerar la condición de la señorita Churt, que aquel día cumplía las seis semanas de edad y acababa de asomar su cabeza chamuscada por la explosión para tomar un poco el aire. Ahora bien, en términos generales era innegable que la frase era acertada.

—Sí —respondió el señor Wharton—. Es una gata.

—Sabía que la iba a traer… tenía que traerla… y yo que le decía… —se quejó la novia con voz trémula; pero el canónigo Hobson no le prestó atención, ni siquiera cuando comenzó a sollozar.

Al ver la mirada azulada de la señorita Churt, los adamantinos ojos del canónigo sufrieron un curioso proceso de transformación.

En primer lugar, un parpadeo borró de ellos la mirada condenatoria; después, dio la impresión de que se licuaban, perdiendo por completo sus cualidades de penetración. Entonces dijo así:

—¿Debo suponer que… esto… es una especie de mascota? ¿Relacionada tal vez con el reciente…? ¿Qué le ha pasado en los bigotes?

—Se lo contaré todo en la sacristía —repuso el señor Wharton; y, al cruzar la mirada con la del canónigo, se arrepintió de los juicios equivocados que se había formado en su juventud.

El canónigo Hobson asintió; abrió el libro que había cerrado dejando el pulgar a modo de señal y carraspeó.

—Queridos míos —proclamó—, estamos aquí reunidos…

La señorita Churt no acababa de identificar los olores (fundamentalmente de azucenas) ni los sonidos (básicamente del canónigo Hobson) que la rodeaban.

Mas eran interesantes y tuvo la vaga idea de que algún día algo semejante podría sucederle a ella.

Pero no de momento.

Todavía faltaba mucho para que eso ocurriera.

Entretanto, ya había tomado bastante el aire.

Retiró la cabeza de la nave de la iglesia de Santa María para sumergirla en la calidez del tejido de tweed del bolsillo del señor Wharton y se dispuso a seguir durmiendo.