LA INFANCIA DE LA SEÑORITA CHURT F. R. Buckley
La señorita Churt, que era británica como todo el mundo a bordo del Malvern , contemplaba el Atlántico Norte con ojos vidriosos desde el alféizar situado tras el cristal exterior de la ventana de la cocina.
Estaba sumida en sombríos pensamientos sobre el filete de solomillo que le había dado el cocinero.
—Cómetelo, minina. ¡Está muy bueno! —había dicho el cocinero.
Y la señorita Churt había seguido su consejo. Pero aunque el filete le había sabido delicioso, ahora sufría ciertas náuseas; le había asaltado una extraña sensación, como si tuviera balas de cañón en el diafragma…
Decidió ir a tomar un rato el fresco y a hacer una visita a su amigo, el señor Wharton.
Saltó desde donde estaba encaramada y, con el rabo estirado cuan largo era, echó a andar con paso bamboleante hacia la escalerilla del camarote de proa.
El Malvern también se balanceaba debido a una sensación semejante de pesadez a media altura, causada no por balas de cañón, sino por un tipo de munición mucho más moderno.
Nunca le había hecho el barco mucho caso a su timón y, ahora que habían vaciado su casco de arriba abajo para cargarlo hasta los topes y reconvertirlo de manera que navegase fácilmente con cualquier rumbo, no había manera de que se ajustara a la derrota.
En un camarote de la cubierta de botes, el primer oficial y el jefe de máquinas comentaban este fenómeno y otros relacionados con la comodidad y el bienestar de la tripulación.
El señor McIvor, que naturalmente era el jefe de máquinas, había embarcado en Nueva York y estaba empapándose del pesimismo del señor Wharton.
—Es una especie de subproducto de la gripe y del consejo de administración —dijo el primer oficial, refiriéndose a su capitán—. Es… bueno, ya lo ha visto usted.
—He visto algo —apuntó el señor McIvor con cautela.
—Seguro que era él. Es sobrino del presidente; ha pasado años y años en tierra; estalla la guerra, el viejo Stokes coge la gripe, así son las cosas del destino… y yo me veo aquí diciéndole «¡Sí, señor!» a ese ser . Si al menos tuviera pestañas no me importaría tanto, pero…
El señor McIvor asintió con la cabeza y su rebosante pipa hizo clo-clo .
—¿Ha topado usted con dificultades hasta ahora?
—¿Con submarinos, quiere decir? Qué va. ¡Hola, cielo! ¡Hola! ¿Has venido a ver a papá?
Tomado por sorpresa, el señor McIvor esbozó un ademán instintivo para alisarse el cabello, pero quien había llegado era simplemente la señorita Churt.
El señor Wharton se dirigió hacia el umbral de la puerta entornada y sujeta con un gancho, recogió a la gata del suelo y, antes de volver a sentarse en su litera, extendió cuidadosamente sobre la alfombra un periódico de hacía un mes.
En la primera página se veía una fotografía de la boda de la señorita Tal y Cual con el capitán Sabe-Dios- Q uién- E s de la guardia real; inclinándose sobre el periódico con la señorita Churt tumbada sobre la palma de su mano, el primer oficial examinó con mirada cáustica las flores de azahar, las sonrisas, los dientes, las amígdalas y las espadas formando un arco.
—Ponte cómoda, cariño —dijo, colocando a la señorita Churt sobre la fotografía.
—¿Es usted un hombre casado? —quiso saber el señor McIvor.
—No. Pero lo seré . Ahí la tiene.
El jefe de máquinas desvió la vista hacia una foto colocada sobre el escritorio.
—Bonita muchacha.
—Usted lo ha dicho. Con el canónigo Hobson y toda la pesca. Y hablando de pescas, no sé si habrá oportunidad de usar el cañón del 4 , 7 que nos han instalado en la toldilla, ¿lo ha visto?
—Sí, por desgracia. Pero ¿qué es eso que me cuenta de un canónigo? —preguntó el señor McIvor, cuyo interés en las intimidades ajenas era desmedido en comparación con lo que de sí mismo contaba—. ¿No se habrá encaprichado con él su prometida, verdad?
—¿Con el viejo Hobson? No es ese tipo de chica —replicó el señor Wharton; y su expresión casi hizo arrepentirse al señor McIvor de haber formulado la pregunta—. Lo que pasa es… ¿Cómo estás, cariñito? ¡Ven con papá! ¡Qué niña tan buena!
—Parece muy encariñado con esa gatita.
—Estoy loco por ella. Y ella no puede vivir sin su Harry, ¿verdad, muñeca?
La señorita Churt lamió la mano áspera y nudosa del marino. Sazonada con alquitrán, sal, tabaco y el Mágico Linimento de Mallison para cortes superficiales y contusiones, tenía un sabor parecido al del filete de solomillo.
—¿Pero qué pinta ese canónigo en todo esto?
—Las chicas de nuestro barrio de Liverpool están locas por él.
Verá… todos pasamos por su escuela dominical; el coro infantil, lo llamaba él; después de la confirmación, los chicos no quisimos saber nada más del asunto, como es natural, pero aunque no me crea, le diré que nunca he blasfemado como se supone que debería hacerlo.
—Ya lo noté cuando nos remolcaron por el río —comentó el señor McIvor—. Pensé que tal vez era usted uno de esos finolis.
Un repentino apretón en las costillas de la señorita Churt le hizo emitir algo semejante a un maullido.
—¿Te he hecho daño en la tripita? —inquirió el señor Wharton—. Vamos, tranquila, mi chica bonita; qué barriguita tan llena… Así que pensó usted eso, ¿eh?
—Hasta que lo conocí —se apresuró a puntualizar el señor McIvor—. Pero… ese cura, ¿no será un hombre joven?
—Canónigo —le corrigió el señor Wharton—. No, y tampoco es guapo. Pero es la niña de los ojos de Annie y si no la casa él, no la casa nadie; así que de momento no la ha casado nadie… y ahora van y me ponen bajo el mando de ese zoquete barbilampiño…
—¿Qué más da quién le case a uno? Casarse lleva menos tiempo que sacarse una muela.
—¿Conque sí, eh? Ahí es donde va descaminado. Al viejo Hobson le encantan las ceremonias como Dios manda; y eso significa que Annie tendrá que llevar velo y flores naranjas y yo chistera y frac.
—¡No en tiempos de guerra!
—¡Porque usted lo diga!
—Yo iría a ver al viejo ese —dijo el señor McIvor después de reflexionar un rato— y lo mandaría a la mierda.
—Si lo hubiera visto, no diría eso —dijo el señor Wharton sombríamente—. No mide más de un metro ochenta, pero yo lo he visto sobrio y pidiendo un café. Tiene una jeta de esas que están talladas en granito con un taladro. Se parece un poco a usted.
El jefe de máquinas meditó sobre esto con imparcialidad y dejó su vaso sobre la mesa.
—Bueno, bueno —dijo levantándose—. Es la voluntad de Alá, supongo, que algunos nos casemos y seamos sensatos y que a otros les dé por hacer arrumacos a las gatas. Buenas noches, señor Wharton.
El señor McIvor se detuvo en el umbral y dio media vuelta para ver el efecto de la bomba que había lanzado, típico humor de Glasgow. La señorita Churt, despertada por algo semejante a un terremoto, le hizo un guiño y volvió a dormirse.
—¿Tenemos marinos de guerra a bordo que sepan disparar su cañón? —preguntó McIvor para encubrir el aspecto más morboso de su curiosidad.
—Los tenemos —repuso el señor Wharton—, y si alguien le pregunta quién está al mando del equipo de artilleros, ese soy yo. Reserva naval…
—Y a su vez usted recibe órdenes del capitán Timbs. Bueno… que duerma bien.
—¿Ha oído que han torpedeado un barco de madera? —preguntó Wharton.
—No. ¿Qué ha pasado?
—Nada especial, solo que se comenta que quizá no haya terminado de hundirse y sus restos estén a la deriva por esta zona.
Timbs ha estado llamando por radio a todo el mundo, excepción hecha de Churchill y del presidente Roosevelt, pero nadie ha visto el derrelicto.
Además, es una noche muy oscura. Bueno… que tenga felices sueños.
El señor McIvor se marchó con aire un tanto preocupado, pero el primer oficial parecía sentirse mejor.
Sacó suavemente a la señorita Churt del mundo de los sueños, la levantó en alto con las patas delanteras colgando en el aire, le obsequió con una sonrisa de oreja a oreja y la besó en el morro sin prestar la menor atención a la higiene.
—¡Mi chica preciosa! ¿Te gustaría que papá se casara con su otra chica al volver a tierra? ¿Entonces tendrías una casa muy bonita y todo un jardín para escarbar?
La señorita Churt estaba extremadamente somnolienta; además, el filete de solomillo parecía seguir atascando sus vías de comunicación. Abrió la rosada boca pero no emitió ningún sonido.
—Apuesto a que sí —dijo el señor Wharton—. Y eso me recuerda que…
Acababa de levantarse para recoger el periódico con la noticia de la boda cuando por la proa, bajo la noche estrellada, se produjo un estrepitoso choquetazo.
El Malvern se paró en seco, como una anciana que hubiera recibido un fuerte golpe en la barriga.
Simultáneamente, las luces se apagaron.
Habían chocado, claro está, con el derrelicto en cuestión, que iba flotando con la quilla hacia arriba a merced de las olas o, como dicen los franceses con tanta elegancia, a flor de agua.
Habiendo cumplido el destino que le habían marcado los astros celestiales…
Neptuno espoleado por Marte, quizá; ¿quién sabe?
… y una vez que hubo abombado hacia dentro la desgastada proa del Malvern como si fueran los fuelles de una concertina, el barco de madera se balanceó, vomitó en las aguas unos cuantos centenares de millares de metros de planchas a través de una grieta nueva y se hundió; mientras tanto, detrás del peak de proa del Malvern , el señor Wharton y un puñado de marinos medio desnudos se afanaban en evitar por todos los medios que su vieja bañera corriera la misma suerte.
Se trataba de apuntalar un mamparo, y no es cuestión sencilla apuntalar un mamparo en un lugar oscuro como boca de lobo.
Transcurrió una hora antes de que el señor McIvor y su horda lograran volver a poner en marcha la dinamo, arrancada de cuajo; después, el panorama que revelaron las linternas de mano al alumbrar la bodega fue lo contrario de alentador.