Las mejores historias sobre gatos LA MAYOR PRESA DE MING Patricia Highsmith #2
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LA MAYOR PRESA DE MING Patricia Highsmith #2

Aunque Ming había pensado encaramarse de nuevo al techo del camarote, después de echarle una ojeada prefirió reservar sus fuerzas y se acomodó en la cubierta cálida y ligeramente inclinada, con las patas recogidas bajo el cuerpo, para contemplar el litoral cada vez más próximo.

Ya alcanzaba a oír la música de guitarra que sonaba en la playa.

Las voces de su ama y del hombre se habían acallado.

Durante un instante el sonido más fuerte fue el chuc-chuc-chuc del motor del barco.

Luego Ming oyó los pies desnudos del hombre ascendiendo por la escalerilla del camarote.

Aunque no volvió la cabeza para mirarlo, instintivamente giró las orejas hacia atrás.

Siguió contemplando las aguas que se extendían ante él, tan solo a un salto de distancia.

Pero le extrañó que el hombre no hiciera ningún ruido.

El pelo del cogote se le erizó cuando se volvió a echar un vistazo.

En ese preciso instante, el hombre se inclinó hacia delante y se abalanzó hacia él con los brazos extendidos.

Levantándose de un salto, Ming echó a correr hacia el hombre, pues solo en esa dirección podría ponerse a salvo en aquella cubierta sin barandilla.

Teddie extendió el brazo izquierdo y le pegó un manotazo en el pecho que lo despidió hacia atrás; y aunque trató de agarrarse a la cubierta con las uñas, sus patas traseras resbalaron hasta quedar colgando por la borda.

Se aferró con las garras a la lisa superficie de madera, que le ofrecía escaso asidero, mientras movía las patas traseras para impulsarse hacia arriba, aunque la curvatura del costado del velero le dificultaba las cosas.

El hombre avanzó dispuesto a tirarlo al agua de un puntapié, pero justo en ese momento Elaine remontaba la escalerilla del camarote.

—¿Qué está pasando? ¡Ming!

Poco a poco, el gato se había ido impulsando hacia cubierta con sus poderosas extremidades traseras. El hombre se había arrodillado como si quisiera echarle una mano. Y su dueña, que también había caído de rodillas, consiguió agarrarlo por el cuello.

Ming se relajó y se acurrucó en la cubierta. Tenía el rabo mojado.

—¡Se ha caído por la borda! —dijo Teddie—. Es verdad que está mareado. Se tambaleó y se cayó cuando el barco pegó un bandazo.

—Es el sol. ¡Pobre Ming ! —Elaine abrazó a Ming contra su pecho y se lo llevó al camarote—. Teddie… ¿puedes hacerte cargo del timón?

El hombre bajó al camarote. Elaine había colocado a Ming sobre la litera y le hablaba con dulzura.

El corazón seguía latiéndole aceleradamente.

Aunque tenía al lado a su ama, se puso en guardia contra el hombre, que ahora empuñaba el timón.

Advirtió que habían entrado en la pequeña ensenada adonde siempre se dirigían antes de bajar del velero.

Allí estaban los amigos y aliados de Teddie, a quienes Ming aborrecía porque los asociaba con él, aunque no eran más que chicos mexicanos.

Dos o tres muchachos vestidos con pantalón corto gritaron «¡Señor Teddie!

», le dieron la mano a Elaine para ayudarla a saltar al muelle, asieron el cabo que estaba atado a la proa del barco y se ofrecieron a coger a ¡Ming!

… ¡Ming! Pero el gato bajó al muelle de un brinco y se agazapó a la espera de Elaine, dispuesto a escabullirse de cualquier otra mano que pretendiera agarrarlo.

Varias manos morenas se adelantaron hacia él, obligándolo a esquivarlas dando saltos de un lado a otro.

Hubo risas, gañidos, golpetazos de pies descalzos sobre las planchas de madera.

Pero allí estaba la tranquilizadora voz de Elaine espantando a los chicos.

Ming sabía que su ama estaba ocupada recogiendo las bolsas de plástico, cerrando con llave el camarote.

Después, con ayuda de uno de los muchachos mexicanos, Teddie cubrió el camarote con una lona.

Y los pies calzados con sandalias de Elaine llegaron junto a Ming.

El gato la siguió cuando se alejó. Un chaval le quitó de las manos los bultos con los que iba cargada y ella pudo coger a Ming en brazos.

Montaron en el gran coche descapotable de Teddie y enfilaron la serpenteante carretera que conducía a la casa de Elaine y de Ming.

Uno de los chicos iba al volante. Ahora su ama y el hombre hablaban en un tono más relajado, más suave.

Teddie se rio. Sentado en el regazo de su dueña, Ming se mantenía alerta.

Por la manera en que Elaine lo acariciaba y le tocaba el cogote supo que estaba preocupada por él.

El hombre alargó el brazo queriendo posar sus dedos en el lomo del gato y este lanzó un gruñido sordo que subió y bajó de tono y retumbó en las profundidades de su garganta.

—Bueno, bueno —dijo el hombre, fingiendo que le divertía su reacción, y retiró la mano.

La voz de Elaine se había detenido en mitad de una frase. Ming se sentía cansado y su mayor deseo era echar una siestecita en la gran cama de su casa, cubierta por una manta de lana fina con rayas rojas y blancas.

Cuando apenas acababa de formular ese deseo con el pensamiento, Ming se encontró en el ambiente fresco y fragante de su hogar, mientras unas manos lo colocaban delicadamente sobre la cama con el suave cobertor de lana.

Su ama lo besó en la mejilla y pronunció una frase que incluía la palabra «hambre».

Esa sola palabra le bastó para comprenderla.

Le había dicho que cuando sintiera hambre, se lo hiciera saber.

Ming se adormiló y despertó al oír voces en la terraza, a un par de metros de distancia, al otro lado de las puertas de cristal abiertas.

Se había hecho de noche. Desde la cama divisaba un extremo de la mesa y, por la calidad de la luz que allí brillaba, supo que había velas encendidas sobre ella.

Concha, la criada que dormía en casa, estaba retirando los platos.

El gato oyó su voz, y después las voces de Elaine y del hombre.

Olía a humo de puro. Saltó al suelo y se quedó un instante observando la terraza desde la puerta.

Bostezó, después arqueó el lomo, se estiró y se calentó los músculos clavando las uñas en la espesa esterilla del suelo.

A continuación salió sigilosamente a la parte derecha de la terraza y se escabulló en silencio hacia el jardín, descendiendo la larga escalera de anchas losas de piedra.

El jardín parecía una jungla o un bosque.

Los aguacates y los mangos crecían hasta la altura de la terraza, y había buganvillas cubriendo la tapia, orquídeas en los árboles y magnolias y camelias de diversos tipos plantadas por Elaine.

Ming oyó el piar de los pájaros, que se revolvían en sus nidos.

A veces trepaba hasta ellos para saquearlos, pero esa noche no estaba de humor para cacerías pese a que ya no sentía cansancio.

Las voces de su dueña y del hombre lo tenían inquieto.

Era evidente que su ama no estaba contenta con el hombre.

Pensando que Concha aún estaría en la cocina, decidió ir allí a pedirle algo de comer.

A Concha le gustaba Ming. Otra doncella que no se había encariñado con él había sido despedida por Elaine.

Le apetecía un poco de cochinillo a la brasa.

Eso era lo que su ama y el hombre habían cenado.

La brisa fresca que soplaba desde el mar le mecía el pelaje.

Se sentía plenamente recuperado de la horrible experiencia de haber estado a punto de caerse al mar.

Ya no quedaba nadie en la terraza. Ming giró a la izquierda y entró en el dormitorio, donde de inmediato sintió la presencia del hombre pese a que la luz estaba apagada y no lo veía.

Estaba de pie junto al tocador, abriendo una caja.

Una vez más, al gato se le escapó un gruñido sordo que subió y bajó de tono; al advertir que no estaba solo se había quedado paralizado, con la pata derecha extendida para dar el siguiente paso.

Ahora tenía las orejas echadas hacia atrás y, aunque el hombre todavía no lo había visto, se preparó para salir corriendo en cualquier dirección,

— ¡Shhh…! ¡Maldito gato! —siseó el hombre, y pegó un zapatazo no muy fuerte para espantarlo.

Ming permaneció inmóvil. Oyó el leve repiqueteo del collar blanco de su ama.

El hombre se lo guardó en el bolsillo y, después, pasando por la derecha de Ming, se dirigió al espacioso cuarto de estar.

Entonces el gato oyó el tintineo de una botella entrechocando con un vaso y el fluir de un líquido.

Cruzó la misma puerta por donde había salido el hombre y giró a la izquierda, encaminándose a la cocina.

Una vez allí, maulló, y Elaine y Concha lo saludaron. Concha había puesto música en la radio.

—¿Pescado?… Cochinillo. Quiere cochinillo —dijo Elaine, hablando en el extraño lenguaje que utilizaba con Concha.

Sin mucha dificultad, Ming había transmitido su preferencia por el cochinillo, y cochinillo le habían dado.

Se lanzó sobre él con mucho apetito. Concha exclamaba «¡Aaay!

» mientras su dueña le hablaba largo y tendido.

Después la criada se agachó para acariciarlo y Ming soportó las caricias, sin retirar la vista de su plato, hasta que Concha lo dejó en paz y pudo terminar la comida.

Luego Elaine se fue de la cocina. Concha vertió un poco de aquella leche de bote que tanto le gustaba en su platillo vacío y él se la tomó a lametazos.

A continuación se frotó contra la pierna desnuda de la criada para expresarle su agradecimiento y salió de la cocina, atravesando el cuarto de estar con mucha cautela de camino hacia el dormitorio.

Pero Elaine y el hombre habían salido a la terraza.

Acababa de entrar en el dormitorio cuando oyó que Elaine lo llamaba:

—¿Ming? ¿Dónde estás?

Ming se acercó a la puerta de la terraza, donde se detuvo, y tomó asiento en el umbral.