LA MAYOR PRESA DE MING Patricia Highsmith #3
Elaine estaba sentada de medio lado en un extremo de la mesa y la luz de las velas relumbraba sobre su larga melena rubia, sobre el blanco de sus pantalones. Se dio una palmada en la pierna y Ming se encaramó a su regazo.
El hombre hizo un comentario en voz baja, un comentario desagradable.
Elaine le replicó en el mismo tono. Pero acompañó sus palabras con algunas risas. Luego se oyó el timbre del teléfono.
Dejando a Ming en el suelo, su ama entró en el cuarto de estar y se dirigió al aparato.
El hombre apuró la bebida que había en su vaso y lo posó en la mesa mientras mascullaba unas palabras dirigidas a Ming.
Luego se levantó y trató de cercarlo, de obligarlo a avanzar hacia el borde de la terraza, pero Ming se percató de sus intenciones y también de que estaba borracho…
por eso se movía despacio y con cierta torpeza.
La terraza estaba circundada por un parapeto que le llegaba al hombre por la cadera; pero en tres zonas tenía vanos con barrotes lo bastante distanciados entre sí como para que Ming pasara entre ellos, aunque él solo usaba aquellos huecos para contemplar el jardín de vez en cuando.
Ahora comprendió que el hombre pretendía empujarlo a través de los barrotes o agarrarlo y tirarlo por encima del parapeto.
Pero nada podía ser más fácil que esquivarlo.
De pronto, el hombre levantó en alto una silla y la arrojó contra Ming, pegándole en la cadera.
Le había pillado desprevenido y le había hecho daño.
Ming se dirigió a la salida más próxima: los escalones que conducían al jardín.
El hombre lo siguió escaleras abajo. Sin pararse a pensar, Ming remontó a la carrera los escasos peldaños que ya había descendido, bien arrimado a la pared, que estaba en sombras.
El hombre no lo había visto y Ming lo sabía.
Subió de un salto al parapeto de la terraza, donde se sentó y se lamió una pata para recuperarse y recobrar el dominio de sí mismo.
El corazón le latía tan deprisa como si estuviera en plena refriega.
Y el odio le corría por las venas. El odio le ardía en los ojos mientras se agazapaba para escuchar cómo el hombre descendía los escalones con paso vacilante. Luego lo tuvo a la vista.
Tensó los músculos, saltó con todas sus fuerzas y aterrizó con las cuatro patas sobre el brazo derecho de su enemigo, cerca de su hombro.
Se aferró a la tela de la chaqueta blanca del hombre, pero ambos estaban cayéndose.
El hombre lanzó un quejido. Ming se mantuvo firme en su puesto.
Hubo un crujido de ramas. El gato pegó un brinco y, advirtiendo demasiado tarde en qué dirección estaba el suelo, cayó de costado.
Casi al mismo tiempo oyó que el hombre se desplomaba sobre el suelo y salía rodando; luego se hizo el silencio.
Ming resolló por la boca abierta hasta que el dolor que sentía en el pecho se aplacó.
De la dirección en que estaba el hombre le llegaba un olor a alcohol y a puro, y también el aroma acre del miedo. Pero su enemigo estaba inmóvil.
Para entonces sus ojos ya se habían adaptado a la oscuridad.
E incluso había salido un rayo de luna. Se encaminó hacia la escalera, atravesando un largo trecho de maleza, piedras y arena antes de llegar a donde arrancaban los peldaños.
Subió por ellos sigilosamente y, una vez más, se halló en la terraza, justo en el momento en que Elaine salía por la puerta.
—¿Teddie? —dijo con voz fuerte.
Luego regresó al dormitorio y encendió una lámpara. A continuación se dirigió a la cocina y Ming la siguió. Concha había dejado la luz encendida pero ya estaba en su dormitorio, con la radio puesta.
Elaine abrió la puerta principal.
El coche del hombre continuaba aparcado en el camino de acceso, según pudo ver Ming. Le dolía la cadera y empezó a resentirse del dolor, que le hacía cojear levemente. Elaine se dio cuenta, le pasó la mano por el lomo y le preguntó si se encontraba bien. Él se limitó a ronronear.
—¿Teddie?… ¿Dónde estás? —gritó Elaine.
Luego empuñó una linterna y la enfocó hacia el jardín, hacia los grandes troncos de los aguacates, las orquídeas y la lavanda y las flores rosas de las buganvillas.
A salvo junto a ella sobre el parapeto de la terraza, Ming siguió con la vista el movimiento del haz de luz mientras ronroneaba satisfecho.
El hombre no estaba justo debajo de su ama, sino un poco a la derecha.
Elaine se dirigió a la escalera y, precavidamente, ya que los anchos peldaños no estaban protegidos por una barandilla, apuntó hacia abajo el foco de luz.
Ming no se molestó en mirar. Se quedó sentado en la terraza, junto al escalón superior.
—¡Teddie! —llamó su ama—. ¡Teddie!
Después echó a correr escaleras abajo.
Ming tampoco la siguió en ese momento. La oyó contener el aliento y, a continuación, decir a voz en cuello:
— ¡Concha!
Corrió después escaleras arriba.
La criada había salido de su habitación.
Su ama le dijo algo que la puso muy nerviosa.
Elaine se dirigió al teléfono y estuvo hablando un momento; después, ama y criada bajaron juntas al jardín.
Con las patas recogidas bajo el cuerpo, Ming se acomodó en la terraza, que aún conservaba una leve tibieza después de haber sido caldeada por el sol durante todo el día.
Llegó un coche. Elaine subió por los escalones y fue a abrir la puerta principal.
Ming se refugió en un rincón en sombras de la terraza mientras tres o cuatro desconocidos salían a ella y bajaban al jardín con paso pesado.
Abajo hubo largas charlas, sonidos de pisadas, de arbustos que se tronchaban, y después el olor de todos ellos se elevó por las escaleras, un olor a tabaco, a sudor, y el conocido aroma de la sangre.
De la sangre del hombre. Ming se sintió satisfecho, tan satisfecho como cuando mataba un pájaro y creaba esa fragancia bajo sus propios dientes.
Aquella era una presa grande. Sin que nadie lo viera, Ming se incorporó cuan alto era cuando el grupo pasó de largo con el cadáver e inspiró el aroma de su victoria levantando el morro.
Luego la casa se vació de pronto. Se habían marchado todos, incluida Concha.
Ming bebió un poco de agua en su cacharro de la cocina, se dirigió a la cama de su ama, se enroscó sobre la pendiente que formaban las almohadas y se quedó profundamente dormido.
Lo despertó el run-run de un coche desconocido.
La puerta principal se abrió y el gato reconoció los pasos de Elaine, seguidos por los de Concha.
No se movió de donde estaba. Su ama y Concha charlaron en voz baja durante un rato.
Luego Elaine entró en el dormitorio. La lámpara seguía encendida.
Ming la observó mientras abría despacio la caja que guardaba en su tocador y dejaba caer dentro el blanco collar, que emitió un leve tintineo.
Después Elaine cerró la caja. Comenzó a desabotonarse la blusa, pero, antes de terminar, se tendió en la cama y acarició la cabeza de Ming, le levantó la pata izquierda y la presionó suavemente para que sus uñas asomaran.
—Ay, Ming… Ming —musitó.
Ming reconoció en la voz de su ama el tono del amor.