LA MAYOR PRESA DE MING Patricia Highsmith
Ming estaba reposando plácidamente en la litera de su ama cuando el hombre lo agarró por el cogote, lo sacó a cubierta y cerró la puerta del camarote.
El susto y la ira desorbitaron los ojos azules de Ming, pero volvió a entornarlos cegado por el resplandor del sol.
No era la primera vez que lo echaban con malos modos del camarote, ni tampoco le había pasado inadvertido que el hombre aprovechaba para expulsarlo los momentos en que Elaine, su ama, miraba hacia otro lado.
En el velero no había donde guarecerse del sol, pero Ming todavía no sentía demasiado calor.
Saltó ágilmente al techo del camarote y se metió en un rollo de cuerda que había bajo el mástil.
Le gustaba tumbarse en aquel cabo enroscado porque desde ahí arriba dominaba una panorámica muy amplia y, a la vez, quedaba al resguardo de las brisas fuertes gracias a la forma ahuecada del rollo; tenía además la ventaja de estar casi en el centro del Alondra blanca , donde menos se notaban el balanceo y los bandazos.
Ahora Elaine y el hombre acababan de arriar la vela para echar la siesta después de comer, como era su costumbre; en esos momentos Ming sabía que el hombre no quería verlo en el camarote.
La hora del almuerzo era otra cosa. De hecho, había almorzado hacía un instante un delicioso pescado a la plancha y un poquito de langosta.
Acomodándose en una curva suave del rollo, Ming dio un enorme bostezo y, después, con los ojos entornados para protegerse de la fuerte luz del sol, se quedó contemplando las montañas ocres y las casas y hoteles blancos y rosados que rodeaban la bahía de Acapulco.
Entre el Alondra blanca y la orilla, donde la gente chapoteaba inaudiblemente, el sol centelleaba sobre la superficie del agua como millares de minúsculas lucecitas eléctricas que se encendieran y apagaran.
Un hombre pasó de largo sobre sus esquís acuáticos, levantando tras de sí una estela de espuma blanca.
¡Cuánta actividad! Ming se adormiló sintiendo el calor del sol que penetraba en su pelaje.
Era un gato neoyorquino y consideraba que Acapulco era una notable mejora con respecto al entorno donde habían transcurrido sus primeras semanas de vida.
Recordaba una caja con el fondo cubierto de paja y donde nunca daba el sol, a tres o cuatro gatitos que la compartían con él y un escaparate detrás del cual se detenían unos instantes siluetas gigantescas que trataban de atraer su atención tamborileando sobre el cristal y luego seguían su camino.
De su madre no guardaba el menor recuerdo.
Un día entró en aquel lugar una joven que desprendía un aroma agradable y se lo llevó de allí…
lejos del molesto e inquietante olor a perro, a medicinas y a excrementos de loro.
Montaron en lo que ahora Ming sabía que era un avión.
Había llegado a acostumbrarse a los aviones e incluso a aficionarse a ellos.
Durante los vuelos, se sentaba en el regazo de Elaine o descabezaba un sueñecito sobre sus rodillas, y nunca le faltaba algún bocado delicioso si tenía hambre.
Elaine pasaba buena parte del día en una tienda de Acapulco, de cuyas paredes colgaban vestidos, pantalones y bañadores.
Allí el olor era limpio y fresco, había flores en tiestos y en maceteros colocados ante la fachada principal y el suelo estaba cubierto de frías baldosas azules y blancas.
Ming gozaba de absoluta libertad para pasearse por el patio trasero o dormir en su cesta, situada en un rincón.
Aunque la fachada de la tienda estaba más soleada, nunca podía sentarse allí tranquilamente sin que algún muchacho travieso tratara de echarle la mano encima.
Como más disfrutaba era tumbado al sol con su ama en una de las largas sillas de lona que tenían en la terraza de casa.
Y lo que no le gustaba nada eran las personas a las que Elaine invitaba a casa de vez en cuando, gente que pasaba allí la noche, montones de personas que se quedaban levantadas hasta muy tarde comiendo y bebiendo, poniendo discos en el gramófono o tocando el piano…
personas que lo separaban de Elaine. Gente que le pegaba pisotones, que a veces lo agarraba por el lomo sin darle tiempo a reaccionar, obligándolo a retorcerse y a luchar para liberarse, personas que lo acariciaban con brusquedad, que cerraban la puerta de alguna habitación dejándolo a él dentro.
¡Personas! Ming odiaba a los seres humanos.
La única persona del mundo que le gustaba era Elaine; ella lo quería y lo comprendía.
Y ahora Ming detestaba más que a nadie a aquel tipo llamado Teddie.
En los últimos tiempos Teddie no los dejaba ni a sol ni a sombra.
Al gato no le gustaban las miradas que le dirigía a espaldas de Elaine.
Y algunas veces, cuando su dueña no estaba cerca, Teddie mascullaba algo que Ming reconocía como una amenaza.
O bien como una orden de que saliera de la habitación.
El gato sobrellevaba la situación con calma.
Había que conservar la dignidad. Además ¿acaso no tenía a su ama de su parte?
Allí el intruso era el hombre. Delante de Elaine, el hombre a veces le daba falsas muestras de cariño, pero Ming siempre se alejaba de él elegante y desdeñosamente.
El ruido de la puerta del camarote al abrirse lo despertó de su siesta. Oyó las voces de Elaine y del hombre, que hablaban y se reían. Un sol enorme de color rojo anaranjado se aproximaba ya al horizonte.
—¡Ming! —Elaine fue hacia él—. ¿No te estás asando , cielo? ¡Creía que estabas dentro !
—¡Yo también! —exclamó Teddie.
Ming ronroneó como siempre que se despertaba.
Elaine lo levantó con delicadeza, lo acunó en sus brazos y se lo llevó al sombreado camarote, donde sintió un frío repentino.
Su ama le dijo algo al hombre en tono brusco.
Dejó a Ming en el suelo, delante de su cacharro de agua, y aunque el gato no tenía sed, bebió un poco solo por complacerla.
Estaba mareado por el calor y se tambaleaba ligeramente al andar.
Elaine cogió una toalla húmeda y se la pasó por la cara, las orejas y las cuatro patas. Después lo colocó suavemente sobre la litera que desprendía aromas del perfume de su ama, pero también del hombre a quien detestaba.
Su ama y el hombre se habían enzarzado en una pelea: Ming lo supo por su tono de voz.
Elaine se había quedado a su lado, sentada en el borde de la litera.
Al cabo de un rato, al fin se oyó un chapuzón que significaba que Teddie se había tirado al agua.
«¡Ojalá se quede ahí, ojalá se ahogue y no vuelva nunca más!
», pensó el gato. Elaine mojó una toalla de baño en la pila de aluminio, la escurrió, la extendió sobre la litera y lo colocó encima.
Trajo agua y Ming, que ahora sí sentía sed, bebió.
Su ama dejó que se volviera a dormir mientras ella fregaba y recogía los platos.
Eran sonidos agradables, reconfortantes.
Pero en seguida se oyó un splash-splosh , los pies húmedos de Teddie andando por la cubierta, y Ming volvió a despertarse.
Una vez más resonaron voces enfadadas. Elaine remontó el breve tramo de escalones que conducía a la cubierta.
Con la barbilla todavía apoyada en la toalla húmeda, Ming se puso alerta y no retiró la vista de la puerta del camarote.
Eran los pies de Teddie los que oía descender por la escalerilla.
Alzó un poco la cabeza, pensando que no había ninguna vía de escape a sus espaldas, que estaba atrapado en el camarote.
El hombre se detuvo con la toalla en las manos y la mirada clavada en él.
Ming relajó todos sus músculos, como si fuera a bostezar, y sus ojos bizquearon.
Luego sacó la punta de la lengua. El hombre comenzó a decir algo, parecía tener la intención de arrojar la toalla de felpa contra él, pero, tras un breve titubeo, la tiró a la pila y se inclinó para lavarse la cara.
No era la primera vez que Ming le sacaba la lengua a Teddie.
La mayoría de la gente se reía cuando enseñaba la lengua, por ejemplo, durante una fiesta, y eso le agradaba mucho.
Pero como había advertido que, por alguna razón, Teddie lo interpretaba como un gesto hostil, a él le sacaba la lengua a propósito, aunque en general lo hiciera inconscientemente.
La disputa prosiguió. Elaine preparó café.
Ming empezaba a sentirse mejor y, como el sol ya se había puesto, volvió a salir a cubierta.
Su ama encendió el motor y se deslizaron lentamente hacia la orilla.
Ming oyó el canto de los pájaros, los extraños chirridos de ciertos pájaros que parecían hablar a gritos y a los que solo se oía a la hora del crepúsculo.
Anhelaba regresar a la casa de adobe de lo alto del acantilado que era su hogar y el de su ama.
Sabía que el motivo de que esta no lo dejara cómodamente instalado en casa cuando salía a navegar era el miedo a que lo robaran o incluso lo mataran.
Un miedo muy comprensible. Más de una vez habían tratado de echarle el guante casi bajo las mismas narices de su dueña.
Y en cierta ocasión un chaval lo metió en un saco del que probablemente no habría logrado escapar pese a sus desesperados esfuerzos si Elaine no hubiera propinado un bofetón al chico para arrebatárselo.