Las mejores historias sobre gatos EL GATO DE CHESHIRE Lewis Carroll #2
30%

EL GATO DE CHESHIRE Lewis Carroll #2

—De acuerdo —dijo el Gato; y esa vez se desvaneció poco a poco, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato en el aire cuando el resto de su cuerpo ya se había evaporado.

«¡Caramba! Había visto muchos gatos sin sonrisa», pensó Alicia, «pero ¡una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en la vida!».

Alicia comenzó a sentirse muy incómoda; cierto era que aún no había discutido con la Reina, pero sabía que de un momento a otro podrían surgir desavenencias.

«Y entonces», pensó, «¿qué será de mí? Aquí son terriblemente aficionados a decapitar a la gente; ¡lo que me extraña es que quede alguien con vida!».

Mientras buscaba con la mirada posibles vías de escape y cavilaba si lograría escabullirse sin que la vieran, reparó en una curiosa aparición que había en el aire. Al principio la dejó perpleja, pero, después de mirarla durante un par de minutos, distinguió una sonrisa y se dijo:

—Es el Gato de Cheshire; ahora tendré alguien con quien hablar.

—¿Qué tal te va? —preguntó el gato en cuanto tuvo suficiente boca con la que hablar.

Alicia aguardó hasta que aparecieron los ojos para asentir con la cabeza.

«No tiene sentido hablar con él», pensó, «hasta que se le hayan formado las orejas, o al menos una de ellas».

Al cabo de otro minuto la cabeza entera terminó de aparecer y, entonces, apoyando el flamenco en el suelo, Alicia empezó a describir el juego, muy contenta de que alguien la escuchara.

Por lo visto, el Gato pensó que la parte de él que estaba a la vista era suficiente y no llegó a mostrarse por completo.

—No me da la impresión de que jueguen como es debido —comenzó Alicia, en un tono bastante quejumbroso—, y como no paran de discutir a grandes voces ni siquiera se oye uno a sí mismo…

además, no parece que haya ningún reglamento; o, si lo hay, nadie lo respeta…

y no te puedes imaginar qué desconcertante es que todas las cosas estén vivas; mira, por ejemplo, cómo el arco que tengo que atravesar en la siguiente ronda se pasea por la otra punta del campo…

y ahora mismo tendría que haberle dado un golpe al erizo de la Reina, ¡pero se marchó corriendo al ver acercarse al mío!

—¿Te gusta la Reina? —preguntó el Gato en voz baja.

—En absoluto —respondió Alicia—; es exageradamente… —en ese preciso instante, advirtió que la Reina estaba a sus espaldas, escuchándola desde cerca, así que prosiguió diciendo—: … buena jugando al croquet, tanto que casi no merece la pena terminar el partido.

La Reina sonrió y pasó de largo.

—¿Con quién estás hablando? —preguntó el Rey, aproximándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con mucha curiosidad.

—Es un amigo mío… el Gato de Cheshire —repuso Alicia—, permítame que se lo presente.

—No me gusta nada su aspecto —comentó el Rey—; pero, si lo desea, puede besarme la mano.

—Preferiría no hacerlo —apuntó el Gato.

—No sea impertinente —le regañó el Rey—, ¡y no me mire así! —añadió colocándose detrás de Alicia.

—Los gatos tienen derecho a mirar a los reyes —intervino Alicia—. Lo he leído en algún libro, aunque no recuerdo en cuál.

—Bueno, hay que quitarlo de en medio —dijo el Rey imperiosamente, y llamó a la Reina, que pasaba por allí en ese momento—. ¡Querida! ¡Me gustaría que ordenases que se llevaran de aquí a ese gato!

La Reina solo conocía una forma de resolver todas las dificultades, ya fueran grandes o pequeñas.

—¡Que le corten la cabeza! —exclamó sin siquiera volverse a mirar.

—Iré yo mismo a buscar al verdugo —dijo el Rey con impaciencia, y se alejó a toda prisa.

Alicia pensó que lo mejor sería regresar para ver cómo iba el juego, pues había oído la voz de la Reina a lo lejos, pegando encolerizados alaridos.

Ya le había oído sentenciar a muerte a tres jugadores por haber perdido su turno, y no le hacía ninguna gracia la situación, pues el partido era tan caótico que nunca sabía cuándo le tocaba jugar a ella.

Así pues, se marchó en busca de su erizo.

El erizo había entablado un combate con un compañero y Alicia consideró que la ocasión era excelente para golperlos a los dos a la vez; mas topó con la dificultad de que su flamenco se había escapado al extremo opuesto del jardín, donde lo vio haciendo torpes esfuerzos para levantar el vuelo hacia un árbol.

Cuando regresó con el flamenco después de haberlo atrapado, la pelea había concluido y a los dos erizos no se les veía por ninguna parte.

«Pero no tiene mucha importancia», pensó Alicia, «porque todos los arcos se han marchado de este lado del campo».

Se metió el flamenco bajo el brazo para evitar que volviera a escabullirse y se fue a charlar un rato con su amigo.

Al llegar donde estaba el Gato de Cheshire, le sorprendió encontrar una muchedumbre considerable agrupada a su alrededor; el verdugo, el Rey y la Reina se habían enzarzado en una disputa y hablaban los tres a la vez; los demás los observaban en silencio con aire inquieto.

Tan pronto como apareció Alicia, los tres litigantes recurrieron a ella para que zanjara la discusión y cada cual le expuso sus razones, aunque como hablaban al mismo tiempo, a Alicia le resultó muy difícil comprender bien lo que le decían.

El verdugo alegaba que no se puede cortar una cabeza a menos que haya un cuerpo del que separarla; que nunca había hecho tal cosa y que, a esas alturas de su vida, no iba a cambiar de costumbres.

El Rey razonaba que todo lo que tuviera una cabeza podía ser descabezado y que no quería oír más tonterías.

La argumentación de la Reina era que, si no se hacía algo inmediatamente, iba a ordenar que ejecutaran a todos los allí reunidos. (Este último comentario era la causa de que la concurrencia estuviera tan seria y preocupada).

A Alicia tan solo se le ocurrió decir:

—El Gato es de la Duquesa; lo mejor será que se lo consulten a ella .

—Está en la cárcel —dijo la Reina, y añadió dirigiéndose al verdugo—: hágala venir.

Y el verdugo se alejó raudo como una flecha.

La cabeza del Gato comenzó a desvanecerse en cuanto el verdugo se hubo marchado, y para cuando este regresó con la Duquesa, ya se había evaporado.