EL GATO DE CHESHIRE Lewis Carroll
Las únicas cosas que no estornudaban en la cocina eran la cocinera y un enorme gato que estaba sentado sobre el hogar sonriendo de oreja a oreja.
—¿Tendría usted la bondad de decirme por qué sonríe así su gato? —preguntó Alicia con cierta timidez, pues no estaba muy segura de si hablar ella la primera sería de buena educación.
—Es un gato de Cheshire —repuso la Duquesa—, esa es la razón. ¡Cerdo!
Tal fue la repentina violencia con que pronunció la última palabra que Alicia dio un respingo; pero al advertir en seguida que la exclamación iba dirigida al bebé y no a ella, se animó a proseguir:
—No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonrientes; de hecho, no sabía que los gatos pudieran sonreír.
—Todos los gatos pueden sonreír —dijo la Duquesa—, y la mayoría de ellos sonríen.
—Yo no sé de ninguno que lo haga —dijo Alicia con mucha cortesía, muy satisfecha de haber entablado una conversación.
—Hay muchas cosas que desconoces —dijo la Duquesa—, es un hecho.
Como no le gustó nada el tono de este comentario, Alicia pensó que convenía buscar otro tema de conversación.
Mientras trataba de decidirse por alguno, la cocinera retiró el caldero de sopa de la lumbre y, a continuación, se aplicó a la tarea de arrojar todo cuanto tenía a su alcance contra la Duquesa y el bebé.
Primero salieron volando los atizadores de la chimenea; y los siguió una lluvia de cacerolas, platos y fuentes.
La Duquesa no se inmutó ni siquiera cuando algún objeto la golpeaba; y como el bebé llevaba un buen rato berreando resultaba imposible saber si los golpes le hacían daño.
—¡ Por favor , cuidado con lo que hace! —gritó Alicia mientras daba saltos, sobrecogida por el pánico—. ¡Ay, adiós a su preciosa nariz! —exclamó cuando una cacerola excepcionalmente grande pasó volando junto a la nariz del bebé y a punto estuvo de arrancársela.
—Si nadie se metiera donde no le llaman —refunfuñó la Duquesa con voz ronca—, el mundo giraría mucho más deprisa.
—Lo que no sería de ningún provecho —dijo Alicia, muy contenta ante aquella oportunidad para hacer gala de algunos de sus conocimientos—. ¡Imagínese qué sería entonces del día y la noche! Verá, la tierra tarda veinticuatro horas en dar la vuelta sobre su eje…
—Hablando de las vueltas que dan las cosas —dijo la Duquesa—, ¡que le corten la cabeza!
Alicia dirigió una mirada angustiada a la cocinera para ver si tenía intenciones de darse por aludida; pero la cocinera estaba muy ocupada removiendo la sopa y no parecía prestar atención a lo que se decía, por lo que Alicia se atrevió a continuar:
—Veinticuatro horas, imagíneselo ; ¿o son doce horas? Creo…
—No me vengas con esas monsergas —le interrumpió la Duquesa—, ¡nunca he soportado los cálculos!
Dicho lo cual, empezó a acunar otra vez al bebé mientras le cantaba una especie de nana, pegándole una fuerte sacudida al final de cada verso:
Con tu niño, mano dura,
y, si estornuda, bofetón;
no es más que un caradura
y un verdadero molestón.
Estribillo (con la intervención de la cocinera y el bebé):
¡Guau! ¡guau! ¡guau!
Mientras entonaba la segunda estrofa de la canción, la Duquesa no cesaba de zarandear al niño con gran violencia, y tan estridentes eran los berridos de la pobre criatura que Alicia apenas alcanzaba a oír la letra:
La pimienta no escatimo,
y el crío la disfruta a su antojo;
mas si estornuda, le atizo,
con él hay que andar con ojo.
Estribillo:
¡Guau! ¡guau! ¡guau!
—¡Toma! ¡Acúnalo tú un rato, si te apetece! —le dijo la Duquesa a Alicia lanzándole el bebé—. Tengo que ir a arreglarme para el partido de croquet con la Reina —y marchóse a toda prisa.
La cocinera le arrojó una sartén mientras salía y a punto estuvo de dar en el blanco.
Alicia cogió al bebé con cierta dificultad, pues era una criaturilla de excéntrica figura, con brazos y piernas que le salían por todos lados; «parece una estrella de mar», pensó Alicia.
El pobrecillo resoplaba como una locomotora de vapor cuando lo cogió en brazos, y, como no dejaba de encogerse y estirarse, durante el primer par de minutos se dio por satisfecha con lograr que no se le cayera.
En cuanto descubrió la manera adecuada de acomodarlo en sus brazos (que consistía en retorcerlo hasta formar una especie de nudo y, después, sujetarlo con fuerza por la oreja derecha y el pie izquierdo para evitar que se desenroscara), Alicia salió con él al aire libre.
«Si no me llevo de aquí a este niño», pensó, «estoy segura de que lo matarán en un par de días; ¿no sería un asesinato dejarlo aquí?».
Pronunció las últimas palabras en voz alta y el pequeño gruñó a modo de respuesta (para entonces ya había dejado de estornudar).
—No gruñas —dijo Alicia—, esa no es la manera correcta de expresarse.
El bebé volvió a gruñir y Alicia lo miró ansiosamente a la cara para ver qué le ocurría.
No cabía duda de que tenía una nariz muy respingona, mucho más semejante a un hocico que una verdadera nariz; además, los ojos se le estaban achicando tanto que no parecían los de un niño.
En conjunto, a Alicia no le gustó nada su aspecto.
«Pero, tal vez, simplemente ha sollozado», pensó, y volvió a mirarlo a los ojos en busca de lágrimas.
No, no había ni rastro de lágrimas.
—Si vas a convertirte en un cerdo, querido mío —dijo Alicia con toda seriedad—, no querré saber nada más de ti. ¡Quedas avisado!
El pobre pequeñuelo sollozó de nuevo (o gruñó, era imposible saberlo) y durante un rato avanzaron en silencio.
Alicia comenzaba a pensar para sí: «Bueno, ¿y qué voy a hacer con este niño al llegar a casa?
», cuando el bebé emitió otro gruñido tan potente que Alicia lo miró a la cara alarmada.
Esta vez no había lugar a duda: no era ni más ni menos que un cerdo, y a Alicia le pareció absurdo seguir llevándolo en brazos.
Dejó a la criatura en el suelo y vio con gran alivio que emprendía un alegre trotecillo y se internaba en el bosque.
«Si se hubiera hecho mayor», pensó, «se habría convertido en un niño espantoso; pero es un cerdo bastante guapo, me parece a mí».
Y comenzó a pensar en otros niños que conocía y que podrían quedar muy bien como cerditos, y estaba diciéndose a sí misma «si al menos supiéramos cómo transformarlos…
», cuando sufrió un sobresalto al ver al Gato de Cheshire sentado a escasos metros de distancia sobre la rama de un árbol.
El Gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Tenía aspecto bonachón, pensó la niña; pero, además, tenía unas uñas muy largas y muchísimos dientes, de lo que dedujo que merecía que lo trataran con respeto.
—Minino de Cheshire —comenzó a decir tímidamente, pues no tenía ni idea de si le gustaría aquel nombre; pero el Gato ensanchó un poco su sonrisa. «Adelante, de momento está satisfecho», pensó Alicia, y prosiguió así—: ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?
—Eso depende básicamente de adónde quieras ir —repuso el Gato.
—Me da igual ir a un sitio que a otro… —dijo Alicia.
—Entonces te vale cualquier camino —replicó el Gato.
—… siempre y cuando acabe por llegar a alguna parte —añadió Alicia a modo de explicación.
—Bueno, siempre acabarás por llegar a alguna parte si andas lo necesario —concluyó el Gato.
Como le pareció que aquello no admitía réplica, Alicia aventuró otra pregunta:
—¿Qué clase de gente vive por aquí?
—En esa dirección —dijo el Gato, señalando con la pata derecha— vive un Sombrerero; y en esa dirección —levantó la otra pata— vive una Liebre de Marzo. Ve a visitar al que prefieras; los dos están locos de remate.
—Pero yo no quiero mezclarme con locos —le advirtió Alicia.
—Ah, eso no podrás evitarlo —repuso el Gato—, aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
—¿Cómo sabes que estoy loca? —inquirió Alicia.
—Tienes que estar loca —dijo el Gato—, para haber venido aquí.
Aunque este razonamiento no la convenció en absoluto, Alicia prosiguió hablando:
—¿Y cómo sabes que tú estás loco?
—Para empezar los perros no están locos —argumentó el Gato—. ¿Estamos de acuerdo hasta aquí?
—Supongo que sí —repuso Alicia.
—Bueno —continuó el Gato—, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados y menean el rabo cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento y meneo el rabo cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
—Yo lo llamo ronronear, no gruñir —replicó Alicia.
—Llámalo como quieras —dijo el Gato—. ¿Vas a ir a jugar al croquet con la Reina?
—Me gustaría mucho —respondió Alicia—, pero todavía no me han invitado.
—Nos veremos allí —dijo el Gato, y se desvaneció.
Esto no sorprendió mucho a Alicia, que ya iba acostumbrándose a que sucedieran cosas extrañas. Aún estaba mirando hacia el lugar donde había estado el Gato, cuando este reapareció de pronto.
—Por cierto, ¿qué ha sido del bebé? —quiso saber el Gato—. Casi me olvido de preguntártelo.
—Se ha convertido en un cerdo —dijo Alicia tranquilamente, como si la reaparición del Gato hubiera sido la más natural del mundo.
—Ya imaginaba yo que le iba a pasar eso —comentó el Gato, y volvió a esfumarse.
Alicia se quedó un rato a la espera, con la vaga sensación de que volvería a ver al Gato, mas como no apareció, pasados uno o dos minutos, echó a andar hacia donde le habían dicho que vivía la Liebre de Marzo.
—Sombrereros ya conozco algunos —se dijo—, la Liebre de Marzo debe de ser mucho más interesante y, tal vez, como estamos en mayo, no estará loca de atar… o, por lo menos, no tan loca como lo está en marzo.
Mientras decía esto, alzó la mirada y ahí estaba otra vez el Gato, sentado en la rama de un árbol.
—¿Has dicho cerdo o lerdo? —preguntó el Gato.
—He dicho cerdo —respondió Alicia—, y me gustaría que dejaras de aparecer y desaparecer de manera tan brusca. Acabas por marear a cualquiera.