MI JEFE, EL GATO Paul Gallico
Si está usted pensando en adquirir un gato y puede interesarle un breve bosquejo de cómo se transformará su existencia bajo el dominio del F elis domesticus , yo soy la persona indicada para informarle.
He calculado que, hasta la fecha, he trabajado…
y cuando digo trabajado, quiero decir trabajado …
para treinta y nueve de estos personajes cuadrúpedos, contando el memorable período en que estuve al servicio de unos veintitrés felinos variados instalados en mi casa al mismo tiempo.
Es de dominio público que los gatos no son buenos.
Son trapaceros, pedigüeños, marrulleros y te adulan sin el menor recato.
Recurren a tantas estratagemas y tretas, estrategias y contraestrategias, ardides y artimañas como cualquier estafador.
Conocen tu personalidad mejor que un psiquiatra de los que cobran la hora a cincuenta libras.
Y saben qué medida exacta de adulación deben emplear para conquistarte.
Sin lugar a duda, son más inteligentes que yo y por eso los adoro.
Los enemigos de los gatos tratarán de intimidarnos con el consabido argumento de que «si los gatos son tan inteligentes, ¿por qué no hacen las mismas gracias que los perros?
». No es que los gatos no hagan gracias; es que no se prestan a hacerlas.
Son demasiado avispados para ponerse sobre dos patas y pedirte algo de comer cuando saben de antemano que se lo vas a dar.
O para rodar sobre sí mismos, hacerse los muertos o «hablar», ¿qué ganaría una gatita haciendo esas monerías si ya tiene todo lo que quiere?
En otro orden de cosas, las gatas te proporcionan un entrenamiento estupendo para una buena vida de casado: en seguida te ponen en tu sitio.
Lo primero que hace una minina es organizar tu casa de la forma más cómoda posible…
para ella . Comerá cuando le apetezca; saldrá de paseo cuando se le antoje.
Y volverá a casa, si es que vuelve, cuando lo estime oportuno.
La gatita exige que le hagas caso en el preciso momento en que lo desea y se asegura muy bien de que la dejes en paz cuando está pensando en otras cosas. Es celosa; no tolerará que prodigues tus atenciones ni tus caricias a cualquier otra lagartona, ya sea bípeda o cuadrúpeda.
Se enfada cuando vuelves tarde o cuando te vas de viaje de negocios. Pero cuando ella decide pasar fuera un par de noches, a dónde ha ido y lo que ha hecho no es asunto de tu incumbencia. Si confías en ella, tienes que aceptarla tal como es.
La minina detesta la suciedad, los malos olores, la comida de mala calidad, el estrépito y a las personas que llevas a cenar a casa de improviso.
No le falta tampoco su dosis de terquedad infantil.
Le di vierte ver cómo te pones nervioso, malhumorado, cómo se te suben los colores y pierdes los papeles.
A veces, cuando se entretiene observándote, da la impresión de que está haciendo todo lo posible por echarse a reír.
Y, además, tiene la maldita habilidad de lograr que las responsabilidades recaigan siempre sobre ti .
Por ejemplo, la minina fingirá que ni sabe hablar ni tampoco te entiende, y que no es más que un pobre animal desvalido.
¡Menuda risa! Cualquier gata de carácter que se precie sabe comunicar lo que quiere en todo momento con la mayor precisión.
Habrá acuñado una expresión para «vamos a comer», otra para cuando quiere salir, otra para decir «¿no habrás visto por casualidad mi ratón de juguete por aquí, ese al que le arranqué la cola de un mordisco?
»; así como otros muchos mensajes fácilmente reconocibles.
Además, te comprenderá a la perfección siempre que estime que puede sacar provecho de ello.
Una vez tuve un gato que me hizo sospechar que sabía leer.
Se trataba de un caballero llamado Morris, un gran gato atigrado que vivía conmigo en un piso de Nueva York en mi época de soltería.
Cierto día, acababa de concluir una carta dirigida a una dama que en aquel entonces era el objeto de mi devoción.
Como es natural, había recurrido generosamente a las artes del escritor para explicárselo.
Me ausenté un momento para atender una llamada telefónica.
Y al regresar encontré a Morris sentado sobre la mesa leyendo la carta.
O, al menos, estaba mirándola fijamente, con bastante mala cara.
Me dirigió una de esas largas miradas de estupor que los gatos son capaces de lanzarte e, inmediatamente, maulló para que le dejara salir.
No volvió en tres días. A partir de entonces guardé mi correspondencia privada bajo llave.
Este incidente me trae a la memoria a otra gata con muy buen criterio que tuve en la granja y que respondía al nombre de Tante Hedwig.
Un domingo, un invitado me preguntó si sabía preparar un cóctel llamado «mexicano».
Le respondí que creía que sí, y procedí a mezclar una cantidad tremenda de ginebra con zumo de piña, vermut, bíter y otra serie de ingredientes incombinables.
Al servir un vaso de prueba, se derramó sobre el césped.
Tante Hedwig se acercó, lo olisqueó y, con aire avergonzado, lo cubrió solícitamente con tierra.
Después todo el mundo convino en que a la gata no le había faltado razón.
Permítame que le aconseje que no conceda excesiva credibilidad a la teoría de que los animales no son racionales y solo actúan por instinto.
¿Ha tratado alguna vez de meter en casa a un gato que quería quedarse fuera o viceversa?
En cierta ocasión yo encerré a un gato en el sótano.
Trepó por una pared de cemento lisa y pulida, aferrándose a ella con las garras (vi las huellas de uñas que lo demostraban); desenganchó la aldabilla de la ventana con el morro y saltó al exterior.
Los gatos tienen una memoria fabulosa, lo sostengo, y también la capacidad de sopesar y evaluar sus recuerdos. Pensemos, por ejemplo, en nuestros dos gatos ucranianos grises, Chin y Chilla. Mi mujer los crió con un cuentagotas. Les dimos amor, cuidados y un buen hogar en una granja de Nueva Jersey.
Un buen día tuvimos que hacer un viaje al extranjero y Chin y Chilla se fueron a vivir con unos amigos en Glenview III, un sitio precioso y de alto copete.
Ya de regreso en Estados Unidos, fuimos a pasar el día de Acción de Gracias en Glenview.
Teníamos muchas ganas, entre otras cosas, de ver a nuestra pareja de gatos.
Cuando llegamos a la casa, Chin y Chilla estaban sentados en lo alto de un ancho tramo de escaleras.
Al saludarlos con mucha ternura, vimos que una expresión de horror se pintaba en sus rostros.
«¡Santo cielo! ¡Son esos pobretones ! ¡Huyamos!
» Y, sin más, desaparecieron y no hubo manera de encontrarlos durante cinco horas.
Se habían llevado un susto de muerte al pensar que pretendíamos llevarlos otra vez a nuestra mugrienta finca rústica de Nueva Jersey, privándolos de sus aposentos particulares de Illinois, con porche acristalado, cuarto de baño oculto tras un biombo y diversos superlujos similares.
Al cabo, se dejaron ver a regañadientes y se prestaron a jugar a los juegos de antaño y a hablar de los viejos tiempos, aunque sin bajar la guardia.
Mas, llegado el momento de marcharnos, habían desaparecido de nuevo.
Nuestra anfitriona nos escribió después contándonos que, por lo visto, se habían hecho con un horario y esperaron hasta que nuestro tren salió de Elkhart antes de reaparecer.
Fue esa misma Chilla la que cierto día, cuando nuestro gran gato rojizo Wuzzy llevaba cuarenta y ocho horas desaparecido, nos guio a lo largo de un kilómetro hasta un lugar fuera del alcance de la vista y del oído donde Wuzzy había caído en una trampa.
El viejo Wuz estaba medio muerto cuando llegamos allí, pero al ver a Chilla comenzó a ronronear.
Las Vidas Paralelas o la Doble Vida es algo a lo que tal vez le tocará enfrentarse si es que tiene usted una gata.
Lo que simplemente significa que la minina se las arregla para dividir su tiempo entre dos casas lo bastante alejadas entre sí como para que los dueños de ambas estén convencidos de que la gata es suya.
Yo supe de esta argucia al tratar de descubrir el motivo de las inexplicables ausencias de Lulú II, una siamesa de color gamuza con lunares oscuros. Por fin logré localizarla en la otra punta de la bahía, dándose la gran vida en casa de una amigable solterona. Cuando le dije:
—Espero que mi Lulú no se haya estado aprovechando de usted.
Ella me respondió indignada:
—¡ Su Lulú! ¡Querrá decir nuestra pequeña Pitipú! No comprendíamos dónde se metía cuando desaparecía de vez en cuando. Somos nosotros quienes esperamos que no le haya causado ninguna molestia a usted .
Lo más chocante de la historia es, sin duda, que a cambio de una limosna, Lulú, que tenía un pedigrí tan importante como un escudo de armas, estuviera dispuesta a aceptar que la llamaran Pitipú.
Entre todas las habilidades que un gato pone en juego para tenerte a su merced, la más ingeniosa y enternecedora es regalarte un ratón que ha capturado.
En el granero de nuestra granja vivía una tal Limpy, una gata salvaje que se alimentaba con lo que cazaba en el campo.
Aunque ya estábamos manteniendo a cuatro gatos, cuando nos fuimos a la ciudad a pasar el invierno también nos la llevamos a ella.
No haría ni diez minutos que habíamos llegado a casa, cuando Limpy atrapó un ratón, supongo que el único ratón que había por allí, e, inmediatamente, se dirigió hacia nosotros y lo dejó a nuestros pies.
Como ya he dicho antes, Limpy estaba acostumbrada a cazar para sobrevivir.
Para ella, un ratón muerto era el gordo de la lotería, un pleno, el gran trofeo. Y, sin embargo, nos regaló aquel ratón.
Cómo podríamos haber interpretado aquel gesto sino pensando que estaba pagándonos el alquiler, o dándonos las gracias, o diciéndonos: «Tomad; de todas las cosas que hago, esta es la mejor. Os lo doy porque me caéis bien».
A un perro se le puede enseñar a cobrar una presa y traértela, pero solo los gatos te entregarán el resultado de su cacería por voluntad propia, sin que se lo pidas.
¿Cómo es posible que la minina no se comporte como el animal de presa que es sino como un ser humano de una especie superior?
La cuestión es que lo hace… y a partir de entonces, te convierte en su esclavo.
Una vez que tu gata te haya regalado un ratón, nunca volverás a ser la misma persona.
Podrá usarte de felpudo. Y no dudes de que así lo hará.