Las mejores historias sobre gatos OLLY Y GINNY James Herriot
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OLLY Y GINNY James Herriot

A mí, que soy un amante de los gatos, me dolía que mis propios gatos no soportaran verme.

Ginny y Olly habían llegado a formar parte de la familia.

Los cuidábamos con esmero y, siempre que salíamos a pasar el día fuera, lo primero que hacía Helen al regresar a casa era abrir la puerta trasera para darles de comer.

Los gatos lo sabían muy bien y la esperaban encaramados en lo alto de la tapia o dispuestos a acercarse al trote desde la leñera, que era su casa.

Aquella tarde libre la habíamos pasado en Brawton y, como de costumbre, los gatos aparecieron en cuanto Helen les puso un plato de comida y un cuenco de leche sobre la tapia.

—Olly, Ginny —murmuró Helen mientras les acariciaba el mullido pelaje.

Lejos habían quedado los días en que se negaban a que los tocara.

Empezaron a restregarse muy satisfechos contra su mano, arqueando el lomo y ronroneando, y, mientras comían, Helen les pasó la mano por el lomo repetidas veces.

Eran unos animalitos muy mansos, cuya ferocidad no era sino una reacción provocada por el miedo, y Helen ya no les inspiraba miedo.

A mis hijos y a algunos chavales del pueblo que se habían ganado su confianza también les permitían acariciarlos con suavidad, pero a Herriot lo mantenían a raya.

Por ejemplo, en ese momento, cuando salí de casa furtivamente detrás de Helen y me dirigí hacia la tapia, ellos dejaron de comer de inmediato para retirarse a prudente distancia, y allí se quedaron parados, todavía con el lomo arqueado, pero, como siempre, fuera de mi alcance.

En sus miradas no había hostilidad, pero cuando estiré la mano, se alejaron más.

—¡Vaya con los bribonzuelos! —dije—. Todavía no quieren saber nada de mí.

Aquello me resultaba frustrante porque, a lo largo de mis años de práctica como veterinario, los gatos siempre me habían intrigado y tenía la sensación de que eso me ayudaba a tratar con ellos.

Me sentía mejor dotado para manejarlos que la mayoría de la gente, puesto que me gustaban y ellos lo notaban.

Estaba muy orgulloso de mi técnica para relacionarme con los gatos, de lo que podrían llamarse mis modales de médico de cabecera felino, y no dudaba ni por un instante de que poseía una suerte de empatía con toda la especie ni de que les caía bien a todos.

De hecho, a decir verdad, estaba convencido de ser el ídolo de los gatos.

Paradójicamente, las cosas eran diferentes con aquellos dos gatos a los que había cobrado tanto afecto.

La situación se me hacía aún más difícil de aceptar al pensar que había sido yo quien los había atendido y probablemente les había salvado la vida cuando tuvieron la gripe felina.

¿Se acordarían?, me preguntaba; si se acordaban, no por ello me concedían el derecho de siquiera rozarlos con el dedo.

Y, desde luego, sí parecían recordar muy bien que había sido yo quien los había atrapado con una red y los había metido en una jaula antes de castrarlos.

Me daba la impresión de que, siempre que me echaban la vista encima, eran esa red y esa jaula lo que tenían más presente.

Solo me quedaba confiar en que algún día llegaríamos a entendernos, pero, como luego se verá, el destino aún había de conspirar contra mí durante largo tiempo.

El pelaje de Olly fue la causa principal de mis problemas.

A diferencia de su hermana, Olly era un gato de pelo largo y, en consecuencia, solía tener la pelambrera enredada y llena de nudos.

Si hubiera sido un felino domesticado normal y corriente, lo habría peinado al primer indicio de desorden, pero, como no me permitía que me acercase a él, me sentía impotente.

Un día, cuando hacía un par de años que Olly vivía con nosotros, Helen me llamó desde la cocina.

—¡Míralo! —dijo—. ¡Está espantoso!

Me asomé por la ventana. Con el pelo hecho una maraña y lleno de nudos colgantes, Olly parecía un espantapájaros y ofrecía un cruel contraste con su guapa hermanita, de lustroso pelaje.

—Ya lo sé, ya lo sé. Pero ¿qué quieres que haga? —estaba a punto de irme, cuando advertí algo—. Un momento, tiene un par de bultos horribles colgándole del cuello. Toma estas tijeras y pégales un buen corte… un par de tijeretazos lo resolverán.

Helen me dirigió una mirada angustiada.

—Pero si ya lo hemos intentado otras veces. Yo no soy veterinaria y, además, no me dejará cortárselos. Me permite acariciarlo, pero esto es algo muy distinto.

—No hace falta que me lo digas, pero inténtalo. Es lo más fácil del mundo —le endilgué las tijeras y comencé a darle instrucciones desde la ventana—. Ahora es el momento, mete los dedos por detrás de ese revoltijo colgante. ¡Estupendo, estupendo! Ahora empuña las tijeras y…

Pero en cuanto avistó el brillo del acero, Olly se escabulló y escapó cuesta arriba. Helen se volvió hacia mí desesperada.

—No conseguiré nada, Jim, es imposible… no me deja cortarle ni un nudo; y está hecho un amasijo de nudos.

Dirigí la vista hacia el desaliñado animalillo que se había alejado a prudente distancia.

—Sí, tienes razón. Tendré que discurrir algo.

Todo lo que pude discurrir fue administrarle un somnífero a Olly para poder agarrarlo, y en seguida pensé en mis socorridas cápsulas de Nembutal.

Este anestésico oral había sido un inapreciable aliado en numerosas ocasiones en que hube de tratar con animales inabordables, pero esta situación era diferente.

En los demás casos, mis pacientes habían estado en un lugar cerrado, pero Olly estaba al aire libre, con toda la campiña para pasearse a su antojo.

No podía correr el riesgo de que se quedara dormido en algún lugar donde sirviera de presa a un zorro o a algún otro depredador.

Tendría que mantenerlo vigilado todo el rato.

Había llegado el momento de tomar decisiones y me puse a la altura de las circunstancias.

—Trataré de resolver la cuestión el domingo —le dije a Helen—. Suele ser un día más tranquilo; y le pediré a Siegfried que me sustituya si hay alguna urgencia.

Cuando llegó el día señalado, Helen salió de casa y colocó dos platos llenos de trozos de pescado sobre la tapia, uno de ellos salpicado con el contenido de una cápsula de Nembutal.

Apostado detrás de la ventana, observé con atención cómo Helen dirigía a Olly hacia el plato correcto, y contuve el aliento al ver que el gato lo olisqueaba con desconfianza.

Pero el hambre no tardó en vencer a la cautela y Olly vació el plato y lo relamió con evidente fruición.

Aquel era el momento clave. Si Olly decidía irse de exploración por los campos como era su costumbre, tendría que aprestarme a seguirlo.

Salí de casa furtivamente mientras Olly subía por la colina con paso lento en dirección a la leñera abierta y, con gran alivio, vi cómo se instalaba en la concavidad que su cuerpo había formado en la paja y comenzaba a asearse.

Espiándolo a través de los matorrales, comprobé satisfecho que empezaba a mover la cabeza con dificultad; estaba lamiéndose la pata trasera y, al acercársela a la cara, se cayó de lado.

Se me escapó una risita. Magnífico. Unos minutos más y lo tendría en mi poder.

Y así sucedió. Al cabo de un rato Olly pareció cansarse de estar perdiendo continuamente el equilibrio y decidió que le convenía echarse una siesta. Después de lanzar una mirada aturdida a su alrededor, se hizo un ovillo sobre la paja.

Esperé unos instantes y, después, con el sigilo de los guerreros indios cuando siguen un rastro, salí de mi escondrijo y fui de puntillas hasta la leñera.

Olly no estaba totalmente dormido, ya que no me había atrevido a administrarle la dosis completa de anestésico previendo que tal vez no conseguiría seguirlo si se marchaba por ahí, pero sí estaba muy sedado. Podría hacer con él lo que quisiera.

Cuando me arrodillé y empecé a pegarle tijeretazos, abrió los ojos e hizo un débil intento de plantarme cara; pero no lo consiguió y yo seguí desbrozando el enmarañado pelaje a buen ritmo.

No hice un trabajo muy fino, porque Olly no paraba de revolverse, pero sí logré cortar todos los grandes y antiestéticos nudos que solían enganchársele en los arbustos y que debían de resultarle incomodísimos; al cabo de un rato, había formado un buen montón de pelo negro a mi lado.

Advertí que Olly no solo estaba quieto, también me estaba mirando. A pesar de su aturdimiento, sabía muy bien quién era yo y me estaba diciendo con los ojos: «¡Tú otra vez! ¡Debería habérmelo imaginado!».

Cuando hube terminado, lo metí en una jaula para gatos que coloqué sobre la paja.

—Lo siento, viejo amigo —dije—, pero no puedo dejarte libre hasta que te hayas despertado del todo.

Aunque los ojos con los que me miró estaban somnolientos, era obvio que se sentía ultrajado.

—Así que has vuelto a encerrarme aquí, ¿eh? Nunca cambiarás.

A la hora del té ya se había recuperado por completo y pude liberarlo de su prisión. Tenía mucho mejor aspecto sin los feos enredijos, pero no se le veía muy satisfecho; cuando abrí la jaula, se limitó a dirigirme una breve mirada desdeñosa y se alejó como un rayo.

A la mañana siguiente, Helen, que estaba encantada con mi labor, señaló emocionada a los dos gatos encaramados sobre la tapia.

—¡Pero qué elegante está! Cómo me alegro de que hayas conseguido cortarle el pelo, me tenía muy preocupada. Y ahora debe de sentirse mucho mejor.

Al mirar por la ventana, me sentí orgulloso de mi obra.

Habría sido difícil reconocer en Olly al desaliñado animal que era el día anterior; no cabía duda de que mi intervención había mejorado drásticamente su vida, librándole de una molestia constante.

Pero el orgullo que iba hinchándose en mi interior se desinfló tan pronto como asomé la cabeza por la puerta.

Aunque apenas había empezado a disfrutar de su desayuno, Olly se alejó más deprisa que nunca en cuanto me vio y desapareció a lo lejos, remontando la colina.

Regresé a la cocina muy abatido. La opinión que Olly tenía de mí había caído aún más bajo.

Fatigadamente, me serví una taza de té. Qué vida tan dura.