Las mejores historias sobre gatos DE CÓMO UNA GATA HIZO DE ROBINSON CRUSOE Charles G. D. Roberts #3
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DE CÓMO UNA GATA HIZO DE ROBINSON CRUSOE Charles G. D. Roberts #3

Una vez satisfecha su hambre, se sintió entusiasmada con el nuevo estilo de caza.

Había montado guardia junto a las ratoneras muchas veces, pero nunca se le había ocurrido derrumbar sus paredes e invadirlas.

Era una idea emocionante. Mientras se arrastraba hacia la boca de otra galería, un ratón se escabulló corriendo por la arena y se metió dentro a toda velocidad.

La gata trató de seguirlo, ya que no le había dado tiempo a echarle la zarpa encima antes de que desapareciera.

Escarbando con tanta torpeza como optimismo, logró introducir todo su cuerpo bajo la nieve.

No halló rastros del fugitivo, que a esas alturas ya corría a salvo por un oscuro túnel transversal.

Con los ojos, la boca, los bigotes y el pelaje impregnados de quebradizas partículas blancas, reculó por el agujero, muy defraudada.

Pero en ese momento advirtió que bajo la nieve la temperatura era mucho más cálida que en el gélido exterior.

Aquella fue otra lección de vital importancia; y aunque probablemente no la aprendió de manera consciente, en seguida tendría ocasión de poner instintivamente en práctica sus nuevos conocimientos.

Después de haber logrado atrapar otro ratón que su apetito no reclamó de inmediato, lo llevó hasta la casa y lo depositó a modo de ofrenda sobre los escalones del porche mientras maullaba y contemplaba expectante la lúgubre puerta cubierta de nieve.

Al no obtener respuesta, recogió el ratón y se dirigió a la oquedad formada tras un montón de nieve que se había ido acumulando al pie de la ventana salediza de un extremo de la casa.

Una vez allí, resignada a su triste suerte, se hizo un ovillo con idea de dormir un rato.

Mas el inclemente frío era demasiado lacerante.

Se quedó observando el talud de nieve que tenía al lado y, cautelosamente, introdujo en él una pata.

Era blando y ligero. Apenas ofrecía resistencia.

Escarbó y escarbó con más brío que maña y al final tuvo delante una especie de cuevecita.

Se metió en ella con cuidado y empujó hacia atrás la nieve que la rodeaba, hasta que tuvo espacio suficiente para girar sobre sí misma.

Entonces, giró sobre sí misma varias veces, como lo hacen los perros para mullir a su gusto su lecho.

Y mientras daba vueltas, además de apelmazar la nieve que tenía debajo, modeló un confortable aposento redondeado con una entrada relativamente estrecha.

Desde su refugio de nieve, contempló el exterior con solemne aire de propietaria; después se quedó dormida con una sensación de comodidad «hogareña» que no había sentido desde la desaparición de sus amigos.

Vencido así el infortunio y habiendo conquistado para sí la libertad de vivir en la naturaleza salvaje en invierno, la gata dejó de pasar grandes penurias, aunque su vida continuara siendo difícil.

Con paciencia, podía atrapar suficientes presas a la entrada de las ratoneras; y su guarida de nieve era un lugar cálido y seguro para dormir.

No mucho después, cuando la superficie de la nieve se heló, los ratones se aficionaron a salir de noche y a organizar jaranas sobre la nieve.

Más adelante también regresaron las lechuzas; y la gata, al tratar de cazar una, sufrió terribles picotazos y rasguños antes de comprender que lo más adecuado era dejarla escapar.

Esta experiencia la llevó a decidir que, en general, a las lechuzas lo mejor era dejarlas en paz.

Pero, a pesar de todo, las amplias y desoladas extensiones de blanca nieve eran un buen campo de caza.

Así pues, convertida en dueña y señora de la situación, el invierno fue pasando sin que volviera a topar con graves dificultades.

Solo en una ocasión, hacia finales de enero, el destino le reservó un mal rato.

Justo después de un breve período de frío especialmente intenso, una enorme lechuza blanca de la tundra ártica llegó una noche a la isla.

Desde un rincón del porche donde estaba vigilando los alrededores, la gata la avistó.

Una ojeada bastó para convencerla de que aquella era una visitante muy distinta de las lechuzas marrones de los marjales.

Se deslizó sigilosa hacia su guarida; y hasta que se fue la gran lechuza blanca, unas veinticuatro horas más tarde, se mantuvo discretamente fuera del alcance de su vista.

Cuando la primavera retornó a la isla, en las someras charcas pobladas de juncias comenzaron a oírse todas las noches los estridentes coros de las ranas cantoras, los pájaros anidaron en las plantas jóvenes llenándolas de animación y, con tanta abundancia a su alcance, casi podría decirse que la prisionera empezó a darse la gran vida.

Pero una vez más se encontró sin techo, ya que su acogedora madriguera se había fundido con la nieve.

Esto no le preocupó mucho porque, día a día, la bonanza y el calor iban en aumento; y, además, al verse obligada a depender de sus instintos, la gata había aprendido a vivir tan satisfecha como un vagabundo.

Sea como fuere, a pesar de su gran capacidad de aprendizaje y adaptación, no había olvidado nada.

De manera que cuando, un día de junio, una barca sobrecargada llegó desde tierra firme y sobre la hierba se oyó el clamor de las voces de los niños, rompiendo el desolado silencio de la isla, la gata, que estaba dormida en los escalones del porche, lo oyó y se despabiló de golpe.

Quedóse quieta un instante, escuchando con mucha atención.

Después, casi como lo hubiera hecho un perro, y como pocos miembros de su arrogante tribu habrían condescendido a hacerlo, salió corriendo hacia el embarcadero…

donde cuatro niños felices se abalanzaron a cogerla en brazos y le alborotaron tanto el hermoso pelaje que arreglárselo le habría de costar una hora de asiduo acicalamiento.