Las mejores historias sobre gatos DE CÓMO UNA GATA HIZO DE ROBINSON CRUSOE Charles G. D. Roberts #2
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DE CÓMO UNA GATA HIZO DE ROBINSON CRUSOE Charles G. D. Roberts #2

Cuando el temporal amainó, la gata recibió una sorpresa descomunal en su primera expedición larga de caza.

Había oído un fuerte crujido entre las hojas y siguió el rastro de lo que esperaba que fuese un ratón de la marisma más grande y gordo de lo normal.

Pero al saltar sobre su presa, fue a caer encima de una vieja rata de barco enorme, muy viajada y muy baqueteada, que le pegó un terrible mordisco.

Nunca hasta entonces le había tocado en suerte una experiencia de ese tipo.

Tan injuriada se sintió que, en un principio, estuvo a punto de dar media vuelta y salir corriendo.

Luego despertó en ella su belicosidad latente, el ardor de lejanos ancestros.

Se lanzó a la batalla con un furor que no paraba mientes en las dentelladas recibidas; y la lucha concluyó pronto.

Sus heridas, lamidas con esmero, no tardaron en curarse gracias al aire limpio y tonificante; y a partir de entonces, habiendo aprendido a enfrentarse a esas presas grandes, nunca más llegaron a morderla.

Durante la primera luna llena después de su abandono, en la primera semana de octubre, se inició en la isla una temporada de calma chicha, con severas heladas nocturnas.

La gata descubrió entonces que era más emocionante cazar de noche y dormir de día.

Observó que, en esa época, todas sus presas estaban en movimiento bajo el extraño resplandor blanco de la luna, salvo los pájaros, que habían huido tierra adentro durante el temporal para formar bandadas y volar hacia el sur.

La decolorada vegetación estaba en continua ebullición de noche y sobre la fantasmagórica arena blanca correteaban lanzando grititos multitud de pequeñas siluetas borrosas.

Conoció asimismo a una nueva ave, que al principio le inspiró desconfianza y más adelante una ira vengativa.

Era la lechuza marrón de los marjales, llegada de tierras del interior para las cacerías otoñales de ratones.

Había dos parejas de esos grandes depredadores de alas aterciopeladas y ojos redondos, y no sabían que en la isla vivía una gata.

Mientras una de las lechuzas planeaba majestuosa sobre las puntas plateadas de las hierbas, la gata se agazapó a espiarla, con las orejas gachas.

La gran envergadura de las alas del ave le hacía parecer mayor que ella; y su cabezota redonda, de pico ganchudo y ojos de mirada feroz y penetrante, le daban un aspecto terrorífico.

Pero la gata no era cobarde; y, al cabo de un rato, reanudó su cacería, no sin una razonable cautela.

De pronto, la lechuza avistó parte de su cuerpo entre la vegetación, probablemente las orejas o la cabeza; se lanzó en picado justo a la vez que la gata se erguía para hacerle frente y comenzaba a bufar, a gruñir amenazadoramente y a lanzar zarpazos al aire.

Batiendo con frenesí sus grandes alas, la lechuza frenó en seco y volvió a elevarse por los aires, justo a tiempo para escapar de aquellos furiosos zarpazos.

A partir de entonces, las lechuzas de los marjales anduvieron con cuidado para mantenerse a prudente distancia de la gata.

Comprendieron que no debían molestar al animal de lomo rayado y potentes garras que saltaba con tanta presteza.

Sin duda, advirtieron que tenía algún parentesco con otro fiero cazador, el lince.

Aunque los cazadores fueran muchos, las marismas eran un inagotable hervidero de criaturas peludas y las bajas infligidas por la gata, las ratas y las lechuzas apenas si dejaban una huella pasajera. Así pues, las cacerías y la diversión transcurrían a la vez bajo la indiferente luna.

Con el invierno más avanzado, cuando las intensas rachas de frío y los vientos cambiantes obligaban a la gata a ir de aquí para allá en busca de refugio, la tristeza fue adueñándose de ella.

Le dolía amargamente no tener un hogar. En toda la isla no había un solo rincón donde ponerse a salvo del viento y de la lluvia.

El viejo barril, causa original de sus desdichas, no le servía de ayuda.

Los vientos le habían dado la vuelta hacía ya largo tiempo, dejándolo descubierto, y después lo habían ido llenando de arena hasta terminar por sepultarlo de nuevo.

En cualquier caso, a la gata le habría dado miedo volver a acercarse a él.

Fue así como se convirtió en la única habitante de la isla sin un lugar para guarecerse cuando llegó el verdadero invierno y, con él, las nieves que cubrieron toda la vegetación y las heladas que festonearon la playa con crujientes placas de hielo.

Las ratas tenían sus madrigueras bajo los restos enterrados del naufragio; los ratones y las musarañas tenían sus profundos y cálidos túneles; las lechuzas tenían sus nidos en los árboles huecos de los lejanos bosques de tierra adentro.

Pero la gata, trémula y asustada, solo podía agazaparse junto a las paredes impenetrables de la despiadada casa y dejar que la nieve se arremolinara y se apilara en torno suyo.

Y justo entonces, en plena calamidad, se encontró privada de alimentos.

Los ratones correteaban a salvo en sus escondrijos, flaqueados por plantas cuyas raíces les aseguraban un sustento abundante.

También las ratas habían desaparecido al excavar sus madrigueras en la blanda nieve con la esperanza de interceptar los túneles de los ratones y apoderarse de vez en cuando de algún transeúnte desprevenido.

La franja de hielo medio resquebrajada y agitada por la implacable marea que bordeaba la costa le impedía pescar.

Impulsada por el hambre, habría tratado de capturar alguna de las formidables lechuzas, pero ya no venían a la isla.

Regresarían, a buen seguro, cuando la estación estuviera más avanzada y, con la nieve ya endurecida, los ratones comenzaran a salir al exterior para juguetear en la superficie.

Pero, de momento, se ocupaban en cacerías más fáciles en las profundidades de los bosques del interior.

Cuando la nieve cesó de caer y de nuevo brilló el sol, se abatió sobre la isla un frío más riguroso que todos los experimentados por la gata hasta entonces.

Quiso el destino que esto ocurriera el día de Navidad; si la gata hubiera sabido algo del calendario, sin duda habría señalado ese día en su memoria como una jornada llena de acontecimientos.

Como el hambre no le dejaba conciliar el sueño, se dedicó a merodear en busca de presas.

Y esto fue una suerte, ya que, de haberse dormido sin más protección que la pared de la casa, nunca habría vuelto a despertar.

Su inquieto deambular la llevó hasta la punta más alejada de la isla, donde, en un entrante bastante resguardado y soleado de la costa encarada a tierra firme, encontró una pequeña extensión de arena desnuda, sin placas de hielo, que la marea acababa de destapar.

Sobre ese entrante se abrían las minúsculas bocas de varias ratoneras.

Temblorosa y alerta, la gata se agazapó junto a uno de aquellos agujeros excavados en la nieve.

Estuvo a la espera durante al menos diez minutos, sin siquiera mover un pelo del bigote.

Al fin, un ratón asomó por el agujero su cabecita puntiaguda.

Sin atreverse a darle tiempo para cambiar de idea ni para asustarse, saltó sobre él.

El ratón se enroscó sobre sí mismo en el angosto corredor al presentir el peligro.

Dándose apenas cuenta de lo que hacía, en su desesperación la gata se lanzó de cabeza hacia la nieve para buscar a ciegas la presa desaparecida. Y tuvo la gran suerte de atraparla.

Era el primer alimento que se llevaba a la boca en cuatro días amargos.

Los niños siempre trataban de hacerla partícipe de su alegría y entusiasmo navideños, y por lo general lograban despertar su interés mostrando una agradable prodigalidad con respecto a la nata; pero la gata nunca había disfrutado tanto de un festín de Navidad.

Había aprendido la lección. Siendo avispada por naturaleza y con el ingenio aguzado por la acerba necesidad, en seguida comprendió que era posible seguir a las presas adentrándose en la nieve.

Hasta entonces no había caído en la cuenta de que la nieve era fácilmente penetrable.

Como había destrozado la entrada de aquella madriguera, se alejó para agazaparse junto a otra semejante, donde hubo de esperar largo tiempo antes de que un ratón audaz se asomara al exterior.

Pero, esta vez, la gata demostró que la lección no había caído en saco roto.

De un brinco se colocó sobre la zona contigua a la entrada de la galería, donde su instinto le decía que debía de estar el cuerpo del ratón.

De tal suerte, pudo cortarle la retirada estirando una pata.

Su táctica fue un gran éxito; al escarbar en la esponjosa blancura con la cabeza, sintió la presa entre sus garras.