Las mejores historias sobre gatos DE CÓMO UNA GATA HIZO DE ROBINSON CRUSOE Charles G. D. Roberts
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DE CÓMO UNA GATA HIZO DE ROBINSON CRUSOE Charles G. D. Roberts

La isla era un simple banco de arena junto a un litoral bajo y llano.

Ni un solo árbol rompía sus yermos perfiles, ni tan siquiera un arbusto.

Pero los tallos esbeltos y resistentes de la vegetación de marisma tapizaban toda su superficie por encima del nivel de las mareas; y un diminuto regato, que brotaba de un manantial situado en el centro de la isla, dibujaba con hierbas de ribera una franja de verdes jugosos en el inhóspito herbazal de tonos amarillo grisáceos.

Poca gente habría escogido aquel islote como lugar de residencia y, sin embargo, en el extremo orientado hacia el mar abierto, donde el flujo y el reflujo de las mareas era constante, se alzaba una espaciosa casa de una planta con un porche amplio y un cobertizo de escasa altura detrás.

El frescor era la virtud de aquel arenal solitario.

Cuando un calor sofocante recalentaba día y noche la costa vecina, en la isla siempre soplaba una brisa fresca.

Por ello, un avispado habitante de la ciudad se había apropiado de aquel terreno robado al mar para construir en él su casa de veraneo, donde el aire tonificante devolvería el color a las pálidas mejillas de sus hijos.

Como de costumbre, la familia llegó a la isla hacia finales de junio.

Y se marchó la primera semana de septiembre, dejando todas las puertas y ventanas de la casa y del cobertizo cerradas a cal y canto, con cerrojos y postigos, en previsión de las tormentas invernales.

En una barca de remos de buen tamaño, gobernada por dos pescadores, salvaron el kilómetro de corrientes rápidas que los separaba de la tierra firme.

Después de dos meses de viento, sol, olas y ondulantes herbazales, los mayores de la familia se alegraban de regresar al mundo de los hombres.

Pero los niños dejaron la isla con las mejillas bañadas en lágrimas.

Atrás quedaba su mascota favorita, su habitual compañera de viajes, una hermosa gata de cara de luna y lomo estriado como el de un tigre.

El animal había desaparecido misteriosamente hacía un par de días, desvaneciéndose de la faz de la isla sin dejar huella.

La única explicación razonable que se les ocurrió fue que se la hubiera llevado por los aires un águila.

Entretanto, la gata estaba presa en la otra punta de la isla, bajo un barril desvencijado y un quintal de arena amontonada por el viento.

El viejo barril, con las duelas rotas por un lado, había quedado de pie, medio enterrado, en la cresta de una ondulación arenosa que el viento dominante había ido formando poco a poco.

En su interior, la gata había hallado un refugio soleado y protegido, donde se aficionó a pasar el rato hecha un ovillo, durmiendo y disfrutando del sol.

La arena se fue acumulando gradualmente detrás de aquel parapeto bamboleante; hasta que llegó a una altura excesiva y, entonces, bajo el embate de una racha de viento muy poderosa, el barril se volcó y quedó sepultado por la montaña de arena, dejando a la gata, que estaba dormida dentro, a oscuras y oculta a la vista.

Mas la parte del barril que estaba intacta proporcionó un buen techo a su prisión y la gata no sufrió daños ni se asfixió.

Cuando, buscándola angustiados por toda la isla, los niños toparon con aquel montón de arena blanca y fina, apenas si le dirigieron una mirada indiferente.

No oyeron los débiles grititos que, a intervalos, salían de sus oscuras profundidades.

Se alejaron desconsolados, sin sospechar que habían tenido a su amiga casi debajo de los pies, presa bajo la arena.

La prisionera perseveró en sus llamadas de auxilio durante tres días. El tercer día, el viento cambió y, al cabo, se desató un vendaval. Unas horas después había destapado el barril. En un rincón apareció un puntito luminoso.

La gata sacó ansiosamente una pata por el agujero.

Al retirarla, el agujero se había agrandado mucho.

Comprendiendo lo que eso significaba, se puso a escarbar; al principio, sin ton ni son; pero, en seguida, guiada por su sagacidad o por la buena fortuna, aprendió a dar mayor efectividad a sus esfuerzos.

La abertura aumentó de tamaño muy deprisa y por fin logró colarse por ella y salir al exterior.

El viento azotaba violentamente la isla arrastrando arena.

El oleaje se lanzaba sobre la orilla y barría la playa con estruendo de bombardeo.

Las hierbas, dobladas a ras de tierra, formaban largas y trémulas hileras.

Por encima de aquel tumulto, el sol brillaba en un cielo despejado, azul intenso.

Al encontrarse en medio del vendaval, la gata salió volando por los aires.

En cuanto se hubo recobrado, se pegó al suelo y, a la carrera, se guareció entre los matojos.

Mas poco era el resguardo que le podían ofrecer los largos tallos casi aplastados contra el suelo.

A través de sus alborotadas filas y con el viento de espaldas, echó a correr hacia la casa, que estaba en la otra punta de la isla; imaginó inocentemente que allí encontraría, además de comida y abrigo, el afectuoso consuelo que la haría olvidar sus terrores.

Silenciosa y desolada bajo el resplandor del sol y el azote del viento, la casa la asustó.

No entendía el porqué de los postigos firmemente cerrados, de las puertas cegadas, inamovibles, que ya no se abrían pese a sus vehementes ruegos.

El viento la arrastró con violencia por el porche desierto.

Se encaramó con dificultad al alféizar de la ventana del comedor, desde donde tantas veces le habían franqueado la entrada, y durante unos instantes estuvo aferrada a él, profiriendo desgarradores gañidos.

Luego, presa de súbito pánico, saltó al suelo y se dirigió corriendo al cobertizo.

También estaba cerrado. Nunca lo había visto así, aquello era muy extraño.

Con mucha cautela, reptó a su alrededor, pegada a los cimientos…

pero estaban sólidamente construidos: por allí no había forma de entrar.

Dondequiera que fuese, la casa que tan bien conocía le ofrecía un rostro impenetrable, amenazador.

Cuidada con gran esmero y muy mimada por los niños, la gata nunca se había visto en la necesidad de sustentarse por sus propios medios; mas, por fortuna, había aprendido a cazar ratones de la marisma y gorriones de las praderas por pura diversión.

Así que, famélica después del largo ayuno en su prisión subterránea, se alejó cabizbaja de la casa abandonada y, al socaire de una ondulación de arena, se dirigió hacia una pequeña hondonada cubierta de hierba que conocía.

Allí el vendaval solo alcanzaba a las puntas de los tallos; y gracias a la relativa calma y calidez de aquel rincón, allí los minúsculos y peludos habitantes de la marisma, ratones y musarañas, se ocupaban tranquilamente de sus quehaceres.

Con movimientos rápidos y furtivos, la gata no tardó en atrapar una presa con la que apaciguó su hambre.

Luego cazó algunas más. Después regresó a la casa y pasó varias horas dándole vueltas y más vueltas muy abatida, husmeando aquí y allá, tratando de asomarse al interior, gañendo en el umbral y en el alféizar; de vez en cuando, el viento la arrastraba ignominiosamente por el suelo resbaladizo del desguarnecido porche.

Al final, perdidas las esperanzas, se enroscó sobre sí misma al pie de la ventana de los niños y quedose dormida.

La vida que llevó la prisionera de la isla durante las dos o tres semanas siguientes no fue difícil, pese a la soledad y a la congoja que la afligían.

Además de contar con una abundante provisión de pájaros y ratones, en seguida aprendió a atrapar pececillos en la desembocadura del regato, donde el agua dulce y la salada se mezclaban.

Era un juego apasionante, y se hizo una experta en lanzar a los bacaladitos grises y a los lanzones azul plateados ribera arriba con un movimiento rápido de su zarpa.

Pero cuando las tormentas equinocciales se abatieron sobre la isla, descargando terribles aguaceros, y los negros nubarrones bajos se desgarraron, la existencia de la gata se tornó más complicada.

Todas sus presas se guarecieron en lugares donde era difícil encontrarlas.

No era sencillo andar entre las hierbas rezumantes de agua y agitadas por el viento; y, lo que es peor, la gata detestaba la humedad.

Sentábase al resguardo de la casa, taciturna y alicaída, y casi siempre con hambre, y contemplaba con ira desafiante el embate turbulento y combativo de las olas.

Pasaron casi diez días antes de que el temporal se disipase.

El octavo día, los restos abandonados de una pequeña goleta de Nueva Escocia encallaron en la arena, tan maltrechos que ya no parecían un barco.

Mas, al fin y al cabo, aquello era un barco y tenía sus pasajeros.

Una horda de ratas atravesó la rompiente y corrió a esconderse entre las raíces de los matojos.

En seguida excavaron sus madrigueras debajo de la hierba o de viejos maderos medio sepultados y, una vez instaladas, comenzaron a sembrar el pánico en las filas de los ratones y las musarañas.