Las mejores historias sobre gatos OFFENBACH Guillermo Cabrera Infante #2
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OFFENBACH Guillermo Cabrera Infante #2

La primera impresión que causa Offenbach es la de ser un gato extraño.

Inmediatamente esta impresión es sustituida por la apreciación de su extraordinaria belleza.

Largo y flaco, Offenbach tiene una cabeza pequeña y triangular y dominada por sus grandes ojos azules, hechos aún más azules por las manchas color lila que tiene en las orejas y el hocico.

El resto del cuerpo es delgado y fuerte con una piel de raros tonos beige o, a veces, rosa pálido, que se vuelve morada en el rabo largo.

Pero muchos días Offenbach amanece nevado y todo ese día es un gato color de hielo.

Otras veces su tono beige se hace más oscuro y se vuelve como de caramelo, de algodón de azúcar fresa, de chocolate con leche, variando de hora en hora.

Offenbach es sumamente afectado y consciente de la tremenda impresión que produce su primera aparición.

Así, camina poniendo una pata delantera delante de la otra, para parecerse a Marlene Dietrich en sus mejores tiempos, mientras la parte trasera de su cuerpo se mueve con el ritmo de un pugilista o de un cowboy del cine.

Esta aparición hermafrodita causa asombro en quienes lo ven por vez primera y no han visto todavía su trote de tigre o su andar cauteloso de pantera en acecho, mientras embosca a su juguete preferido: una tapa de corcho o una bolita de papel.

(Aquí habría que hablar de los juguetes de Offenbach, de cómo ha rechazado ratones de plástico animados para volver a sus viejos corchos o cómo, de un solo viaje, destroza un león de peluche y se lo come —de hecho se tragó medio león un día y estuvimos una semana esperando su muerte inminente, pero echó la mitad del león como se la había comido, con su centro de alambre saliente pero sin lastimarlo, milagrosamente).

Offenbach y las hierofanías

Offenbach tiene un lugar reservado en la cocina para su comida, en un plato doble de plástico amarillo, colocado sobre un doyle de goma. Allí está también su platillo para la leche, un jarro con agua y, a veces, su vasija para las vitaminas B de adulto, que devora de tres en tres cada mañana.

Miriam Gómez, por su parte, ha colocado sobre mi buró una hierofanía: una copa de agua para los muertos de la familia, especialmente para mi madre.

Desde el primer día que Offenbach la vio, decidió que la copa de agua era para él beber y dejó de beber en el jarro que tiene en su rincón para venir a saciar la sed encima de mi mesa de trabajo.

Desde entonces se le incorporó al ritual y no es raro ver a Offenbach venir y beber sobre mi mesa mientras escribo.

No hay mejor compañía para la soledad del escritor de larga distancia.

El lenguaje de

Offenbach se comunica con nosotros con algo más que maullidos. Su repertorio de sonidos forma un lenguaje peculiar al que el oído adiestrado busca y encuentra significados.

Brrr es un ronroneo de placer y de contento.

Burrr es el ronroneo alargado hasta una forma de protesta: no hay que seguir acariciándolo, o se le debe acariciar en otra parte del cuerpo.

Miau es el saludo de por la mañana, una especie de buenos días que Offenbach nunca deja de dar.

Miauuu es para pedir algo: desde la comida hasta que se le abra una ventana y sentir el olor del jardín.

Miuu es siempre una advertencia: significa que él está presente y por tanto se le puede pisar o, lo que es peor, pasar por alto.

Miu es un simple saludo a cualquier hora del día.

Miawou es el saludo a quienes regresan a la casa. Es también una forma de queja: ha estado demasiado tiempo solo.

Mia miau es una exigencia: la comida que se retrasa o alguien que no quiere cargarlo o cederle un asiento.

Miau simple pero seguido o precedido por un bostezo, es soberano aburrimiento: no hay que olvidar que Offenbach es un purasangre y toda actitud en él es francamente soberana: no pide, exige.

Miaorru es cuando quiere jugar.

Rorroua es siempre un rugido: atavismo de la selva o rezagos del macho que todavía hay en él.

Hay muchas más entonaciones del maullido, pero se quedan para otro tratado: el lenguaje animal al nivel humano.

Otras voces, otros hábitos

Offenbach tiene un más amplio registro de voces, es solamente mi pobre transcripción que la limita.

Offenbach es tuerto. Es decir, no tiene visión —y con todo es imperfecta— más que en un ojo.

Este defecto lo ha hecho, entre otras cosas, adoptar la costumbre de saludar, a quien llega a la casa por primera vez o después de mucho tiempo de no venir, subiéndose al regazo del visitante y acercando su nariz hasta la nariz del recién llegado.

Es una forma especial de su saludo, pero pocos saben comprenderla.

Otro hábito de Offenbach es hacerse el centro de atención.

Así en una reunión él busca siempre la sección de oro del grupo y allí, donde convergen todas las líneas de atención, se sienta él, adoptando a veces la pose de la «gallina empollando», que es sentarse con todas las patas debajo del cuerpo y hacerse una compacta bola de pelos.

Otra manera de atraer la atención cuando esta es monopolizada por un periódico, por ejemplo, es venir a sentarse precisamente sobre la noticia que está uno leyendo.

Cómo consigue tal precisión, es uno de sus misterios.

Otro misterio suyo es saber, como él lo sabe, quién viene a la casa.

Aunque vivimos en la planta baja de un edificio de cuatro pisos, donde entra y sale mucha gente, Offenbach sabe siempre cuándo es Miriam Gómez o Carolita, por ejemplo, quienes vienen, y aunque ha estado semidormido hasta ahora va corriendo a la puerta del apartamento a saludar a quien llega.

Este alarde de presciencia se hace particularmente agudo cuando se acercan las cuatro de la tarde, hora de la comida.

Entonces Offenbach espera el regreso de Carolita de la escuela o acosa a Miriam Gómez por toda la casa para obtener su cena rápidamente.

Siempre se acerca él a la puerta a saludar a quien llega, después que la puerta se ha abierto —excepto cuando se trata del limpiador de ventanas, de quien corre a esconderse debajo de la cama, reptando hasta ocultarse del todo y sin salir de allí hasta que se va el limpiaventanas—.

¿Qué ocurrió entre Offenbach y el limpiador de ventanas?

Nadie lo sabe. Este misterio se hace más espeso cuando digo que antes eran dos los limpiaventanas y llegaban con su escalera ambulante especial y terminada en punta.

Pensamos que tal vez Offenbach le tenía miedo a esta escalera extraña, tan diferente a la escalera propia, donde él se sube el primero cuando la abrimos por cualquier motivo.

Pero luego vinieron otros limpiadores sin escalera, y su miedo era igualmente pánico.

Ahora es otra persona el limpiaventanas, un muchacho como de unos veinticinco años: a él también le tiene terror Offenbach.

Quizás un día desvelemos el espeso misterio: ¿trauma infantil?

, ¿atavismo?, ¿reacción pavloviana? Tal vez ni Pavlov, ni Freud, ni siquiera Lorenz, puedan explicar este comportamiento: Offenbach nos tiene acostumbrados a más de una muestra de conducta desusada en un gato. He aquí unas pocas.

Cuando alguien llega a la casa de visita y se queda solo en una habitación, Offenbach nunca se va de allí hasta que volvemos a la reunión.

Nosotros bromeamos que es él nuestro gato-policía, pero hay más que una broma en su comportamiento.

Como hay más que una broma en su costumbre de no dejarme trabajar tarde en la noche, como yo acostumbraba, y el hábito gemelo de despertarme con un maullido particular a las nueve cada mañana.

O su extraordinaria habilidad para abrir puertas.

O su peculiar sentido del humor. Sabido es que los gatos son animales sin humor, que se toman terriblemente en serio y que no soportan, como los perros, las bromas.

Offenbach no es menos gato que los demás a este respecto, lo que sí es curioso es verlo gastándonos bromas.

Para mí él tiene reservada una particularmente apropiada.

Cada tarde, después del almuerzo, yo me siento a leer los periódicos y revistas en una silla en la sala.

Esta es mi silla. Todos lo saben, incluso Offenbach.

Pero en sus días jocosos no es raro verlo correr hacia la silla en cuanto me ve terminar de almorzar y encaminarme hacia ella para sentarse antes que yo.

Su broma se continúa por su completa posesión del mueble, agarrado a sus travesaños como un náufrago a una balsa.

Si intento levantarlo tendría que levantar la silla junto con Offenbach.

La broma culmina siempre con la llegada providencial de Miriam Gómez que me conmina por todos los medios a dejar a Offenbach ocupar mi lugar: su diversión favorita.

Otra costumbre favorita de Offenbach es ocupar mi silla de trabajo.

Esta queda trabada debajo de la mesa de manera que más parece una gaveta que una silla: muchas veces cuando yo vengo a trabajar me encuentro la «gaveta» ocupada.

Tengo entonces que cargar a Offenbach como si fuera un niño y depositarlo junto a la calefacción y debajo de mi mesa y además convencerlo con palabras ad hoc de que no debe irse: nadie comprende, hasta que tiene uno, la extrema susceptibilidad de los gatos.