Las mejores historias sobre gatos OFFENBACH Guillermo Cabrera Infante
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Las mejores historias sobre gatos

Las mejores historias sobre gatos

Por Guillermo Cabrera Infante, émile Zola, Colette

© inepub.com

OFFENBACH Guillermo Cabrera Infante

Aparición de

Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach llegó a nuestra vida, sin todos esos nombres, hace exactamente seis años, sin previsión y de repente, como los milagros.

Sucedió que un día fui a ver a un amigo, a quien yo visitaba a menudo, y allí estaba, imprevisto, impredecible, Offenbach, entonces un largo gato flaco y blanco que se subía por las cortinas y casi trepaba las paredes para luego venir a mi regazo, de un salto inaudito, comenzó a hacer los más extraños ruidos oídos jamás por mí: así debían cantar las sirenas.

Al otro día llevé a Anita y a Carolita, mis dos hijas, a que lo conocieran.

También iba Miriam Gómez. (Aquí tengo que hacer un paréntesis deshonroso: es necesario decir que Miriam Gómez siempre quiso, ya desde Cuba, tener un gato siamés y que yo, que había tenido de niño toda clase de pets , desde cernícalos hasta una jutía, que es como una rata gigante y herbívora de los campos de Cuba, yo siempre había sentido un innato disgusto contra los gatos, y me negué a tener uno, siempre.) Offenbach, que aún no era Offenbach, tenía solamente dos meses de nacido.

Conquista de… unos y otros

A la semana de haber conocido a Offenbach la novia de mi amigo viajaba a Gibraltar y ellos no tenían quien se ocupara del gato.

Decidimos todos que viniera a casa por esas dos semanas.

(Para completar la ocasión fausta, a mi amigo se le había declarado una fuerte alergia nasal producida por… ¡el pelo de gato!)

La conquista fue rápida y mutua: Offenbach había encontrado su hogar definitivo, el sitio a que estaba destinado, y nosotros habíamos encontrado al gato pródigo.

De más está decir que cuando su dueña entre comillas regresó de Gibraltar ya no era la dueña: ella misma se encargó de decir que habíamos nacido el uno para los otros, y viceversa.

Offenbach, por mutuo consenso, se quedaría a vivir en casa.

El porqué de un nombre

Todos preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.

Ruidos raros

También a medianoche Offenbach solía visitar nuestra cama para hacer los más raros ruidos.

Al principio creímos que se sentía solo o mal y la mejor manera de calmarlo era pasarle la mano por el lomo.

Pero esto solo hacía aumentar los ruidos raros, hasta que supimos que eran ronroneos de felicidad y contento.

Offenbach cambia de casa

Hay una vieja regla inglesa que declara a los gatos más amantes del lugar que de sus dueños y así hay miles de gatos abandonados en toda Inglaterra, simplemente porque sus dueños cambiaron de casa y decidieron dejar el gato detrás.

Con Offenbach ocurrió todo lo contrario: él entró primero que nadie en la nueva casa y pronto estaba tan feliz, más feliz, que sus dueños: no era la primera, ni sería la última regla que Offenbach rompería.

¿Nadie es dueño de un gato?

Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás.

No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos.

Offenbach es un siamés con puntos de lila.

Pedigree de

Offenbach es el único inglés de esta casa y aunque él se siente mejor al calor del sol, raro en Londres, sus padres y sus abuelos nacieron en Inglaterra.

Fue por casualidad que supimos su pedigree: para nosotros Offenbach podía ser un gato de callejón y todavía ser el centro de la casa: nosotros también somos egipcios.

Pero sucedió que un día nos vimos forzados a castrarlo —los siameses son criaturas eminentemente sexuales— para terminar con sus celos que lo torturaban y nos perturbaban.

Seguimos la indicación de un veterinario, famoso porque escribe libros sobre gatos y perros, a cuya consulta asistimos.

Al llegar a la consulta y ver el veterinario a Offenbach nos preguntó si teníamos su pedigree.

Los siameses con puntos de lila son una creación de los criadores ingleses y más raros que el siamés corriente, ese que tiene manchas de café en la cabeza y en las patas y en la cola.

Nosotros ni sabíamos ni nos interesaba el pedigree de Offenbach.

El veterinario nos preguntó a quién pertenecían sus padres y solo pudimos decir quién nos lo había regalado, que a su vez lo había recibido de un cantante de pop.

El veterinario consultó su memoria y pronto supimos que Offenbach era nieto de una gata propiedad de George Harrison, el músico Beatle.

Pero todavía más: había una enfermedad de la realeza, como la hemofilia rusa.

Offenbach era nieto de un gato de nombre impronunciable que había pasado a toda su progenie una enfermedad fatal del páncreas.

Así supimos que todos los hermanos y primos de Offenbach estaban muertos, atacados de repente por vómitos incoercibles.

Offenbach había pasado el periodo peligroso y ahora está vivo solamente porque todas sus comidas llevan polvo de páncreas y no hace más que dos comidas al día, aunque él se las arregla para estirarla a tres. (Más más adelante).

Ahora el veterinario dejó su memoria para consultar sus libros y fue por una rara casualidad —o tal vez por una casualidad más de las habituales en Offenbach— que Offenbach vino a ser castrado el mismo día que había nacido un año antes. Como se ve, demasiadas casualidades para ser casuales.

Como antes, mejor que antes

La castración no afectó a Offenbach más que en su relación con las gatas.

En sus relaciones con nosotros si acaso se hizo más afectuoso y mimado.

Ahora bien, Offenbach nunca ha abandonado la casa.

Excepto por dos veces que se cayó de una ventana trasera abierta al verano al patio de abajo, lo que nos hizo recorrer todos los patios de la vecindad hasta acceder al patio indicado y encontrarlo más aterrado que aventurero.

Offenbach y los gatos

Offenbach jamás ha conocido la relación con otro gato y siempre se ha negado a reconocerse como tal: él se cree de veras un ser humano y, aunque esta creencia es siempre fatal para los animales, su comportamiento es tan humano que Miriam Gómez lo llamó un día «un gato animado», recordando los gatos de Walt Disney et al.

Una vez un pintor amigo nos hizo atravesar todo Londres hasta Hampstead para que Offenbach conociera su gata siamesa, Zuzu.

Todo iba bien por el camino (Offenbach no teme subir a un auto, solamente subir a un taxi, recordando tal vez que este es el vehículo en que lo llevamos al veterinario, donde siempre ha sufrido heridas y pinchazos), pero, no bien llegamos a la casa, se engrifó, comenzó a escupir y se quedó aterrado en un rincón.

Ver a la gata para él fue como para nosotros ver el demonio encarnado.

Al regreso a la casa, Offenbach vomitó y defecó en el pasillo, como para demostrarnos físicamente su malestar espiritual.

A veces Offenbach añora las aventuras de los gatos que se ven por la ventana que da al patio, pero es una añoranza lejana, como si esos gatos fueran héroes de leyendas borrosas.

Un día ocurrió la confrontación inevitable.

Compramos un espejo, que vino cuidadosamente envuelto.

Curioso como todos los gatos, Offenbach quiso ver lo que contenía el paquete.

Desempaquetamos, pues, el espejo que quedaba apoyado en el suelo a su altura y, no bien se vio, quedó fascinado con el espejo, tanto que le dio la vuelta, buscando su imagen que desaparecía en los bordes.

Finalmente se enfermó ese día: tal vez acababa de reconocerse como gato.

Lo cierto es que el espejo, que está a un extremo del pasillo, a la altura humana, aparece a menudo manchado en su parte inferior, con huellas que parecen de una nariz húmeda o de un lengüetazo.

¿Se habrá enamorado Offenbach, otro Narciso, de su imagen del espejo?

El tercer gato

El tercer encuentro de Offenbach con otro gato ocurrió un día que se apareció en la vecindad (el barrio está poblado por las más variadas especies gatunas) un gatico negro y joven, al que pusimos por nombre Blackie.

Blackie era el gato más inteligente que hemos conocido y dio prueba de ello de una manera decisiva.

Blackie había visto a Offenbach sentado en mi mesa-escritorio y pegado a la ventana trasera, y ya desde abajo le intrigó este gato blanco y distante.

Pronto atravesó todos los patios aledaños, salió a la calle de al lado, dio la vuelta a media manzana, seleccionó nuestra puerta entre tantas otras en la cuadra y vino a pararse en la ventana delantera, sentado en el poyo.

(¡Este periplo de Blackie es solamente comparable al de un ser humano entrando en un laberinto y encontrando la salida ipso facto !)

Hicimos entrar a Blackie, el pobre, tan amistoso como era, pero Offenbach lo rechazó violentamente y por primera y única vez en su vida atacó a Miriam Gómez que lo tenía cargado.

Desde entonces, para dejar entrar a Blackie en la casa y darle de comer, había que encerrar a Offenbach en un cuarto primero.

Desgraciadamente, los días de Blackie en este mundo fueron pocos. Adoptado por una vecina, quien le había comprado un collar contra las pulgas, amaneció un día muerto, atropellado por un auto la madrugada anterior.

Aspecto de