OFFENBACH Guillermo Cabrera Infante #3
Offenbach hace una tercera comida al día: esta es la comida compartida con nosotros su familia.
Pocos minutos antes de la hora de la cena él se sube a la mesa y sentado hierático espera a que se sirva la comida.
Casi nunca dice nada, excepto por un leve bostezo de aburrimiento cuando a veces la comida tarda demasiado.
Cuando la mesa está servida, él mira sentado uno a uno a los comensales, todavía esperando.
Offenbach espera ser alimentado de lo que comamos nosotros y, aunque rechaza toda carne que no sea conejo en su comida de por la tarde y pescado en la de por la mañana, él acepta comer de lo que comamos: pollo, carne de vaca, ternera, cordero, puerco, etc.
, etc. Muchas veces ha llegado a comer de la salsa preparada por Miriam Gómez y otras veces ha comido hasta papa y arroz, para desmentir a los que creen que los gatos no pueden ser vegetarianos: Offenbach, en la mesa, se muestra omnívoro.
Es más, su amor por la comida compartida lo ha llevado hasta comer de nuestros postres: una hazaña increíble para todos los que saben que los gatos detestan el dulce, ya que sus papilas gustativas rechazan el sabor dulce tanto como las nuestras rechazan el sabor amargo.
A veces, cuando la comida es totalmente vegetariana, Miriam Gómez le prepara a Offenbach un platillo con crema de leche, que él bebe sobre la mesa.
Siempre que prueba de nuestra comida, va de comensal en comensal pidiendo silencioso, sin jamás mendigar, como haría un perro.
Cuando ha probado de todos los platos, se baja de la mesa tan silencioso y rápido como subió a ella.
Lo más curioso es saber que Offenbach sube a la mesa solamente por las tardes, ya que al mediodía siempre almorzamos ligero: una sopa, un sandwich, una tortilla: comidas todas que no tienen el menor interés para él.
Su momento malo en la mesa llega cuando tenemos visita a comer: hay que encerrarlo en un cuarto hasta que esté terminada la cena.
Es entonces que sale y se refugia en cualquier rincón, lejos de los seres humanos que lo han ofendido relegándolo a su ostracismo.
Offenbach y el universo
Alguien me preguntaba una vez cómo había afectado mi vida la llegada de Offenbach.
Dije o creo que dije que mi vida se podía dividir en antes y después de Offenbach.
Lo mismo ocurre con la llegada de mi mujer, Miriam Gómez, a mi vida, o de mis hijas.
Pero estos últimos son cambios previsibles.
El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo.
Mi amor por esas doce libras de pelo, garras y ojos azules llega a dividir los visitantes a mi casa en dos categorías: los que admiran y los que desdeñan, aunque sea levemente, a Offenbach.
Los primeros se convierten ipso facto en amigos a pesar de que su incidencia sea tan mínima como la de un técnico desconocido que viene a arreglar la televisión.
Los segundos pasan a ser cuestionados enseguida, aun después de años de amistad intensa.
Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras.
Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato.
A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que más dan pidiendo menos.
A través de Offenbach he podido entender el mundo animal de nuevo, que estaba vedado para mí desde que me hice adulto y los problemas humanos vinieron a abrumarme y a hacerme olvidar la sencilla vida animal, sus ciclos vitales y su ausencia de agonía: lo contrario de la agónica vida del único animal que sabe que se muere.
Offenbach es un animal feliz: sus exigencias son bien pocas y, aparte de una comida en la mañana y otra al final de la tarde, no exige otra cosa que lo que él mismo da a granel: cariño, una mano pasada por la cabeza y el lomo, una cepillada ocasional: atención.
Pero a pesar de su humanización y de su reclusión hogareña, la vida de Offenbach está atemperada a los ciclos animales y universales: él y el cosmos son la misma cosa, y el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración.
¿Todo Offenbach?
Releo lo escrito hasta aquí y me abruma su inanidad: la incapacidad de mi escritura para atrapar la esencia de lo que es Offenbach. Quizás algunas anécdotas puedan si no llenar por lo menos rodear ese vacío.
Un día Néstor Almendros vino a Londres y, como estaban los hoteles llenos, se quedó a dormir en casa. A medianoche se despertó soñando que lo devoraba un tigre —y al despertar de la pesadilla se encontró con la cabeza de Offenbach que, sentado sobre su pecho, lo miraba dormir.
A Offenbach le gustan las escaleras, recuerdos tal vez de sus antepasados en las selvas siamesas.
No hay para él mayor placer que Miriam Gómez saque la escalera de mano para alcanzar algún objeto del desván: en cuanto la abre, allí está Offenbach, salido de la nada, subiendo el primero los escalones como un trapecista ebrio.
Offenbach tiene un colmillo partido. Esto le ocurrió al tener un accidente de caza con una ventana: velaba allí unas palomas a las que Miriam Gómez había echado comida en el poyo y, después de muchos asedios y emboscadas, saltó Offenbach sobre la imagen de la paloma más cercana a través del cristal límpido, contra el que dio de boca, partiéndose un colmillo.
Desde entonces se le conoce en la casa como el Jefe Colmillo Frágil.
La curiosidad de Offenbach no tiene límites animales: basta que alguno de nosotros se pare frente a las ventanas que dan a la calle, para ver a Offenbach, detrás y abajo, tratando de mirar lo que miramos por todos los medios, llegando a maullar para que lo carguen o a subirse sobre el televisor y alargando el cuello mirar él también lo que miramos.
Un día llegó a la casa la bella G. Ch., de visita breve, y Offenbach, tal vez reconociéndola, extremó su caminado a la Dietrich para emerger de la sala al estudio y para flechar para siempre a la visita: lo mismo hace con cada visitante receptivo a los gatos.
Ver lavarse a Offenbach es una muestra de elegancia suma.
A veces adopta poses tan desusadas —una pata trasera extendida y agarrada por las dos patas delanteras, mientras con la otra pata debajo de sí guarda un equilibrio tan precario como elegante—.
Verlo es creer que él sabe que ofrece un espectáculo inusitado: la pose natural imposible de alcanzar por el ser humano más afectado.
Ver comer a Offenbach o tomar agua es otro deleite: no puede haber mayor finura en actos tan animales. Su lengua sube y baja desde el agua con una regularidad metronómica, y, al comer, muerde gentilmente la carne y la engulle poco a poco, apenas masticada por sus débiles dientes.
Offenbach es un espectáculo digno de verse hasta durmiendo, sobre todo dormido.
Los días de sol él se regala con la luz y el calor, estirando una pata hacia delante mientras coloca sobre ella la cabeza a manera de almohada.
Los días fríos se recoge como una gallina empollando junto a uno de los radiadores, convirtiéndose en una verdadera bola de pelos, nada más que la cabeza saliendo de entre su abrigo natural.
Otras veces coge de almohada los más disímiles objetos: el cable del teléfono, la pata de un radiador, el suelo mismo, mientras su cuerpo descansa sobre un cojín. Otras veces…, pero basta.
¿Es esto todo Offenbach? No: ni siquiera he comenzado.