Capítulo 50
El despacho quedó en silencio.
Solo el viento que golpeaba los ventanales del antiguo internado rompía, de vez en cuando, aquella quietud.
Amaru permanecía inmóvil frente a Flor.
Entre ambas apenas había unos pasos de distancia.
Naia no se movía.
Tampoco Tanit, que observaba la escena desde la puerta entreabierta sin atreverse todavía a intervenir.
Flor sostuvo la mirada de Amaru.
Por primera vez desde que había comenzado aquella historia, tenía delante a la única persona cuya existencia nunca había previsto. Esbozó una leve sonrisa.
No era una sonrisa de victoria.
Ni de alivio.
Era la sonrisa de quien acaba de comprender la última pieza del tablero. —Así que eras tú...
Amaru no respondió.
Sus ojos seguían fijos en ella.
Serenos.
Sin odio.
Sin prisa.
Flor habló de nuevo.
—Nunca imaginé que hubiera una madre.
Hizo una breve pausa.
—Creí que aquellas niñas habían sido abandonadas por todos. El silencio volvió a llenar el despacho.
Entonces Amaru habló.
Su voz apenas fue un susurro.
—Nunca estuvieron solas.
Aquellas tres palabras pesaron más que cualquier acusación. Flor bajó la mirada durante un instante.
Asintió muy despacio.
Como si, por primera vez, aceptara una verdad que llevaba años negándose a mirar.
Después levantó de nuevo la cabeza.
—Llegas tarde.
Amaru negó lentamente.
—No.
Dio un paso al frente.
—Llegué cuando descubrí quién había ordenado matar a mi hija. Naia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Flor no respondió.
No intentó negarlo.
No intentó justificarse.
Simplemente dijo:
—Tomé una decisión.
—Le quitaste la vida.
Flor cerró los ojos un instante.
—Creí que estaba protegiéndolas.
—No.
La voz de Amaru sonó firme por primera vez.
—Te estabas protegiendo a ti misma.
Hizo una pausa.
—Y condenaste a Claudia.
El despacho volvió a quedar en silencio.
Flor dirigió la vista hacia la ventana.
En el patio, varias niñas corrían hacia las aulas.
Reían.
Discutían.
Soñaban.
Ajenas a todo.
—Míralas.
Amaru no volvió la cabeza.
—Las veo.
—Ellas son el motivo por el que hice todo esto.
La voz de Flor apenas tembló.
—Ninguna pasará hambre.
Ninguna crecerá sin educación.
Ninguna será vendida.
Ninguna tendrá que vivir lo que vosotras vivisteis.
Amaru sostuvo su mirada.
—Y para conseguirlo decidiste quién podía vivir...
Hizo una pausa.
—...y quién debía morir.
Aquellas palabras impactaron con más fuerza que un grito. Flor abrió la boca para responder.
Pero no encontró nada que decir.
Nada en absoluto.
Muy despacio, Amaru llevó una mano al interior de la chaqueta. Naia sintió cómo el corazón comenzaba a golpearle el pecho. Conocía aquel gesto.
El viejo punzón apareció entre los dedos de Amaru. El mismo acero que había acompañado toda su vida. Flor no retrocedió.
Ni un solo paso.
Observó la hoja.
Después miró a Amaru.
—Hazlo.
Naia contuvo la respiración.
Amaru levantó lentamente el arma.
La punta quedó a escasos centímetros del cuello de Flor. Nadie se movió.
Nadie respiró.
El tiempo pareció detenerse.
Entonces Naia avanzó.
Un paso.
Y otro.
Hasta colocarse entre las dos.
La punta del acero apuntaba ahora hacia ella.
—No.
La palabra apenas fue un susurro.
Pero bastó.
Amaru no apartó el arma.
—Quítate.
—No.
—Se lo merece.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por las mejillas de Naia. —Quizá.
Su voz se quebró.
—Quizá sí.
Miró primero a Amaru.
Después a Flor.
—Pero yo no puedo perder otra madre.
Algo se rompió dentro de Amaru.
Durante unos segundos solo contempló a Naia.
Ya no veía a la niña que había dejado atrás.
Veía a una mujer.
Una mujer que estaba eligiendo un camino distinto al suyo. Y mejor.
Muy despacio, Naia apoyó una mano sobre su muñeca. No intentó apartarla.
Solo la sostuvo.
—Déjala.
—Naia...
—Que responda ante la justicia.
Sus ojos no se apartaron de los de Amaru.
—No ante nosotros.
Amaru cerró los ojos.
Recordó a Izela.
Recordó a Claudia.
Recordó los rostros que había cargado durante tantos años. El dolor.
La culpa.
La rabia.
Cuando volvió a abrirlos, comprendió que aquella decisión ya no era por ella.
Era por Naia.
Y por el futuro que todavía podía tener.
Bajó lentamente el brazo.
La punta del punzón dejó de apuntar a Flor.
Y, por fin, el tiempo volvió a ponerse en marcha.
En ese mismo instante se escucharon pasos apresurados en el pasillo. —¡Guardia Civil!
La puerta se abrió de golpe.
Tanit entró la primera, seguida por varios agentes.
Su mirada recorrió la estancia.
Flor.
Naia.
Amaru.
Y el punzón apuntando ya hacia el suelo.
Comprendió de inmediato que acababa de llegar unos segundos después de la decisión más importante de toda aquella historia. Dos agentes se acercaron a Flor.
Ella ofreció las manos sin oponer resistencia.
Mientras le colocaban las esposas, buscó la mirada de Naia. Esperaba encontrar odio.
Quizá desprecio.
Tal vez incluso miedo.
Encontró algo peor.
Aceptación.
Distancia.
Naia ya no necesitaba juzgarla.
La justicia lo haría por ella.
El clic metálico de las esposas rompió el silencio.
Tanit levantó entonces la vista.
Amaru ya no estaba.
La ventana permanecía abierta.
Las cortinas se agitaban suavemente bajo el viento de la montaña. Uno de los agentes dio un paso hacia el alféizar.
—¡Se escapa!
Tanit caminó hasta la ventana.
Observó los senderos.
El bosque.
La inmensidad de las montañas.
Permaneció varios segundos en silencio.
Después habló sin apartar la vista del horizonte.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Ya se ha ido.
Nadie entendió exactamente qué había querido decir.
Pero Naia sí.
Se acercó también a la ventana.
No alcanzó a verla.
Solo distinguió el movimiento de los árboles mecidos por el viento. Y sonrió con tristeza.
Sabía que, en algún lugar, Amaru seguía caminando.
No huía.
No perseguía a nadie.
No buscaba respuestas.
Por primera vez en muchos años...
era libre.