Las Marcadas Capítulo 51
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Capítulo 51

Barcelona comenzaba, poco a poco, a parecerse de nuevo a la ciudad de siempre.

Las sirenas habían desaparecido de las portadas de los periódicos.

Las cámaras de televisión ya no aguardaban frente a los juzgados.

Los titulares que durante semanas habían hablado de corrupción, asesinatos y una red que había permanecido oculta durante décadas empezaban a ser sustituidos por otros escándalos, otras noticias y otras urgencias.

Solo para quienes habían vivido aquella historia resultaba imposible volver del todo a la normalidad.

Flor Alonso permanecía en prisión preventiva a la espera de juicio.

Las declaraciones de decenas de testigos, los mensajes recuperados del antiguo teléfono del ministro y la documentación incautada durante los registros habían permitido reconstruir gran parte de la organización.

La investigación continuaba abierta y aún quedaban muchas

responsabilidades por depurar, pero la estructura que durante tantos años había permanecido protegida por el poder se había derrumbado definitivamente.

Josep Montalbán apenas pronunciaba ya una palabra durante los interrogatorios.

El hombre que había dedicado su vida a salvar pacientes contemplaba ahora cómo su legado se desmoronaba ante sus ojos.

La clínica cerró sus puertas durante varios meses.

Muchos pensaron que nunca volvería a abrir.

Se equivocaban.

Una mañana de otoño, varios operarios retiraron el viejo rótulo de la fachada.

Durante unos minutos solo quedó la piedra desnuda.

Después instalaron otro.

Mucho más sencillo.

Centro Sanitario Parua.

Naia observó el nuevo nombre desde la acera.

A su lado, Tanit sonrió en silencio.

—¿Estás segura?

Naia asintió despacio.

—No quiero borrar lo que ocurrió aquí.

Levantó la vista hacia la fachada.

—Quiero darle un significado diferente.

Durante unos segundos permanecieron contemplando el edificio. Aquellas paredes habían conocido la mentira, el miedo y la corrupción. Ahora volverían a servir para aquello para lo que siempre debieron existir.

Salvar vidas.

Naia dejó escapar una leve sonrisa.

—Creo que a Claudia le habría gustado.

Tanit la miró de reojo.

—Estoy segura.

Reanudaron el paseo sin prisa.

Ya no había periodistas esperándolas.

Ni coches de vigilancia.

Ni llamadas a cualquier hora de la madrugada.

Solo dos mujeres caminando juntas por una calle cualquiera de Barcelona.

Durante varios metros ninguna dijo nada.

Hasta que Naia rompió el silencio.

—¿Y ahora qué?

Tanit sonrió.

—Llevo días haciéndome esa misma pregunta.

Naia mantuvo la vista al frente.

—El caso ha terminado.

La investigación también.

Hizo una pausa.

—Supongo que volverás a Valencia.

O a cualquier otro destino.

Tanit se detuvo y esperó a que Naia la mirara.

—¿Eso es lo que realmente te preocupa?

Naia intentó sonreír.

No lo consiguió.

Bajó la mirada.

—Todo el mundo acaba marchándose.

Se hizo un largo silencio.

Tanit comprendió que Naia no hablaba de Valencia.

Ni de un traslado.

Hablaba de toda una vida.

De la madre que nunca conoció.

De Flor.

De Claudia.

Incluso de Amaru.

De todas las personas que habían llegado a su vida para desaparecer después.

Se acercó despacio hasta quedar frente a ella.

Con una delicadeza infinita le levantó el rostro.

—Escúchame bien.

Naia la miró en silencio.

—No pienso marcharme.

Aquellas palabras parecieron aliviar un peso que llevaba demasiado tiempo soportando.

—¿Y Valencia?

Tanit sonrió.

—Habrá otros inspectores.

—¿Y el caso Ferrer?

La inspectora soltó una breve carcajada.

—También seguirá adelante.

Se encogió levemente de hombros.

—Durante muchos años creí que tenía que resolver todos los casos. Ahora sé que ningún policía puede hacerlo.

Miró a Naia.

—Lo importante es dejar el camino un poco más despejado para quien venga detrás.

Naia permaneció observándola unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Pero completamente sincera.

Entonces Tanit metió la mano en el bolso.

—Aunque...

Creo que ya hemos trabajado demasiado por una temporada. Sacó un sobre y se lo entregó.

Naia lo abrió con curiosidad.

Dentro había dos billetes.

—¿Qué es esto?

—Unas vacaciones.

Naia arqueó una ceja.

—¿Vacaciones?

—Sí.

Y son absolutamente innegociables.

—¿Ah, ¿sí?

—Durante dos semanas queda terminantemente prohibido hablar de asesinatos, corrupción, ministros, jueces... y policías.

Naia soltó una carcajada.

—Eso último va a ser complicado viviendo contigo.

—Lo intentaremos.

Continuaron caminando sin prisa.

Barcelona parecía distinta.

O quizá eran ellas quienes habían cambiado.

Al llegar a una pequeña librería del centro, Naia se detuvo de repente. En el escaparate había una pila de libros recién colocados. La portada era sencilla.

Blanca.

Sin fotografías.

Solo un título impreso en letras negras.

Las marcadas.

Y, debajo, un nombre.

Claudia Vergara.

Ambas permanecieron inmóviles durante unos segundos. Naia entró en la librería sin decir una palabra.

Regresó apenas un minuto después con un ejemplar entre las manos. Lo sostenía con un cuidado casi reverencial.

Como si temiera dañarlo.

Acarició lentamente la cubierta.

—Lo consiguió...

murmuró.

Tanit asintió.

—Sí.

—Al final encontró la forma de contar la verdad.

Naia abrió el libro por la primera página.

Entre las hojas apareció una breve nota escrita con la letra de Claudia: "La verdad nunca devuelve la vida a quienes la perdieron. Pero el silencio siempre protege a quienes se la arrebataron."

Naia cerró el libro lentamente.

Lo abrazó contra el pecho.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

No hacía falta.

Porque comprendieron que, de algún modo, Claudia seguía caminando con ellas.

Salieron de la librería en silencio.

Naia llevaba el ejemplar de Las marcadas entre las manos como si transportara algo frágil.

El ruido de la ciudad volvió a envolverlas.

Coches.

Conversaciones.

El sonido lejano de un autobús deteniéndose en una parada. Caminaron hasta una cafetería cercana y se sentaron junto a la ventana. Durante unos minutos permanecieron en silencio.

Tanit pidió dos cafés.

Naia dejó el libro sobre la mesa.

—Rosa dice que la presentación fue sencilla.

Nada de grandes discursos.

Solo algunas personas leyendo fragmentos del manuscrito. Tanit asintió.

—Creo que a Claudia le habría gustado que fuera así.

Naia abrió el libro por una página marcada con un pequeño papel. Leyó unas líneas en silencio y volvió a cerrarlo con cuidado. —No pudo escribir el último capítulo.

—No.

Tanit sostuvo la taza caliente entre las manos.

—Pero quizá no hacía falta.

Naia la miró.

—¿Por qué?

—Porque el último capítulo terminó escribiéndose fuera del libro. En la calle, un grupo de estudiantes pasó riendo frente a la cafetería. Naia los observó durante unos segundos.

—¿Y Flor?

Tanit dejó la taza sobre el plato.

—Sigue en prisión preventiva.

La instrucción continúa, pero la acusación por la muerte de Claudia está prácticamente cerrada.

Naia guardó silencio.

—¿Y Montalbán?

—También está procesado.

Las declaraciones de los implicados y la documentación recuperada permitieron reconstruir gran parte de la trama.

Naia apoyó una mano sobre la portada del libro.

—Al final todo salió a la luz.

Tanit negó suavemente.

—No todo.

Naia frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que hay cosas que ninguna sentencia puede resolver.

Se inclinó ligeramente hacia ella.

—La justicia puede castigar a los responsables.

Puede reparar una parte del daño.

Pero no puede devolver a Claudia.

Ni a Izela.

Naia bajó la mirada.

—Lo sé.

—Tampoco puede borrar el dolor que dejó Flor.

Pero sí puede impedir que siga decidiendo sobre la vida de los demás. Naia asintió.

—Eso ya es mucho.

Permanecieron unos segundos observando el libro.

—¿Y la clínica? —preguntó después.

Una sonrisa apareció en el rostro de Tanit.

—Las obras terminarán en unas semanas.

Naia devolvió la sonrisa.

—Quiero que vuelva a ser un lugar donde la gente entre buscando ayuda, no miedo.

Tanit la miró con una mezcla de orgullo y ternura.

—Entonces tendrá el sentido que siempre debió tener.

Naia respiró hondo.

Por primera vez en mucho tiempo sintió que podía imaginar un futuro sin culpa.

Un futuro que no estuviera construido sobre secretos.

Un futuro donde el nombre de Claudia no fuera solo el recuerdo de una víctima, sino también el de una mujer que había conseguido contar la verdad.

FIN.

REFLEXION

¿Qué debe hacer una persona cuando está convencida de que alguien es culpable y la justicia no actúa?

¿Esperar?

¿O tomarse la justicia por su mano?

La historia demuestra que no siempre existe una respuesta sencilla.

Hubo un tiempo en que casi toda España creyó que Dolores Vázquez era una asesina.

Fue condenada, señalada y privada de su libertad.

Años después, el ADN reveló que el verdadero culpable era otro.

También hubo un tiempo en que el asesino de Eva Blanco caminó libre durante veinticinco años.

La justicia no había olvidado el crimen, pero la ciencia aún no podía demostrar quién lo había cometido.

Solo décadas después fue posible identificar al presunto autor.

Dos historias. Dos errores opuestos. En una, la justicia condenó a una inocente, en la otra, fue incapaz de condenar a un culpable.

Entre ambos extremos transcurre esta historia.

Porque una sociedad solo puede llamarse justa cuando es capaz de castigar a los culpables sin condenar jamás a un inocente, ese equilibrio es frágil. y a veces, desesperadamente difícil de mantener.

Esta novela no trata de responder a esa pregunta.

Trata de obligarnos a convivir con ella.

Porque el mayor peligro no siempre es que un culpable quede libre. A veces, lo es, que un inocente pague por él.