Capítulo 49
La última frase de Flor quedó suspendida en el despacho. —Tomé una decisión.
Nadie habló.
Desde el patio llegaban las voces de las alumnas que regresaban a las aulas. El sonido lejano de un silbato. Unas risas dispersas. La vida continuaba al otro lado de la ventana con una normalidad que hacía aquella conversación aún más irreal.
Naia permanecía inmóvil.
Sentía que la mujer que tenía delante era, al mismo tiempo, dos personas distintas.
La madre que la había criado.
Y la mujer que había decidido la muerte de Claudia.
No sabía cuál de las dos le dolía más.
Flor bajó la mirada.
—No espero que me perdones.
Guardó silencio un instante.
—Solo necesitaba que conocieras la verdad antes de que otros te la contaran por mí.
Naia respiró despacio.
—La verdad no cambia lo que hiciste.
—No.
Flor asintió levemente.
—Pero quizá cambié lo que piensas sobre por qué lo hice. Naia negó con la cabeza.
—No existe ninguna razón que justifique matar a una persona. Flor no respondió.
Volvió la vista hacia el patio.
Varias niñas cruzaban los jardines con libros bajo el brazo. Una de ellas tropezó y otra se apresuró a ayudarla.
Flor sonrió con tristeza.
—Ellas son la razón.
Naia siguió la dirección de su mirada.
—No las utilices.
La sonrisa desapareció del rostro de Flor.
—Nunca las utilicé.
Hizo una pausa.
—Las protegí.
Flor volvió a mirar a las niñas que cruzaban el patio.
Durante unos segundos pareció olvidarse de Naia.
Como si estuviera hablando consigo misma.
—¿Sabes cuántas veces vi llegar a una niña convencida de que no valía nada?
Su voz se volvió más baja.
—Niñas que pedían permiso para hablar.
Niñas que se disculpaban por todo.
Niñas que habían aprendido demasiado pronto que el mundo podía hacer con ellas lo que quisiera.
Naia permaneció en silencio.
—Yo también fui una de ellas.
Flor bajó lentamente la cabeza.
—Nadie me preguntó qué quería.
Nadie me preguntó si estaba preparada.
Nadie me preguntó si estaba de acuerdo.
Respiró profundamente.
—Otros decidieron por mí.
La habitación quedó inmóvil.
—Por eso construí todo esto.
Señaló el colegio.
—Para que ninguna volviera a sentirse así.
—Y terminaste haciendo exactamente lo mismo que ellos —respondió Naia.
Flor cerró los ojos un instante.
Aquellas palabras parecieron alcanzarla de una forma que ninguna acusación anterior había conseguido.
—Quizá.
La respuesta llegó casi en un susurro.
—Pero tardé demasiado tiempo en darme cuenta.
El silencio volvió a caer entre ambas.
Entonces...
La puerta se abrió.
Ninguna de las dos la había oído.
Una mujer permanecía de pie en el umbral.
El cabello oscuro comenzaba a entremezclarse con pequeñas hebras plateadas.
Vestía de negro.
Las manos descansaban relajadas a ambos lados del cuerpo. No parecía una mujer que acabara de llegar.
Parecía una mujer que hubiera esperado aquel instante durante toda una vida.
Naia sintió que el corazón se detenía.
—Amaru...
Ella no respondió.
Sus ojos permanecían fijos en Flor.
La observaban con la serenidad de quien, después de un viaje interminable, por fin ha llegado a destino.
No había odio en su mirada.
Ni rencor.
Solo cansancio.
Flor comprendió inmediatamente quién era.
No necesitó que nadie pronunciara su nombre.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Así que al final existías.
Flor la observó durante largos segundos.
No parecía sorprendida.
Parecía estar comparando una imagen imaginada durante años con la mujer real que tenía delante.
—Te imaginé muchas veces.
Amaru no respondió.
—Más joven.
Más impulsiva.
Más enfadada.
Una leve sonrisa apareció en los labios de la recién llegada. —Y te equivocaste en todo.
—Sí.
Flor asintió lentamente.
—En todo.
Amaru dio un paso al interior del despacho.
La puerta quedó abierta a su espalda.
—Siempre existí.
Sus ojos no se apartaron de los de Flor.
—Tú eras la única que no lo sabía.
Las dos mujeres permanecieron mirándose en silencio.
Naia comprendió que aquella conversación había comenzado muchos años antes de que ella naciera.
Ella solo estaba asistiendo a su último capítulo.
Flor inclinó ligeramente la cabeza.
—Has tardado mucho.
—Veinte años.
—Demasiado tiempo.
Amaru negó despacio.
—El tiempo suficiente para conocerte.
La sonrisa desapareció del rostro de Flor.
Amaru avanzó un paso más.
—Conozco este colegio desde hace diez años.
Conozco a sus profesoras.
Conozco los nombres de las directoras que estuvieron aquí antes que tu hermana.
Conozco las reformas que hiciste en los dormitorios.
Sé cuándo llegaron las doce niñas.
Sé cuándo se marchó cada una de ellas.
Y sé cuántas noches Naia lloró preguntándose por una madre a la que ni siquiera podía recordar.
Flor permaneció inmóvil.
Por primera vez no parecía tener una respuesta preparada. Amaru continuó hablando con la misma calma.
—También sé cuándo Claudia vino aquí por primera vez. Sé que nunca consiguió entender quién eras realmente.
Y sé que murió intentándolo.
El despacho quedó en silencio.
Naia miró a Flor.
La seguridad que siempre había visto en ella se había resquebrajado. Solo por un instante.
Pero estaba allí.
—Me vigilabas.
Amaru negó lentamente.
—No.
Su voz no transmitía enfado.
Solo una certeza tranquila.
—Vigilaba a mis hijas.
Hizo una pausa.
—Tú simplemente estabas siempre cerca de ellas.
Flor bajó la vista.
Cuando volvió a levantarla, sus ojos parecían más cansados. —Y aun así nunca intentaste recuperarlas.
Amaru respiró hondo.
—Porque ellas tenían derecho a decidir quién querían ser. Sus ojos se endurecieron apenas un instante.
—No eran una propiedad.
Ni tuya...
ni mía.
Aquellas palabras hicieron que Naia cerrara los ojos.
Era la primera vez que escuchaba a alguien hablar de ella sin intentar decidir por ella.
Flor volvió a mirar por la ventana.
Las niñas seguían caminando por el patio.
Ajenas a todo.
—Yo hice lo que tú nunca fuiste capaz de hacer.
Se volvió hacia Amaru.
—Las salvé.
Amaru sostuvo su mirada.
—No.
La respuesta llegó sin rabia.
Sin alzar la voz.
—Las educaste.
Y eso siempre te lo agradeceré.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero después cometiste el mismo error que los hombres que destruyeron nuestras vidas.
Flor frunció el ceño.
—¿Qué error?
Amaru dio el último paso.
Las dos quedaron frente a frente.
—Creer que tenías derecho a decidir por los demás.
La frase quedó suspendida en el despacho.
Ninguna de las dos apartó la mirada.
Fuera, las voces de las alumnas seguían llegando desde el patio. Dentro, algo había cambiado para siempre.
Naia comprendió que aquel era el verdadero enfrentamiento. No se trataba de una investigación.
Ni de corrupción.
Ni siquiera de un asesinato.
Era el choque entre dos mujeres que habían dedicado la vida a proteger a otras personas y que habían llegado a conclusiones completamente distintas sobre cómo hacerlo.
Y supo, con una certeza imposible de explicar, que ninguna de las tres saldría de aquella habitación siendo la misma mujer que había entrado.