Capítulo 48 #2
En otra sonaba un piano.
Varias profesoras cruzaban los pasillos saludando con absoluta normalidad.
Todo respiraba calma.
Todo parecía auténtico.
Y precisamente por eso resultaba inquietante.
Naia había imaginado un lugar construido sobre mentiras. Lo que tenía delante era un colegio lleno de niñas que estudiaban, jugaban y soñaban con su futuro.
Llegaron finalmente a una puerta de madera oscura.
Maite apoyó la mano sobre el pomo, pero no llegó a abrir. Miró a Naia con una mezcla de preocupación y cariño.
—Solo voy a pedirte una cosa.
Naia esperó.
—Escúchala hasta el final.
Hizo una pausa.
—No porque tenga razón.
Sino porque quizá sea la última vez que puedas hacerlo. Naia sostuvo su mirada durante unos segundos. Después asintió.
Maite abrió la puerta.
—Pasa.
Flor la esperaba junto a la ventana.
El despacho era amplio y luminoso.
Una biblioteca ocupaba toda una pared. Frente a la ventana descansaba una mesa de madera cubierta de libros, expedientes académicos y fotografías de antiguas promociones de alumnas.
Flor permanecía de pie.
Mirando el patio.
No se volvió inmediatamente.
Varias niñas corrían entre los árboles mientras una profesora las llamaba para regresar a clase.
Sonrió al verlas.
Solo entonces giró la cabeza.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
Había demasiados años entre ellas.
Demasiadas verdades.
Demasiadas mentiras.
—Sabía que vendrías.
Naia permaneció inmóvil.
—No he venido por ti.
Flor asintió.
—Lo sé.
Su sonrisa fue apenas un gesto.
—Has venido por las respuestas.
Hizo una pausa.
—Y quizá también para despedirte.
Naia no respondió.
No sabía si la mujer que tenía delante seguía siendo su madre o una completa desconocida.
Flor señaló una silla.
—Siéntate.
Como tantas otras veces.
Naia obedeció casi por instinto.
Y eso la desconcertó más que cualquier otra cosa.
Todavía reaccionaba como la niña que había crecido a su lado. Flor tomó asiento frente a ella.
La observó durante unos segundos.
—Estás enfadada conmigo.
—¿Te sorprende?
—No.
Flor bajó la mirada.
—Me entristece.
Nada más.
Naia apoyó las manos sobre las piernas.
—¿Por qué me has hecho venir?
Flor tardó unos instantes en responder.
—Porque todo el mundo lleva semanas hablando de mí.
Los jueces.
La policía.
Los periódicos.
Los políticos.
Levantó la vista.
—Todos creen saber quién soy.
Guardó silencio un momento.
—Y pensé que tú merecías escuchar mi historia antes de decidir si quieres seguir odiándome.
Naia sostuvo su mirada.
—No necesito escuchar tu historia para saber que Claudia está muerta. Por primera vez, la expresión de Flor cambió.
Bajó los ojos.
No respondió de inmediato.
Cuando volvió a hablar, su voz sonó más cansada.
Más humana.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
—Y no pasa un solo día sin que piense en ello.
Naia sintió un nudo en el estómago.
Aquella respuesta era más difícil de soportar que una mentira. —¿La mandaste matar?
Flor cerró los ojos un instante.
Después negó muy despacio.
—No fue tan sencillo.
—Respóndeme.
¿Sí o no?
El silencio volvió a llenar el despacho.
Fuera seguían oyéndose las risas de las alumnas.
Finalmente, Flor levantó la mirada.
—Tomé una decisión.
Naia sintió que el pecho se le contraía.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque ninguna respuesta cambiará lo ocurrido.
Se miraron durante largos segundos.
Flor respiró profundamente.
—Hay algo que debes saber.
Cuando decidí apartar a Claudia...
...no sabía quién era realmente.
Naia frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Sabía que investigaba al ministro.
Sabía que estaba poniendo en peligro todo lo que habíamos construido. Sabía que intentaba encontrarte.
Lo dijo con dificultad.
—Pero no sabía que era tu hermana.
Naia se puso en pie de golpe.
—¡Eso es mentira!
—Ojalá lo fuera.
Flor no elevó la voz.
No intentó convencerla.
—Lo descubrí demasiado tarde.
—¿Cuándo?
Flor permaneció unos segundos en silencio.
—Cuando Rosa me llamó.
Naia quedó inmóvil.
—¿Rosa?
Flor asintió.
—Me dijo que tú y una inspectora habíais estado en su casa preguntando por Claudia.
Eso me sorprendió.
No entendía qué relación podías tener con aquella periodista. Hizo una pausa.
—Después me contó algo más.
Naia permaneció en silencio.
—Me dijo que, cuando os marchasteis, apareció otra mujer. Quería hacer exactamente las mismas preguntas.
Preguntó por Claudia.
Preguntó por ti.
Y quiso saber qué habíais descubierto.
Naia no apartó la mirada.
—Rosa intentó describírmela.
Dijo que era una mujer de pocas palabras.
Que observaba más de lo que hablaba.
Y antes de colgar me dijo algo que no he podido olvidar.
Flor bajó lentamente la cabeza.
—"Tenía los mismos ojos que Claudia...
...y los mismos ojos que Naia."
El despacho quedó en silencio.
—Fue entonces cuando comprendí dos cosas.
La primera...
...que Claudia y tú estabais unidas por algo mucho más profundo de lo que había imaginado.
Levantó despacio la vista.
—Y la segunda...
Su voz se volvió más grave.
—Que existía una mujer de la que yo no sabía absolutamente nada. Una mujer que llevaba demasiado tiempo siguiendo vuestros pasos. Naia sintió un escalofrío.
Y, sin saber por qué, pensó inmediatamente en Amaru.