Capítulo 48
La llamada llegó poco después de las nueve de la mañana. Naia acababa de salir de la ducha cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa del salón.
Número oculto.
Durante las últimas semanas había aprendido a desconfiar de cualquier llamada desconocida. Periodistas, curiosos, personas que buscaban una declaración o simplemente satisfacer su morbo.
Estuvo a punto de dejar que sonara.
Pero algo la hizo responder.
—¿Sí?
Al otro lado solo se escuchó una respiración tranquila.
Después, una voz que habría reconocido entre mil.
—Hola, cariño.
Naia sintió que el corazón se detenía durante un instante.
No fue capaz de responder.
Había descubierto que aquella mujer había tejido durante años una enorme red de influencias alrededor de doce niñas rescatadas de Colombia.
Sabía que la policía la buscaba. Sabía que detrás de aquella apariencia de madre ejemplar se escondían secretos que alcanzaban a ministros, empresarios y jueces.
Y, aun así, seguía sin comprender dónde terminaba la mujer que la había querido como a una hija y dónde empezaba la persona que todos perseguían.
Sin embargo, aquel "cariño" sonaba exactamente igual que cuando tenía diez años.
La misma ternura.
La misma calma.
Como si nada hubiera cambiado.
—Necesito verte.
Naia cerró los ojos.
—¿Dónde estás?
Hubo una breve pausa.
—En Andorra.
No hizo falta añadir nada más.
El internado.
Aquel lugar del que apenas había oído hablar unos días antes y que ahora aparecía una y otra vez en los informes de la investigación. —¿Por qué quieres que vaya?
—Porque necesito despedirme.
Aquellas palabras no sonaron a amenaza.
Ni a una huida.
Sonaron exactamente a lo que eran.
Una despedida.
—No puedo ayudarte, Flor.
—No te he llamado para que me ayudes.
El silencio se instaló unos segundos entre ambas.
—Solo quiero que escuches mi versión.
Naia apoyó una mano sobre la encimera de la cocina.
—No existe ninguna versión capaz de borrar todo esto. —No pretendo borrarlo.
La voz de Flor seguía siendo tranquila.
Serena.
—Solo quiero que, cuando todo termine, puedas juzgarme sabiendo quién fui realmente.
Naia no respondió.
Flor continuó:
—Ven sola.
Naia negó despacio, aunque sabía que ella no podía verla. —No.
Una leve sonrisa pareció cruzar la línea.
Naia pudo imaginarla perfectamente.
—Sabía que dirías eso.
Hizo una pausa.
—La policía vendrá contigo. También lo sé.
La comunicación se cortó.
Sin despedidas.
Sin explicaciones.
Naia permaneció inmóvil varios segundos.
Con el teléfono todavía junto al oído.
Como si esperara escuchar aquella voz una vez más.
Pero el silencio ya era definitivo.
Flor dejó el teléfono sobre la mesa.
Permaneció quieta durante unos instantes.
Sabía que Naia acudiría.
No porque confiara en ella.
Sino porque necesitaba respuestas.
Durante más de veinte años había preparado a doce mujeres para enfrentarse al mundo.
Y, sin embargo, la única mirada capaz de hacerla dudar seguía siendo la de su hija.
Respiró hondo.
Por primera vez desde que comenzó todo, sintió miedo.
No de la policía.
No de los jueces.
Ni siquiera de la cárcel.
Temía que, cuando aquella conversación terminara, Naia dejara de llamarla madre para siempre.
Menos de media hora después, Tanit llegó al piso.
Encontró a Naia sentada frente a la mesa del comedor, con la mirada perdida.
No hizo falta preguntar.
Comprendió al instante que algo había ocurrido.
—Ha llamado.
Naia levantó la vista.
—Era ella.
Tanit dejó despacio la carpeta que llevaba bajo el brazo. —¿Qué quería?
—Que vaya a verla.
—¿Dónde?
—En el internado.
En Andorra.
La inspectora guardó silencio unos segundos.
Después negó con firmeza.
—No vas a ir.
Naia sostuvo su mirada.
—Sí voy.
—Es una locura.
—Lo sé.
—Puede ser una trampa.
Naia respiró despacio.
—Si hubiera querido hacerme daño, habría tenido toda la vida para hacerlo.
Bajó la mirada.
Cuando volvió a hablar, su voz apenas era un susurro.
—Yo nunca fui una niña más para ella.
Levantó lentamente la cabeza.
—Siempre fui su luz.
Tanit no encontró argumentos.
Porque, por mucho que le costara admitirlo, sabía que era cierto. Flor había protegido a Naia durante toda su vida.
A su manera.
Una manera llena de secretos.
De silencios.
Y quizá también de errores irreparables.
Pero nunca había dejado de quererla.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Naia se acercó a la ventana.
Barcelona seguía igual.
Los coches recorrían las avenidas.
La gente hablaba en las terrazas.
Los niños jugaban en la plaza.
El mundo continuaba avanzando.
Solo el suyo parecía haberse detenido.
—Necesito hacerlo, Tanit.
La inspectora se acercó a ella.
—¿Por qué?
Naia tardó varios segundos en responder.
—Porque llevo toda mi vida intentando descubrir quién soy. Primero apareció Claudia.
Después Amaru.
Ahora Flor.
Se volvió hacia ella.
—Cada una me ha querido de una forma distinta.
Cada una creyó estar haciendo lo correcto.
Apoyó la frente contra el cristal.
—Y necesito escucharla antes de que todo termine.
Tanit dio un paso más.
Le acarició suavemente la mejilla.
Después apoyó su frente contra la de ella.
—No voy a dejar que vayas sola.
Por primera vez desde la llamada, Naia sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
Pero sincera.
—Lo sabía.
El viaje hasta Andorra transcurrió casi en silencio.
Tanit conducía con la vista fija en la carretera mientras las montañas parecían cerrarse lentamente a su alrededor. Naia permanecía apoyada contra la ventanilla, observando sin ver el paisaje que desfilaba ante sus ojos.
Bosques de pinos.
Pequeños pueblos de piedra.
Carreteras que serpenteaban entre valles cubiertos por la niebla. Todo parecía pertenecer a otro mundo.
Ninguna de las dos necesitaba hablar.
Las dos sabían que aquel viaje podía cambiarlo todo.
A varios kilómetros de distancia, tres vehículos sin distintivos de la Guardia Civil avanzaban por la misma carretera, manteniendo una prudente separación.
Tanit había sido muy clara antes de salir de Barcelona.
Nadie intervendría sin su autorización.
Si Flor había aceptado reunirse con Naia era porque quería decir algo. Y ella necesitaba escucharla antes de que la investigación diera su último paso.
Cuando dejaron atrás el último puerto de montaña apareció el internado.
Naia contuvo la respiración.
Era mucho más grande de lo que había imaginado.
Un antiguo monasterio de piedra restaurado con una elegancia austera, rodeado de jardines impecables y bosques interminables.
Junto al edificio principal se extendían varias instalaciones deportivas. Un poco más allá, una pequeña capilla de tejado oscuro dominaba el valle.
Decenas de alumnas uniformadas caminaban tranquilamente entre los distintos edificios.
Unas salían de clase.
Otras estudiaban sentadas sobre el césped.
Algunas reían mientras una profesora intentaba poner orden entre ellas. Nada hacía pensar que aquel lugar estuviera relacionado con asesinatos, corrupción o adopciones bajo investigación policial.
—Es precioso... —murmuró Naia, casi sin darse cuenta.
Tanit observó el recinto unos segundos antes de apagar el motor. —Eso también forma parte del problema.
Naia giró la cabeza hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
La inspectora apoyó ambas manos sobre el volante.
—Que el mal casi nunca tiene el aspecto que esperamos. Abrió la puerta y bajó del coche.
—Si este lugar estuviera en ruinas, sería muy fácil juzgarlo. Miró de nuevo el colegio.
—Pero lo único que veo son niñas estudiando.
Hizo una pausa.
—Y eso lo vuelve todo mucho más complicado.
Durante unos instantes contemplaron el recinto en silencio. Después, Tanit rodeó el vehículo y sostuvo suavemente el brazo de Naia.
—Escúchame bien.
Su tono se volvió más serio.
—Si en algún momento notas algo extraño, sales inmediatamente. Naia asintió.
—No intentes convencerla.
No intentes protegerla.
Y, sobre todo, no permitas que cargue sobre tus hombros decisiones que solo le pertenecen a ella.
Naia esbozó una sonrisa triste.
—No he venido para salvarla.
Miró el internado.
—He venido para entender quién ha sido realmente durante todos estos años.
Tanit la observó durante unos segundos.
Finalmente asintió.
—Entraré cinco minutos después.
Quiero que primero pueda hablar contigo.
Naia respiró hondo.
Aquel edificio había formado parte de su vida mucho antes de que supiera que existía.
Y, sin embargo, tenía la sensación de estar entrando en la historia de otra persona.
Atravesó lentamente el vestíbulo.
El interior conservaba el olor a madera encerada y libros antiguos. La luz se filtraba por los grandes ventanales, iluminando unos pasillos impecables donde apenas resonaban las voces lejanas de las alumnas. Entonces vio a Maite.
La esperaba junto a la escalera principal.
El cabello completamente blanco.
Las manos entrelazadas frente al cuerpo.
La misma serenidad que Naia recordaba desde niña.
La había visto pocas veces a lo largo de los años.
Alguna Navidad.
Alguna visita al internado.
Alguna celebración familiar.
Siempre había estado allí.
Siempre discreta.
Siempre en segundo plano.
Maite sonrió.
Era una sonrisa cargada de afecto.
Y de tristeza.
—Hola, Naia.
—Hola, tía Maite.
Se acercó y la besó en la mejilla.
Durante un instante ninguna supo qué decir.
Fue Maite quien rompió el silencio.
—Tu madre te está esperando.
Naia bajó lentamente la mirada.
Aquella palabra ya no señalaba a una única persona.
Pensó en la mujer que la había traído al mundo.
Pensó en la mujer que la había criado.
Y comprendió que ninguna podía ocupar el lugar de la otra. —Ven.
Comenzaron a recorrer un largo pasillo cubierto de fotografías. Promociones de alumnas.
Actos académicos.
Entrega de premios.
Reconoció varios rostros.
Una jueza.
Una comandante de la Guardia Civil.
Una periodista.
Dos alcaldesas.
Profesoras universitarias.
Médicas.
Empresarias.
Mujeres que aparecían con frecuencia en los periódicos y en los informativos.
Todas sonreían bajo el escudo del colegio.
Naia se detuvo.
—¿Todas estudiaron aquí?
Maite siguió caminando.
—Sí.
Guardó silencio un instante antes de añadir:
—Flor solía decir que una niña bien educada podía cambiar el mundo. Continuaron avanzando.
Desde algunas aulas llegaban risas infantiles.