Las Marcadas Capítulo 47
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Capítulo 47

La puerta del despacho se cerró lentamente.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

A través de la ventana llegaba, amortiguado, el murmullo de las alumnas en el patio. Unas jugaban. Otras repasaban apuntes antes de regresar a clase. La vida seguía exactamente igual que cualquier otro día. Maite permanecía junto a la ventana.

Flor continuó observando el colegio.

—Vendrán.

No era una pregunta.

Maite asintió despacio.

—Sí.

El silencio volvió a instalarse entre ellas.

—¿Y esta vez?

Flor esbozó una leve sonrisa.

Serena.

Cansada.

—Esta vez no pienso marcharme.

Su hermana bajó la mirada.

Habían pasado demasiados años guardándose las conversaciones difíciles. No porque les faltara confianza.

Simplemente, nunca había sido necesario poner ciertas cosas en palabras.

Hasta aquel día.

—Han detenido a Josep.

—Lo sé.

—Y después vendrán a por ti.

—También lo sé.

Maite respiró hondo.

—Todavía podrías irte.

Flor negó con calma.

—He pasado demasiados años adelantándome a todos.

Hizo una breve pausa.

—Si vuelvo a hacerlo, esto no terminará nunca.

Se acercó al escritorio y depositó sobre él una carpeta de piel cuidadosamente cerrada.

Maite la observó sin tocarla.

—¿Qué es?

—Todo lo necesario para que el colegio siga funcionando. La directora frunció el ceño.

—No te entiendo.

—Las cuentas. Los convenios. Las becas. Las auditorías. Los permisos. Bajó la vista hacia la carpeta.

—Está todo ahí.

Maite no se movió.

—No pienso sustituirte.

Flor levantó la mirada.

Por un instante apareció en su rostro una ternura que muy pocas personas habían llegado a conocer.

—Nunca fue mi sitio.

Su hermana la observó con sorpresa.

—¿Cómo qué no?

—Yo solo lo cuidé durante un tiempo.

La frase quedó suspendida entre ambas.

—Ahora te corresponde a ti.

Maite negó lentamente con la cabeza.

—No sabría hacerlo.

—Claro que sí.

—No como tú.

Flor soltó una pequeña sonrisa.

Triste.

Casi melancólica.

—Y espero que nunca tengas que hacerlo como yo.

Aquellas palabras hicieron que Maite alzara la vista.

Por primera vez creyó ver algo que jamás había visto en su hermana. No miedo, ni arrepentimiento, cansancio, un cansancio profundo. De los que se acumulan durante años.

Flor volvió a acercarse a la ventana.

Las alumnas seguían cruzando el patio con la despreocupación de quienes todavía creen que el mundo es un lugar seguro. —¿Crees que intentarán cerrar el colegio? —preguntó Maite. —Lo revisarán todo.

—¿Y?

—No encontrarán nada.

Lo dijo sin orgullo.

Sin desafío.

Como quien simplemente constata un hecho.

—Las subvenciones son legales. Las cuentas cuadran. Las contrataciones están justificadas. Las becas también.

Guardó silencio un instante.

—Cada euro está donde debe estar.

Maite asintió, aunque no pareció tranquilizarse.

—Nunca construí una organización.

Sus palabras quedaron suspendidas en el despacho.

—Construí una institución.

El viento agitó suavemente las ramas de los abetos que rodeaban el edificio.

Flor observó a un grupo de niñas que caminaba hacia la biblioteca. Algunas apenas tendrían doce años.

Otras estaban a punto de terminar el bachillerato.

Todas compartían la misma mezcla de ilusión e incertidumbre con la que comienza cualquier futuro.

—Seguirán llegando niñas.

—Sí.

—Algunas lo habrán perdido todo.

Maite asintió.

—Como aquellas doce.

Flor negó despacio.

Sus ojos continuaban fijos en el patio.

—No.

Hizo una pausa.

—Como todas.

Las dos permanecieron largo rato observando el colegio.

Aquel lugar ya no pertenecía a ninguna de ellas.

Pertenecía a las generaciones que todavía estaban por llegar. Finalmente, Flor habló casi en un susurro.

—Prométeme una cosa.

Maite volvió la cabeza.

—Lo que quieras.

Flor tardó unos segundos en responder.

—Prométeme que nunca amarás tanto esta obra como para olvidar a las personas.

Maite sintió un nudo en la garganta.

Comprendió de inmediato que su hermana no estaba hablando del colegio.

Estaba hablando de sí misma.

De todo lo que había hecho.

De todas las decisiones que había tomado convencida de que perseguía un bien mayor.

De todas las líneas que había cruzado creyendo que eran necesarias. Se acercó despacio y tomó sus manos.

—Te lo prometo.

Flor cerró los ojos un instante.

Y, por primera vez en muchos años, sintió que podía marcharse en paz. Fuera, una campana anunció el final del recreo.

Las alumnas comenzaron a regresar a las aulas entre risas, conversaciones y carreras de última hora.

La vida seguía adelante.

Y mientras las observaba desaparecer por los pasillos, Flor comprendió que aquello era exactamente lo que siempre había querido proteger.