Las Marcadas Capítulo 46
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Capítulo 46

La investigación había cambiado de dirección demasiadas veces desde que todo comenzó.

Primero fue un asesinato.

Después, una trama de corrupción.

Más tarde aparecieron las niñas, las subvenciones, las adopciones y una mujer que parecía haber dedicado veinte años a construir una obra tan silenciosa como extraordinaria.

Sin embargo, para Tanit el objetivo nunca había cambiado. Descubrir quién había ordenado matar a Claudia.

Todo lo demás seguiría su curso en manos de Anticorrupción. Aquella muerte era su responsabilidad.

Y era la promesa que le había hecho a Naia.

La sala de investigación permanecía en un silencio casi absoluto cuando Axel cruzó la puerta sosteniendo una carpeta y una pequeña bolsa de pruebas transparente.

Su expresión bastó para que todos dejaran lo que estaban haciendo. —Creo que por fin tenemos algo.

Tanit levantó la vista.

—¿Qué habéis encontrado?

Axel dejó la carpeta sobre la mesa y alzó la bolsa.

En su interior había un teléfono móvil antiguo, pequeño y sin apenas marcas de uso.

Parecía un aparato corriente.

Casi inservible.

—Lo encontraron entre los efectos personales del ministro. Nadie le prestó atención durante el registro.

Pensaron que era un teléfono viejo.

Sin tarjeta.

Sin contactos.

Sin mensajes.

Sin llamadas.

El teniente frunció el ceño.

—¿Y entonces?

Axel dejó escapar una leve sonrisa.

—Los compañeros de informática han conseguido recuperar parte de la memoria interna.

El silencio fue inmediato.

Tanit cogió el informe.

Las primeras páginas resultaban decepcionantes.

Meses enteros sin actividad.

Años completos con apenas unos pocos registros.

Después aparecieron los primeros fragmentos recuperados. No eran conversaciones.

Solo mensajes muy breves.

Escuetos.

Casi telegráficos.

"Aprobado."

"Retrasa la inspección."

"Necesito seis plazas más."

"Concedidas."

"El colegio."

"Hecho."

"Las becas."

"Autorizadas."

Ninguno demostraba por sí solo la existencia de un delito. Pero, leídos en conjunto, dibujaban una relación que se remontaba muchos años atrás.

Una comunicación constante.

Discreta.

Invisible.

El teniente pasó lentamente las páginas.

—No hay nombres.

—No hacían falta —respondió Axel—. El teléfono solo se comunicaba con un único número.

—¿Hemos identificado al titular?

Axel negó con la cabeza.

—La línea estaba contratada con documentación falsa. Pero el patrón es evidente.

Señaló el informe.

—Siempre aparece el mismo interlocutor. Siempre.

Tanit siguió leyendo.

Cada mensaje parecía insignificante.

Sin embargo, observados en conjunto, contaban una historia muy diferente.

No eran dos personas colaborando.

Era alguien dando instrucciones.

Y otra obedeciéndolas.

Durante años habían creído que el ministro dirigía aquella parte de la organización.

Ahora empezaban a comprender que quizá nunca había sido así. Axel abrió la última carpeta.

—Hay algo más.

Los presentes levantaron la vista.

—Los técnicos han recuperado parte de los mensajes eliminados durante la semana del asesinato de Claudia.

La sala quedó en silencio.

Tanit pasó la página.

Primer mensaje.

"Hay un problema."

Minutos después:

"Está escribiendo un libro."

Otro más:

"Conoce demasiado."

Luego...

Casi una hora de silencio.

Y, finalmente, los dos últimos mensajes.

"Si publica, todo habrá terminado."

La respuesta llegó apenas un minuto después.

"Adelante."

Nadie habló.

Ni una sola palabra.

Tanit sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

No hacía falta leer nada más.

El ministro nunca escribió la palabra "matar".

Nunca habló de sicarios.

Nunca mencionó a Claudia.

Pero todos comprendieron el significado de aquella conversación. Fue Axel quien rompió el silencio.

—Tres horas después de ese último mensaje, los colombianos recibieron una nueva orden.

El teniente levantó lentamente la cabeza.

—¿La de eliminarla?

Axel asintió.

—Al principio querían secuestrarla. Eso ya lo sabíamos por la investigación.

Hizo una pausa.

—Pero después alguien cambió la decisión.

Tanit volvió a mirar el informe.

"Adelante."

Una sola palabra.

Nada más.

Y, aun así, bastaba.

Durante unos segundos nadie habló.

Axel continuó.

—Hay otro detalle.

Señaló varios documentos.

—Los mensajes anteriores demuestran que esa persona llevaba más de veinte años influyendo en decisiones del ministro.

Subvenciones.

Nombramientos.

Inspecciones.

El colegio.

Las becas.

Todo aparece repartido en pequeñas conversaciones que, por separado, parecen irrelevantes.

Levantó la vista.

—Pero juntas cuentan una historia muy distinta.

—¿Cuál? —preguntó el teniente.

—La historia de un hombre que nunca tomaba las decisiones importantes sin consultar antes.

Tanit dejó lentamente el informe sobre la mesa.

Durante semanas habían perseguido al ministro convencidos de que era la cabeza visible de aquella estructura.

Ahora comprendía que solo había sido otra pieza.

Una pieza poderosa, influyente.

Pero una pieza, al fin y al cabo.

Se acercó despacio al panel de investigación.

Las fotografías seguían ocupando el mismo lugar.

Claudia, Amaru, Naia, Flor.

Cogió un rotulador.

Sin decir una palabra trazó una línea que unía la fotografía del ministro con la de Flor.

Después escribió una sola palabra sobre ella.

AUTORIZACIÓN

Axel la observó unos segundos.

—¿Crees que fue ella?

Tanit tardó en responder.

Recordó el internado y las doce mujeres.

La serenidad con la que Flor hablaba de protegerlas.

Y comprendió algo que hasta entonces se le había escapado. Flor jamás habría organizado un asesinato.

Ni habría hablado con sicarios.

Ni habría entregado dinero, eso era propio de otras personas. Ella hacía algo diferente, tomaba decisiones y dejaba que otros cargaran con las consecuencias.

—No necesitaba ensuciarse las manos.

Su voz fue apenas un susurro.

—Solo tenía que decir que sí.

El despacho volvió a sumirse en el silencio.

Axel cerró despacio la carpeta.

—Anticorrupción confirma nuevas detenciones.

Montalbán declarará mañana.

La mayoría ya está colaborando.

Tanit asintió sin apartar la vista del panel.

Aquella parte de la historia seguiría avanzando.

Pero la suya acababa de cambiar para siempre.

Cogió la fotografía de Claudia y la sostuvo unos segundos entre las manos.

—Ya sé por qué la mataron.

Nadie respondió.

—Porque dejó de seguir el dinero.

Levantó lentamente la vista.

—Y empezó a seguir a la única persona a la que nadie se atrevía a investigar.

El silencio volvió a llenar la sala.

Fuera comenzaba a anochecer sobre Barcelona.

Dentro, por primera vez desde que apareció el cuerpo de Claudia, Tanit creyó comprender la verdadera dimensión de la mujer a la que perseguían.

No era la dueña de una organización criminal.

Ni la jefa de una trama de corrupción.

Era algo mucho más difícil de combatir.

Una idea.

Y la persona que llevaba veinte años consiguiendo que otros hicieran por ella aquello que jamás estaba dispuesta a hacer con sus propias manos.