Capítulo 43
La lluvia había cesado sobre Barcelona, pero el cielo seguía cubierto por una capa uniforme de nubes grises que apenas dejaba pasar la luz.
El edificio de Homicidios parecía respirar más despacio que en los días anteriores.
Los pasillos, hasta hacía unas horas abarrotados de agentes de Anticorrupción, fiscales y miembros de la UCO, comenzaban a vaciarse.
Las cajas con documentación económica desaparecían una tras otra rumbo a otras dependencias, donde continuarían una investigación que ya había adquirido vida propia.
Por primera vez en semanas, el despacho de Tanit recuperaba el silencio.
Sobre la mesa solo permanecían las doce carpetas.
Nada más.
Había retirado contratos públicos, informes bancarios, sociedades pantalla y declaraciones de empresarios. Todo aquello seguía siendo importante, pero ya no le pertenecía.
Su caso siempre había sido otro.
Claudia.
El teniente entró con dos cafés recién hechos y dejó uno junto a ella. —Parece extraño, ¿verdad?
Tanit levantó la vista.
—¿El qué?
—Hace una semana este despacho parecía el centro del país. Ahora da la sensación de que todo ha terminado.
Ella esbozó una leve sonrisa.
—No. Lo que ha terminado es el trabajo de otros.
El teniente observó las doce carpetas perfectamente alineadas. —Y nosotros volvemos al principio.
—No exactamente.
Tanit negó despacio.
—Volvemos al asesinato.
Se hizo un breve silencio.
El teniente abrió una de las carpetas.
Fotografía.
Nombre de nacimiento.
Nombre adoptivo.
Expediente académico.
Becas.
Universidad.
Trayectoria profesional.
Todo impecable.
La cerró lentamente.
—Cuesta creer que una historia tan grande empezara con doce niñas. —No empezó con ellas.
El teniente frunció el ceño.
—¿No?
—Empezó con Flor.
La afirmación quedó suspendida entre ambos.
Hasta hacía muy poco, todos habían visto a Flor como la esposa del prestigioso doctor Josep Montalbán. Una mujer discreta, dedicada a proyectos sociales, conocida por su trabajo con menores y por dirigir varias fundaciones benéficas.
Ahora la veían de otra manera.
No como una pieza más del tablero.
Sino como quien lo había diseñado.
—Llevo toda la noche intentando comprenderla —dijo Tanit mientras abría uno de los expedientes—. Y creo que cometimos un error desde el principio.
—¿Cuál?
—Pensar que buscaba poder.
El teniente guardó silencio.
—Nunca fue eso.
Tanit deslizó una fotografía de Flor inaugurando uno de sus proyectos solidarios.
Sonreía.
Como siempre.
—El poder solo era una herramienta.
—Entonces... ¿qué quería?
La inspectora tardó unos segundos en responder.
Miró una por una las doce fotografías.
Doce mujeres brillantes.
Doce vidas construidas con una paciencia casi infinita.
—Quería demostrar que podía cambiar el mundo.
El teniente soltó una sonrisa incrédula.
—Eso suena casi noble.
—Lo sería si hubiera respetado la libertad de los demás.
Cerró despacio la carpeta.
—Flor nunca aceptó que las personas pudieran decidir por sí mismas. El comentario quedó flotando en la estancia.
Todo encajaba con lo que ya conocían de su pasado.
Con quince años, nadie le preguntó qué quería hacer con su embarazo. Su padre decidió por ella.
Un médico decidió por ella.
Después la dejaron estéril para siempre.
Aquel día alguien le arrebató el derecho a elegir.
Y quizá, sin darse cuenta, pasó el resto de su vida haciendo exactamente lo mismo con los demás.
Convencida de que ella siempre sabía qué era lo mejor.
Convencida de que el fin justificaba cualquier decisión.
Tanit apoyó lentamente la espalda en la silla.
—Hay una frase que no deja de repetirse en mi cabeza.
—¿Cuál?
—"Esto no puede volver a pasar".
Miró de nuevo las fotografías.
—Creo que toda su vida gira alrededor de esas cinco palabras. Que ninguna niña vuelva a ser abandonada.
Que ningún hombre vuelva a decidir sobre el cuerpo de una mujer. Que ningún niño vuelva a crecer sin oportunidades.
Objetivos admirables.
Hasta que empezó a imponerlos.
Hasta que dejó de distinguir entre proteger y controlar.
El teniente observó las carpetas.
Ya no veía una organización.
Veía una obsesión.
Una mujer convencida de que solo ella podía impedir que el pasado se repitiera.
Y eso, pensó, podía resultar mucho más peligroso que cualquier organización criminal.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse.
Axel entró con varias fotografías en la mano.
Las dejó sobre la mesa sin decir una palabra.
Después miró el panel.
Las tres mujeres identificadas seguían allí.
La jueza.
La comandante de la Guardia Civil.
La periodista de investigación.
Tres vidas diferentes.
Tres trayectorias impecables.
Tanit se levantó.
Cogió un rotulador y rodeó lentamente la fotografía de Flor. Debajo escribió una única palabra:
PROPÓSITO.
Axel arqueó una ceja.
—¿Propósito?
—Eso era todo.
No un partido político.
No una organización criminal.
Ni una red de poder.
Un propósito.
Se volvió hacia ellos.
—Flor estaba convencida de que el mundo había fallado a esas niñas. Creía que nadie las protegería si simplemente encontraban una familia. Así que decidió preparar a algunas para que, algún día, fueran ellas quienes protegieran a los demás.
Los tres permanecieron en silencio.
De repente, todo empezaba a encajar.
El internado, las becas, la educación, los contactos, las
recomendaciones.
Nunca para fabricar delincuentes.
Nunca para comprar voluntades.
Sino para ofrecer oportunidades a mujeres capaces de llegar muy alto por su propio mérito.
Axel terminó rompiendo el silencio.
—Entonces... ¿dónde está el delito?
Tanit no respondió de inmediato.
Miró otra vez las doce carpetas.
—Puede que no esté ahí.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
Ella continuó:
—El delito empezó el día en que alguien decidió que una vida podía sacrificarse para proteger una idea.
Aquellas palabras dejaron la sala inmóvil.
Axel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Si todo eso era legal... ¿por qué buscamos a Flor?
Tanit caminó despacio hasta el expediente de Claudia.
Apoyó una mano sobre la carpeta.
—Porque Claudia está muerta.
Nadie dijo nada.
—Y alguien decidió que muriera.
Sus dedos recorrieron lentamente la portada.
—Las personas pueden equivocarse.
Pueden obsesionarse.
Incluso pueden llegar a creer que hacen el bien mientras destruyen la vida de otros.
Pero cuando ordenan matar para proteger aquello en lo que creen... ...ya no están defendiendo un ideal.
Están cometiendo un crimen.
Axel respiró hondo.
—¿Crees que Flor dio la orden?
Tanit recordó la conversación con Naia.
Recordó la serenidad con la que Flor hablaba de aquellas niñas. La ternura con la que pronunciaba el nombre de cada una. Una madre, eso era exactamente lo que era.
Una madre capaz de cualquier cosa por proteger a sus hijas. Incluso de cruzar una línea de la que ya no había regreso.
—Todavía no puedo demostrarlo.
Levantó lentamente la vista.
—Pero si Claudia descubrió quién había construido todo esto... ...empiezo a comprender por qué alguien quiso silenciarla. Durante unos segundos, solo se escuchó la lluvia golpeando los cristales.
La investigación acababa de cambiar para siempre.
Ya no perseguían una red de corrupción.
Esa batalla pertenecía a Anticorrupción.
Ellos perseguían una decisión, una sola.
La decisión de una mujer que había dedicado toda su vida a salvar niñas abandonadas y que, cuando creyó que alguien podía destruir la obra de toda una vida, quizá aceptó sacrificar a una para proteger a las otras doce.
Tanit apagó lentamente la luz del panel.
Antes de salir, volvió la vista hacia las doce fotografías.
Las doce mujeres.
Por primera vez comprendió que no estaba investigando un asesinato. Estaba investigando el instante exacto en que una buena intención, llevada hasta el extremo, deja de ser compasión para convertirse en fanatismo.