Las Marcadas Capítulo 44
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Capítulo 44

La noticia llegó poco antes de las ocho de la tarde.

El despacho de Homicidios llevaba varias horas en calma cuando el teléfono del teniente rompió el silencio.

Respondió sin apartar la vista de los informes que seguía clasificando para Anticorrupción.

Al principio, su expresión apenas cambió.

Después se incorporó lentamente en la silla.

—Entendido... Vamos para allá.

Colgó despacio.

Tanit levantó la vista del expediente que estaba revisando. —¿Qué ocurre?

—El juez acaba de firmar las órdenes de detención.

La inspectora cerró la carpeta.

—¿Montalbán?

El teniente asintió.

—Y Flor.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Era un momento esperado desde hacía días.

La investigación sobre la trama de corrupción había alcanzado el punto de no retorno. Los registros practicados en la clínica y en varias empresas vinculadas a las subvenciones habían permitido reunir pruebas suficientes para que Anticorrupción solicitara las primeras detenciones.

Tanit se puso en pie sin decir una palabra.

—Vamos.

La clínica seguía acordonada cuando llegaron.

Varias cámaras de televisión aguardaban tras el perímetro policial. Periodistas y fotógrafos se agolpaban intentando captar alguna imagen de los registros que aún continuaban en el interior.

Aquella misma mañana, Josep Montalbán seguía siendo uno de los médicos más respetados del país.

Ahora abandonaba el edificio escoltado por dos agentes de la Guardia Civil.

No opuso resistencia.

No protestó.

Ni siquiera levantó la cabeza para mirar a las cámaras.

Parecía un hombre agotado.

Como alguien que llevaba mucho tiempo esperando aquel momento. Cuando pasó junto a Tanit, alzó lentamente la mirada.

Sus ojos reflejaban cansancio.

No había rabia.

Ni resentimiento.

Solo una tristeza inmensa.

—Ha tardado más de lo que imaginaba.

La inspectora sostuvo su mirada.

—Siempre llega el momento de responder por los propios actos. Montalbán dibujó una sonrisa apenas perceptible.

—Ojalá fuera tan sencillo.

Los agentes lo condujeron hasta el vehículo oficial.

Antes de entrar, volvió la cabeza por última vez.

—¿La habéis encontrado?

La pregunta hizo que Tanit pensara.

—¿A quién?

Montalbán la observó unos segundos.

Luego bajó la mirada.

No respondió.

Subió al coche sin volver a pronunciar una sola palabra.

El vehículo arrancó mientras los periodistas se lanzaban tras él con cámaras y micrófonos.

El teniente observó cómo desaparecía al final de la calle.

—Ni una sola pregunta sobre él.

Tanit seguía mirando el coche.

—Solo le preocupa Flor.

Uno de los inspectores de Anticorrupción salió del edificio acompañado por varios agentes.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y un gesto sombrío.

Negó con la cabeza incluso antes de llegar hasta ellos.

—No está.

—¿Desde cuándo? —preguntó Tanit.

—Los empleados dicen que salió esta mañana. Comentó que tenía varias reuniones y que volvería antes de comer.

—¿Y no regresó?

—No.

—¿El teléfono?

—Apagado.

—¿Las tarjetas?

—Sin movimientos desde primera hora.

—¿Su coche?

—Sigue en el garaje.

El silencio cayó sobre el grupo.

No parecía una fuga improvisada.

Era otra cosa.

—¿Equipaje? —preguntó Tanit.

—No falta nada importante.

Ni ropa.

Ni documentación.

Ni dinero.

El inspector dudó un instante.

—Es como si hubiera salido únicamente para hacer un recado. Uno de los agentes que había participado en el registro consultó unas notas.

—Hay algo extraño.

Todos lo miraron.

—Su secretaria asegura que esta mañana estuvo trabajando con total normalidad.

—¿Normalidad? —preguntó Tanit.

—Revisó documentación, atendió varias llamadas y dejó firmados varios asuntos pendientes. Incluso confirmó reuniones para la semana que viene.

El inspector pasó una página.

—También respondió varios correos durante la madrugada. —¿Algo fuera de lo habitual?

—Nada.

Aquella era precisamente la parte que más le inquietaba.

No existía rastro de nerviosismo.

Ni prisas.

Ni movimientos extraños en cuentas bancarias.

Ni llamadas de despedida.

Ni ninguna de las señales que suelen dejar quienes saben que están a punto de desaparecer.

Era como si Flor hubiera comenzado aquel día convencida de que todo seguiría exactamente igual.

O como si hubiera decidido marcharse en algún momento posterior. Tanit intercambió una mirada con el teniente.

Cuanto más escuchaba, menos veía una fuga.

Y más le parecía una decisión.

La inspectora permaneció inmóvil unos segundos.

Después recorrió con la mirada el edificio de la clínica.

Todo seguía allí.

Su despacho.

Sus pertenencias.

Su agenda.

Las fotografías familiares.

Era como si hubiese esperado regresar al cabo de unas horas. Pero Tanit sabía que no sería así.

—No está huyendo.

El teniente la miró.

—¿Entonces?

—Está eligiendo dónde quiere que la encontremos.

Los demás intercambiaron una mirada de desconcierto.

Aquella idea sonaba absurda.

Sin embargo, cuanto más la analizaba, más sentido tenía.

Flor nunca había improvisado.

Todo lo que habían descubierto sobre ella hablaba de una mujer paciente.

Metódica.

Disciplinada.

Capaz de planificar durante años.

No desaparecería sin una razón.

Solo lo haría cuando estuviera convencida de haber terminado lo que aún tenía pendiente

Regresaron al despacho cerca de la medianoche.

Las luces de la ciudad se reflejaban en los ventanales mientras el silencio volvía a apoderarse de la sala.

El teniente dejó sobre la mesa el último informe remitido por Anticorrupción.

—Con Montalbán detenido, la investigación económica seguirá su curso.

Tanit asintió.

Ya no era asunto suyo.

Miró la pizarra.

Solo quedaban cuatro fotografías.

Claudia.

Naia.

Amaru.

Flor.

Se acercó despacio.

Tomó la fotografía de Josep Montalbán y la guardó definitivamente en una carpeta.

—Para nosotros ya no es la pieza principal.

Axel levantó la vista.

—Entonces solo queda Flor.

Tanit negó con calma.

—No.

Sus ojos se detuvieron en la imagen de Claudia.

—Solo queda Claudia.

La habitación volvió a quedar en silencio.

—Mientras no sepamos quién decidió matarla, el caso seguirá abierto. Axel observó la fotografía de la periodista.

—¿Crees que Flor sabe la respuesta?

La inspectora tardó unos segundos en contestar.

—Estoy convencida.

—¿Y si no tuvo nada que ver?

Tanit sostuvo durante unos instantes la mirada congelada de Claudia. —Entonces será la única persona capaz de decirnos quién la tuvo. Nadie añadió nada.

Porque todos comprendían que, desde aquel instante, la búsqueda había cambiado por completo.

Ya no perseguían una trama de corrupción.

Buscaban a una mujer.

A más de doscientos kilómetros de Barcelona, un vehículo avanzaba lentamente por una carretera de montaña.

La noche había caído horas atrás.

Solo los faros iluminaban el asfalto húmedo mientras los bosques desfilaban en silencio a ambos lados de la carretera.

Flor conducía con las dos manos apoyadas sobre el volante. No tenía prisa, nunca la había tenido.

Apagó el teléfono móvil.

Lo dejó sobre el asiento del acompañante.

Después siguió conduciendo.

No miró el retrovisor ni una sola vez.

Sabía que tarde o temprano irían a buscarla.

Pero antes debía cumplir una última obligación.

Proteger aquello que llevaba más de veinte años construyendo.