Capítulo 42
La lluvia había regresado a Barcelona.
No era una tormenta, sino esa llovizna persistente que parecía formar parte del paisaje.
Empapaba lentamente las aceras, difuminaba las luces de los semáforos sobre el asfalto y envolvía la ciudad en un silencio extraño, como si incluso el tráfico hubiera decidido bajar la voz.
Desde la ventana del despacho, Tanit observaba el movimiento de la calle mientras sostenía entre las manos una taza de café completamente frío.
Ni siquiera recordaba cuándo se lo había servido.
Dormía poco. Comía peor. Y llevaba semanas con la sensación de que cada respuesta traía consigo tres preguntas nuevas.
Habían detenido a empresarios, políticos, directivos sanitarios y funcionarios.
Anticorrupción trabajaba ya con decenas de cajas de documentación incautada durante los registros de los últimos días.
La Fiscalía había solicitado nuevas medidas cautelares y la Unidad Central Operativa continuaba rastreando cuentas bancarias dentro y fuera de España.
Sobre el papel, la investigación avanzaba mejor que nunca. Sin embargo, Tanit tenía la incómoda sensación de que aquel gigantesco procedimiento era solo el ruido.
Lo importante seguía escondido en otra parte. Se giró lentamente hacia la mesa.
Había dos montones de carpetas perfectamente separados. El primero ocupaba casi toda la superficie del escritorio.
Contratos públicos. Subvenciones. Adjudicaciones irregulares. Historiales médicos manipulados.
Sociedades pantalla.
Movimientos bancarios.
Cientos de declaraciones.
Aquello terminaría convirtiéndose en uno de los mayores
procedimientos por corrupción sanitaria que recordaba el país. Pero no era lo que la mantenía despierta por las noches.
Su mirada se desplazó hasta el segundo montón.
Doce carpetas.
Nada más.
No eran las más voluminosas ni las que contenían más pruebas. De hecho, cualquiera habría pensado que apenas tenían importancia. Y, sin embargo, Tanit estaba convencida de que toda la investigación cabía dentro de aquellas doce carpetas.
Llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante.
El teniente entró sujetando otra carpeta bajo el brazo.
Llevaba la camisa arrugada, la barba de varios días y unas profundas ojeras que delataban que tampoco él había dormido demasiado.
Dejó la documentación sobre la mesa y soltó un largo suspiro.
—Ya tenemos las órdenes de entrada y registro para la clínica.
Tanit asintió sin apartar la vista de las carpetas.
—¿Y Montalbán?
—El juez prefiere esperar a que terminen los registros. Después firmará la detención.
La inspectora no respondió.
Era exactamente lo que esperaba.
Las declaraciones de varios responsables sanitarios, unidas a la documentación incautada durante las últimas horas, situaban a Josep Montalbán en el centro de una compleja red de falsificación documental relacionada con subvenciones públicas.
Tal vez nunca hubiera organizado aquella trama.
Tal vez solo hubiera obedecido órdenes durante años.
Pero había firmado.
Y la ley no distinguía entre quien diseña el fraude y quien decide mirar hacia otro lado mientras estampa su firma.
El teniente se acercó a la ventana.
—No parece que estés muy satisfecha.
Tanit dejó escapar una sonrisa cansada.
—¿Tú sí?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Hemos desmontado una organización que llevaba años robando dinero público.
—Sí.
—Hay ministros imputados, empresarios detenidos y media Administración pendiente de declarar.
—También.
—Entonces..., ¿qué es lo que no te gusta?
Tanit permaneció unos instantes en silencio antes de señalar las doce carpetas.
—Ellas.
El teniente bajó la mirada.
—¿Las niñas?
—No.
Se corrigió inmediatamente.
—Las mujeres en las que se convirtieron.
Aquella respuesta despertó su curiosidad.
Se acercó a la mesa mientras Tanit apartaba el resto de los expedientes. Las doce carpetas quedaron alineadas una junto a otra.
Todas eran idénticas.
Mismo color.
Mismo grosor.
Solo cambiaban los nombres escritos en la parte superior.
—Llevo toda la mañana mirándolas —dijo Tanit—. Cuanto más las leo, más claro tengo que llevamos semanas haciéndonos la pregunta equivocada.
El teniente arqueó una ceja.
—¿Qué pregunta?
—Nos hemos pasado meses intentando descubrir cómo funcionaba la organización.
Guardó silencio unos segundos.
—Y empiezo a creer que algo se nos está escapando.
—Explícate.
En lugar de responder, Tanit tomó la primera carpeta y la dejó frente a él.
—Ábrela.
El teniente obedeció.
La documentación era sorprendentemente escasa.
Una fotografía.
El nombre con el que aquella niña había llegado desde Colombia. El nombre con el que vivía ahora.
Su expediente académico.
Su trayectoria profesional.
Nada más.
—¿Y qué se supone que debo buscar?
—Nada.
Tanit se acomodó en la silla frente a él.
—Solo léela.
El teniente comenzó a pasar las páginas.
Al principio lo hizo con la rapidez de quien espera encontrar un dato concreto.
Pero, poco a poco, fue disminuyendo el ritmo.
Había algo en aquel expediente que no terminaba de entender. Y todavía no sabía qué era.
La primera carpeta apenas contenía unas pocas hojas.
La cerró y tomó la siguiente.
Después una tercera.
Y una cuarta.
Tanit no dijo una sola palabra.
Se limitó a observar cómo el gesto del teniente iba cambiando poco a poco.
La quinta carpeta permaneció abierta más tiempo sobre la mesa. El hombre volvió a la primera.
Comparó varios documentos.
Después abrió otra más.
Su mirada empezó a detenerse en pequeños detalles que al principio habían pasado desapercibidos.
Finalmente levantó la cabeza.
—Es raro...
Tanit apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Qué es lo raro?
El teniente tardó unos segundos en responder.
—No consigo encontrar ninguna relación entre ellas.
Son de ciudades distintas.
Estudiaron carreras diferentes.
Ni siquiera trabajan en los mismos organismos.
Parece que alguien hubiera querido evitar precisamente eso. La inspectora asintió despacio.
—Sigue.
Volvió a bajar la vista.
Leyó una sexta carpeta.
Después una séptima.
Cuando terminó, dejó escapar el aire lentamente.
—Pero sí tienen algo en común.
Tanit guardó silencio.
—Todas llegaron desde el mismo orfanato.
Todas recibieron becas.
Todas estudiaron en los mejores colegios.
Ninguna tuvo problemas económicos.
Y todas terminaron ocupando puestos de muchísima responsabilidad. Permaneció unos segundos pensativo.
—Es demasiada casualidad.
—Eso mismo pensé yo.
El teniente volvió a repasar los expedientes.
Una jueza.
Una comandante de la Guardia Civil.
Una periodista de investigación.
Dos alcaldesas.
Una directora general.
Altos cargos de distintos ministerios.
Ingenieras.
Responsables sanitarias.
Mujeres brillantes.
Preparadas.
Sin una sola mancha en sus carreras.
—No hay ningún delito aquí... —murmuró.
—No.
—Todo parece impecable.
—Exactamente.
El despacho volvió a quedarse en silencio.
Fuera seguía lloviendo.
El golpeteo constante de las gotas contra los cristales parecía marcar el ritmo de los pensamientos de ambos.
El teniente cerró la última carpeta.
—¿Qué estás pensando?
Tanit permaneció varios segundos mirando las doce fotografías alineadas sobre la mesa.
Las doce sonreían.
Doce niñas que habían cruzado un océano para empezar una nueva vida.
Tanit permaneció unos segundos observando las fotografías. Una jueza.
Una comandante.
Una periodista.
Pero también una médica.
Una ingeniera.
Una profesora universitaria.
Y comprendió que quizá estaba mirando la situación desde el punto de vista equivocado.
No se trataba de cuántas habían llegado a la cima.
Se trataba de que ninguna había vuelto a quedarse abajo. Ninguna dependía de un hombre para sobrevivir.
Ninguna necesitaba pedir permiso para tomar decisiones sobre su propia vida.
Ninguna parecía dispuesta a aceptar aquello que Flor había soportado siendo joven.
Tal vez ese fuera el verdadero proyecto.
No fabricar mujeres importantes.
Sino asegurarse de que ninguna volviera a ser vulnerable. Y si alguna de ellas llegaba todavía más lejos...
Si una terminaba sentándose en un tribunal, dirigiendo una institución o tomando decisiones capaces de cambiar la vida de otras personas... Entonces las siguientes lo tendrían un poco más fácil.
—Estoy pensando que llevamos semanas buscando una organización. Su compañero la observó.
—Y cada vez estoy más convencida de que no existe.
—¿Cómo que no existe?
—Piensa en todas las organizaciones criminales que hemos investigado. Todas dejan rastro.
Dinero.
Llamadas.
Reuniones.
Órdenes.
Alguien que manda y alguien que obedece.
Aquí no hay nada de eso.
El teniente comprendía perfectamente a qué se refería.
No existía un solo indicio de que aquellas doce mujeres se conocieran entre sí.
Ni reuniones.
Ni mensajes.
Ni cuentas compartidas.
Ni movimientos sospechosos.
Nada.
—Entonces..., ¿qué estamos viendo?
Tanit volvió a mirar las fotografías.
Una idea empezaba a tomar forma en su cabeza, pero todavía era incapaz de demostrarla.
—No lo sé.
Todavía no.
Pero estoy segura de una cosa.
No creo que alguien las colocara en esos puestos.
Creo que llegaron hasta allí por sus propios méritos.
El teniente frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué tiene eso de extraño?
La inspectora sonrió levemente.
—Precisamente eso.
Que todas lo consiguieran.
Las probabilidades son ridículas.
Doce niñas procedentes del mismo orfanato.
Doce adopciones.
Doce trayectorias impecables.
Doce mujeres ocupando puestos desde los que, algún día, podrían influir en decisiones importantes.
Demasiadas coincidencias para llamarlas casualidad.
El teniente volvió a mirar las fotografías.
Por primera vez dejó de ver expedientes individuales.
Empezó a ver un conjunto.
Un dibujo.
Todavía incompleto.
Pero real.
—¿Crees que alguien las preparó?
Tanit respiró hondo.
—No lo sé.
Pero si algún día descubro que alguien decidió cambiar el futuro de doce niñas cuando apenas tenían unos años de vida...
Se quedó callada.
Ni siquiera quiso terminar la frase.
Porque, por primera vez desde que comenzó aquella investigación, sintió que el asesinato de Claudia podía no haber sido el principio de la historia.
Quizá solo era la primera grieta de algo mucho más antiguo. Mucho más grande.
Y muchísimo más peligroso.
—Han detenido a Montalbán.
Ella permaneció inmóvil.
—No ha opuesto resistencia.
Dice que llevaba días esperando este momento.
La inspectora cerró lentamente la carpeta que tenía delante. Sintió una extraña mezcla de alivio y frustración.
Josep Montalbán terminaría respondiendo ante la justicia. El ministro ya estaba muerto.
La trama de corrupción comenzaba a derrumbarse.
Anticorrupción seguiría tirando de todos aquellos hilos durante meses, quizá durante años.
Pero, para ella, aquella parte del trabajo había terminado.
Se acercó de nuevo a la pizarra.
Solo quedaban cuatro fotografías.
Claudia.
Amaru.
Flor.
Y Naia.
Las observó durante largo rato.
Después retiró la de Montalbán.
Ya no era una pieza central.
Era un hombre detenido que tendría que responder por sus actos. Lo verdaderamente importante seguía allí.
Claudia había sido asesinada.
Alguien había dado aquella orden.
Amaru buscaba a la persona responsable.
Y Flor acababa de desaparecer unas horas antes de ser detenida. Tanit sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No necesitó decirlo en voz alta.
Porque el teniente estaba pensando exactamente lo mismo. Si Flor había desaparecido...
Era cuestión de tiempo que Amaru descubriera dónde estaba. Y cuando eso ocurriera...
Ya no habría investigación.
Ni juicio.
Ni posibilidad de detener lo que estaba a punto de suceder. La caza había cambiado de sentido.
Por primera vez desde que comenzó aquella historia, no era la policía quien perseguía a Amaru.
Era Amaru quien había empezado a perseguir a Flor.