Las Marcadas Capítulo 41
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Capítulo 41

Por primera vez en muchas semanas, Tanit llegó a casa antes de que anocheciera.

Había dejado el coche en el garaje con una sensación extraña, casi olvidada.

El teléfono había sonado sin descanso durante todo el día: informes de la UCO, llamadas de Anticorrupción, reuniones con la Fiscalía, nuevas diligencias relacionadas con la trama sanitaria...

Pero aquella tarde comprendía que una parte de la investigación ya no dependía de ella.

Su trabajo seguía siendo el mismo desde el primer día.

Descubrir quién había asesinado a Claudia.

Y quién había ordenado hacerlo.

Todo lo demás seguiría su propio camino.

Al abrir la puerta, el olor a comida recién hecha inundó el recibidor. Desde la cocina apareció Naia con el pelo recogido de cualquier manera, un delantal demasiado grande para ella y una cuchara de madera en la mano.

Tenía una pequeña mancha de harina en la mejilla.

Y una sonrisa capaz de borrar de la cabeza de Tanit cualquier fotografía de una autopsia.

—Has llegado pronto.

—Yo también me he sorprendido.

Naia sonrió.

—Pues aprovéchalo. No pienso acostumbrarte.

—¿Tan mal cocinas?

—Eso lo descubrirás dentro de diez minutos.

Las dos comenzaron a reír.

Tanit dejó la chaqueta sobre una silla y se acercó despacio. Con el pulgar le limpió la pequeña mancha de harina de la mejilla. —Ahora sí.

—¿Ahora qué?

—Ahora estás perfecta.

Naia puso los ojos en blanco.

—Eres imposible.

—Y tú muy guapa.

—Así no hay quien termine la cena.

Tanit no respondió.

Simplemente pasó un brazo alrededor de su cintura y apoyó la frente sobre la suya.

Permanecieron unos segundos con los ojos cerrados.

Sin hablar.

Solo respirando la una junto a la otra.

—Te he echado de menos.

Naia sonrió.

—Han pasado cinco horas.

—Se me han hecho larguísimas.

Fue Naia quien terminó besándola.

Despacio.

Sin prisas.

Hasta que un olor sospechoso llegó desde la cocina.

Abrió mucho los ojos.

—¡La cena!

Salió corriendo.

Tanit no pudo contener la risa.

—Creo que ya sé la respuesta.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Pero lo has pensado.

—Puede ser...

Cenaron entre bromas.

Discutieron sobre cuál de las dos preparaba el peor café.

Sobre un vecino empeñado en sacar al perro a las tres de la madrugada. Y sobre si una tortilla podía considerarse realmente una cena cuando una de las dos olvidaba comprar pan.

Aquella conversación absurda le pareció a Tanit el mayor de los lujos. Durante casi una hora ninguna pronunció una sola vez las palabras asesinato, investigación o cadáver.

Cuando terminaron de recoger la cocina, Naia preparó dos tazas de té. La lluvia comenzaba a golpear suavemente los cristales.

Se acomodaron en el sofá.

Naia apoyó la cabeza sobre el hombro de Tanit.

Durante varios minutos ninguna habló.

No hacía falta.

Habían aprendido que algunos silencios también podían ser una forma de conversación.

Fue Tanit quien sonrió primero.

—Tengo que decirte una cosa.

Naia levantó la cabeza.

—¿Qué has descubierto ahora?

—Que eres mucho mejor médica de lo que me habías contado. La joven frunció el ceño.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Las revistas médicas.

Naia abrió mucho los ojos.

—¿Has estado investigándome?

—Un poco.

—Inspectora...

—He leído varios artículos tuyos.

Dos publicaciones internacionales.

Una técnica nueva para reconstruir córneas.

Y un premio europeo.

Naia comenzó a sonrojarse.

—No era para tanto.

—¿No era para tanto?

Tanit sonrió.

—Hay pacientes que vienen desde otros países para que los opere una mujer que todavía no ha cumplido los treinta y cinco años. Eso no ocurre todos los días.

Naia bajó la mirada.

—Nunca me gusta hablar de esas cosas.

—¿Por qué?

—Porque cuando llego a casa solo quiero ser Naia.

No la doctora Vergara.

Tanit la observó con ternura.

—Pues déjame decirte una cosa.

—¿Cuál?

—Estoy muy orgullosa de ti.

Naia levantó lentamente los ojos.

Aquellas palabras parecieron emocionarla más que cualquier premio. Después sonrió.

—Ahora me toca a mí.

—Adelante.

—Tú tampoco me contaste quién eras.

Tanit arqueó una ceja.

—¿Ah, ¿no?

—No.

Así que también te investigué.

Las dos comenzaron a reír.

—He leído sentencias.

Entrevistas, artículos, reportajes y hasta un documental. Tanit negó con la cabeza.

—Eso debería ser ilegal.

—Resulta que mi novia ha resuelto algunos de los casos más complicados de este país.

Y nunca me dijo nada.

—Porque tampoco me gusta hablar de mí.

Naia la miró divertida.

—Pues déjame decirte otra cosa.

—¿Cuál?

—Creo que te quedas muy corta cuando dices que eres inspectora. Eres muchísimo más que eso.

Durante unos segundos permanecieron mirándose.

Después, Naia tomó suavemente el rostro de Tanit entre las manos. La observó como si fuera la primera vez.

—¿Puedo hacerte una revisión?

—¿Ahora?

—Es deformación profesional.

Tanit rio.

—Adelante, doctora.

Naia acercó lentamente su rostro al de ella.

Le levantó con suavidad un párpado, después el otro.

La hizo mirar hacia arriba, hacia abajo.

Finalmente sonrió.

—¿Y bien?

—Tiene usted unos ojos preciosos, inspectora.

Probablemente los más bonitos que he visto nunca.

Tanit soltó una carcajada.

—Eso no ha sonado muy científico.

—No era un diagnóstico.

Era una opinión completamente personal.

Las dos volvieron a reír.

La lluvia seguía cayendo detrás de los cristales.

Después de unos minutos, Tanit habló con voz mucho más tranquila. —¿Puedo preguntarte algo sobre tu madre?

Naia dejó la taza sobre la mesa.

—¿Sobre cuál de las dos?

—Sobre Flor.

La joven sonrió.

—Claro.

—¿Cómo era cuando tú eras pequeña?

Naia no necesitó pensarlo.

—Muy exigente.

Pero nunca injusta.

Si me equivocaba, me obligaba a repetir las cosas hasta hacerlas bien. Y cuando las hacía bien... era la primera en abrazarme.

Tanit escuchaba sin interrumpirla.

—Siempre decía que el talento no servía de nada sin disciplina. Yo me enfadaba muchísimo y ahora creo que tenía razón.

Sonrió con nostalgia.

—Nunca me dejó conformarme con ser buena.

Quería que fuera la mejor.

Y creo que dedicó media vida a conseguirlo.

Tanit recordó las palabras de Montalbán.

Coincidían exactamente.

—¿Y tú tía Maite?

Naia sonrió todavía más.

—Es completamente distinta.

Más tranquila, más paciente.

Cuando yo era pequeña pasaba temporadas en el internado. Me encantaba ir.

Había niñas de muchos países.

Aprendíamos idiomas, música, deporte.

Mi tía decía que todas merecían las mismas oportunidades. —¿Sigues yendo?

—Muy pocas veces.

Ahora apenas tengo tiempo.

Pero sigue siendo un lugar maravilloso.

Tanit asintió despacio.

No hizo más preguntas, no aquella noche.

No quería convertir el salón de su casa en una sala de interrogatorios. Apoyó la cabeza sobre el respaldo del sofá, miró a Naia y pensó en la enorme distancia que separaba la imagen que aquella mujer tenía de su madre de la que ella empezaba a construir poco a poco.

Fuera seguía lloviendo.

Dentro de aquella casa, por unas horas, el mundo parecía haberse detenido.

Y quizá eso era exactamente lo que ambas necesitaban antes de afrontar el final de la historia.