Capítulo 40
La mañana llegó envuelta en una calma extraña.
Barcelona despertaba como cualquier otro día.
Los primeros autobuses recorrían las avenidas.
Las cafeterías comenzaban a llenarse.
La ciudad seguía adelante, ajena a la conversación que había tenido lugar unas horas antes.
Tanit apenas había dormido.
Cada palabra de Amaru volvía una y otra vez a su memoria. No porque dudara de lo que había oído.
Sino porque, por primera vez desde que comenzó aquella investigación, sentía que comprendía a la mujer a la que llevaba semanas persiguiendo. Miró el reloj.
Cogió el teléfono.
—Naia, ¿puedes venir a comisaría?
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Ha pasado algo?
—Sí.
La respuesta fue suficiente.
—Voy para allá.
Media hora después llamaron a la puerta del despacho.
Naia entró despacio.
Bastó una mirada para comprender que algo había cambiado. Tanit permanecía sentada frente a una carpeta abierta, pero no estaba leyendo.
Parecía intentar ordenar sus propios pensamientos.
Naia cerró la puerta.
—¿La has encontrado?
La inspectora levantó lentamente la vista.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Ella me encontró a mí.
El silencio que siguió fue tan intenso que ambas pudieron escuchar el murmullo lejano de la comisaría.
Naia tardó varios segundos en encontrar la voz.
—¿La viste?
Tanit asintió.
—Anoche.
Naia se dejó caer lentamente sobre la silla.
Durante años había imaginado aquel momento de mil maneras distintas.
Ninguna se parecía a aquella.
Respiró hondo.
—¿Cómo es?
Tanit apoyó los antebrazos sobre la mesa.
Pensó en la mujer que había entrado en su casa sin hacer ruido. En la serenidad con la que hablaba.
En la tristeza que escondía cada una de sus respuestas.
Y también en la firmeza con la que había asumido la responsabilidad de todo lo que había hecho.
—Es difícil de explicar.
Naia esperó.
—Ha matado.
No voy a ocultártelo.
Ni voy a justificarlo.
La joven bajó lentamente la mirada.
Tanit continuó.
—Pero anoche no conocí a una asesina.
Conocí a tu madre.
Naia cerró los ojos un instante.
Aquellas palabras no borraban nada.
Pero cambiaban muchas cosas.
—¿Habló de mí?
—Todo el tiempo.
Una lágrima apareció antes incluso de que Naia pudiera contenerla. —Te encontró hace muchos años.
Muchísimo antes de que supieras que existía.
Pudo acercarse a ti cientos de veces.
Nunca lo hizo.
—¿Por qué?
—Porque creyó que ya eras feliz.
Y pensó que aparecer solo serviría para romper la vida que habías construido.
El despacho volvió a quedar en silencio.
Naia sonrió con tristeza.
—Siempre pensé que me había abandonado.
Tanit negó despacio.
—No.
Creo que hizo exactamente lo contrario.
Renunció a ocupar un lugar en tu vida porque pensó que era la mejor forma de protegerte.
Naia respiró profundamente.
—¿Me observaba?
—Sí.
La inspectora sonrió apenas.
—Sabía cuándo terminaste la universidad.
Cuando empezaste a trabajar.
Conocía tus pequeños logros.
Y también tus días malos.
Nunca estuvo lejos.
Solo decidió que tú no debías saberlo.
Naia permaneció varios segundos mirando un punto perdido de la mesa.
Después formuló la pregunta que llevaba toda la vida guardando. —¿Alguna vez dejó de quererme?
Tanit respondió sin necesidad de pensarlo.
—No.
Ni un solo día.
Las lágrimas comenzaron a caer en silencio.
No había desesperación en ellas.
Solo el peso de una verdad que llegaba demasiado tarde.
Cuando consiguió serenarse, levantó de nuevo la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de Tanit.
Durante un instante ninguna apartó la mirada.
—¿Te pidió que me dijeras algo?
Tanit recordó las últimas palabras de Amaru.
Recordó también la promesa silenciosa que había sentido al despedirse. Negó con suavidad.
—No.
Nunca intentó que cambiaras la imagen que tienes de ella. Ni quiso que la perdonaras.
Solo necesitaba saber una cosa.
Naia la miró fijamente.
—¿Cuál?
La inspectora sonrió con una serenidad que no había sentido hasta entonces.
—Que no estabas sola.
Y que había alguien dispuesto a cuidar de ti cuando ella ya no pudiera hacerlo.
Naia comprendió inmediatamente de quién estaba hablando. Por alguna razón, aquella certeza hizo que el nudo que llevaba años arrastrando en el pecho se aflojara un poco.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo una palabra. No hacía falta.
Las dos sabían que aquella conversación no cambiaba el pasado. Pero quizá acababa de cambiar el futuro.
Los días fueron pasando sin que ocurriera nada.
El ministro Javier Moreno continuaba imputado.
Las cámaras seguían persiguiéndolo.
Los programas de televisión debatían cada noche sobre su posible responsabilidad.
Pero Amaru no apareció.
El dispositivo de vigilancia permanecía activo las veinticuatro horas del día.
Equipos de seguimiento.
Vehículos camuflados.
Agentes de paisano.
Cada salida del ministro era planificada al detalle.
Los primeros días nadie bajó la guardia.
Después llegó el cansancio.
Las jornadas interminables.
Los relevos.
Los informes repetidos una y otra vez.
«Sin novedades».
Aquellas dos palabras empezaron a repetirse demasiado.
Una semana después, el juez autorizó reducir parte del operativo. No eliminarlo.
Solo adaptarlo a una amenaza que, aparentemente, nunca llegaría. El fiscal no estaba convencido.
—¿Y si solo está esperando?
Uno de los responsables del dispositivo negó con la cabeza. —Si hubiera querido matarlo, ya lo habría hecho.
Tanit, que escuchaba la conversación en silencio, levantó lentamente la vista.
—No.
Todos se giraron hacia ella.
—Si aparece...
...será cuando nadie la espere.
Nadie respondió.
Porque, en el fondo, todos sabían que tenía razón.
Aquel sábado, Javier Moreno decidió salir sin modificar su agenda. Necesitaba que lo vieran.
Que las cámaras dejaran de mostrar a un ministro acorralado y empezaran a mostrar a un hombre que había recuperado la normalidad. Eligió un mercado del centro de Barcelona.
Había prensa.
Curiosos, familias haciendo la compra, turistas.
Un escenario perfecto para transmitir tranquilidad.
Los escoltas ocuparon sus posiciones.
Todo parecía bajo control.
Moreno sonreía.
Saludaba.
Respondía con evasivas a las preguntas de los periodistas. Incluso se permitió bromear con un vendedor de fruta.
Durante unos minutos pareció olvidar que todo un país discutía cada noche si era un corrupto... o un asesino.
A unos cientos de metros, varios agentes seguían cada movimiento a través de los auriculares.
—Sin incidencias.
—Perímetro limpio.
—Todo normal.
Las comunicaciones se sucedían con absoluta rutina.
Demasiada rutina.
Entonces comenzaron los gritos.
—¡Dimisión!
—¡Corrupto!
Un pequeño grupo de personas empezó a increpar al ministro. Los periodistas corrieron hacia ellos.
Los escoltas reaccionaron formando un círculo de protección. Durante apenas unos segundos toda la atención se concentró en el tumulto.
Solo unos segundos.
Los suficientes.
Una mujer cruzó entre la gente con una bolsa de tela colgada del hombro.
Caminaba despacio.
Sin prisa, sin mirar al ministro, sin mirar a los escoltas.
Era una mujer cualquiera.
Cinco segundos después ya había desaparecido entre la multitud. El ministro dio un paso.
Después otro.
Su mano buscó instintivamente el cuello.
Los escoltas pensaron que intentaba apartarse del gentío.
Pero sus piernas dejaron de responder.
Cayó de rodillas.
Y, un instante después, se desplomó sobre el suelo.
El mercado entero quedó en silencio.
Los escoltas pidieron una ambulancia mientras intentaban reanimarlo. Los sanitarios llegaron en pocos minutos.
Demasiado tarde.
El médico levantó lentamente el cuello de la camisa.
Observó la piel durante unos segundos.
Después miró a los policías.
—Tiene una punción.
Nadie hizo ninguna pregunta.
No hacía falta.
Aquella misma tarde, Tanit observaba una y otra vez las imágenes de las cámaras de seguridad.
Decenas de pantallas.
Cientos de personas entrando y saliendo del mercado.
Niños, ancianos, turistas, repartidores, vendedores.
La vida continuando alrededor de un asesinato perfecto.
—Detén ahí.
La imagen quedó congelada.
Una mujer caminaba entre la multitud.
Bolsa de tela, gafas oscuras, ropa corriente.
Nada en ella llamaba la atención.
El teniente permaneció unos segundos observándola.
—Podría ser cualquiera.
Tanit negó lentamente.
—Precisamente por eso.
Amplió la imagen.
El rostro apenas podía distinguirse, no era suficiente para identificarla. Ni para reconocerla.
La inspectora dejó escapar un largo suspiro.
Por fin comprendía el error que habían cometido desde el principio. Durante semanas habían intentado encontrar el rostro de Amaru. Pero Amaru no tenía un rostro, tenía decenas, quizá cientos. Nunca habían perseguido a una mujer.
Habían perseguido a alguien capaz de convertirse en cualquiera. Y comprendió que esa era la razón por la que siempre llegaban demasiado tarde.