Las Marcadas Capítulo 39
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Capítulo 39

La noche había caído sobre Barcelona.

Al otro lado de la ventana, la ciudad seguía viviendo ajena a todo. Los semáforos cambiaban de color.

Las sirenas se perdían entre los edificios.

Un autobús recogía a los últimos pasajeros.

Alguien reía en la acera de enfrente.

La vida continuaba.

Como si no estuviera a punto de detenerse dentro de aquel pequeño apartamento.

Tanit permanecía sentada frente a la mesa del salón.

Los expedientes seguían abiertos.

Fotografías.

Informes.

Mapas.

Anotaciones escritas a mano.

En el centro del tablero, un único nombre.

Amaru.

Había releído el mismo informe tres veces.

No recordaba una sola palabra.

Cerró lentamente la carpeta.

Se frotó los ojos.

Llevaba días durmiendo demasiado poco.

Pensando demasiado.

Por primera vez desde que comenzó aquella investigación, tenía la sensación de que ya no perseguía a una asesina.

Perseguía a una mujer que había decidido convertirse en algo que la justicia nunca había sabido ser.

Y esa idea le resultaba mucho más inquietante.

El reloj marcó las once y diecisiete.

Entonces ocurrió.

Un leve crujido.

Tan pequeño que cualquiera lo habría confundido con el edificio acomodándose durante la noche.

Pero Tanit llevaba demasiados años viviendo de escuchar aquello que los demás pasaban por alto.

No se movió.

Su respiración siguió siendo tranquila.

No buscó su arma.

No cogió el teléfono.

Simplemente habló.

—Sabía que tarde o temprano vendrías.

Durante unos segundos no obtuvo respuesta.

Después, una voz serena surgió desde la oscuridad del pasillo. —No.

Silencio.

—He venido porque he querido.

Tanit cerró los ojos apenas un instante.

Aquella respuesta era exactamente la que esperaba.

No había desafío en aquellas palabras.

Solo una certeza.

Nadie había llevado a Amaru hasta allí.

Había sido una decisión suya.

La inspectora se levantó despacio.

No quería que aquel momento pareciera un enfrentamiento. Giró lentamente sobre sí misma.

Y entonces la vio.

Ya no había pelucas.

Ni lentillas.

Ni maquillaje.

Ni nombres falsos.

Solo una mujer.

El cabello oscuro comenzaba a rendirse ante las primeras canas. El rostro mostraba las huellas de los años.

No eran arrugas de miedo.

Eran años de caminos.

De noches sin hogar.

De despedidas.

De silencios.

Pero fueron sus ojos los que detuvieron a Tanit.

Verdes.

Exactamente iguales que los de Naia.

No.

Pensó.

Que los de Zanai.

Las dos permanecieron inmóviles.

Midiéndose.

No como dos enemigas.

Sino como dos mujeres que llevaban demasiado tiempo intentando comprender a la otra sin haber cruzado una sola palabra. Amaru fue la primera en romper el silencio.

—Gracias.

Tanit no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Por qué?

La mujer sostuvo su mirada.

—Porque la has hecho feliz.

Aquellas cuatro palabras desarmaron a la inspectora mucho más que cualquier amenaza.

No esperaba aquello.

Esperaba reproches.

Preguntas.

Quizá incluso odio.

Pero no gratitud.

Amaru dio un paso hacia la luz.

Solo uno.

Lo suficiente para que Tanit pudiera verla con claridad.

No parecía una mujer acostumbrada a matar.

Parecía una mujer acostumbrada a perder.

Tanit respiró despacio

—¿Has venido a entregarte?

Amaru negó con una leve sonrisa.

—No.

Hizo una pausa.

—He venido a conocerte.

Volvió el silencio.

Esta vez ninguna de las dos sintió la necesidad de romperlo. Porque ambas comprendían que aquella conversación llevaba muchos años esperando el momento adecuado para comenzar.

El silencio se prolongó unos segundos más.

Amaru observaba el tablero lleno de fotografías.

Los nombres.

Las flechas.

Las fechas.

Toda una vida reducida a papeles.

Se acercó despacio.

Sus dedos se detuvieron sobre una de las fotografías.

La de Izela.

La acarició apenas un instante.

Después retiró la mano.

—Era muy parecida a mí.

Tanit no respondió.

Esperó.

—Tenía la misma manía de morderse el labio cuando estaba nerviosa. Sonrió con una tristeza infinita.

—La descubrí mucho antes de que ella supiera que yo existía. Volvió a hacerse el silencio.

Fue Tanit quien habló.

—¿Por qué nunca te acercaste?

Amaru tardó en responder.

Miró de nuevo la fotografía.

—¿Qué podía ofrecerle?

Alzó lentamente la vista.

—Nada.

Hizo una pausa.

—Solo dolor.

Sus palabras quedaron suspendidas entre las dos.

—Vivía con una familia que la quería.

Tenía amigos.

Un futuro.

Una vida.

Yo solo podía llegar para romperlo todo.

Respiró despacio.

—Durante años me limité a verla crecer.

Desde lejos.

La vi entrar en el instituto.

Celebrar cumpleaños.

Enamorarse por primera vez.

Discutir con su madre adoptiva.

Reconciliarse cinco minutos después.

Las madres y las hijas son iguales en cualquier parte del mundo. Tanit dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.

Amaru la vio.

—Sí...

También sonreía así.

El silencio volvió a instalarse.

No era incómodo.

Era el silencio de dos personas que empezaban a comprenderse. —¿Y Zanai?

Aquella vez la sonrisa de Amaru fue distinta.

Más cálida.

Más luminosa.

—Ella siempre sonreía menos.

Pero cuando lo hacía...

Iluminaba cualquier sitio.

Se quedó unos segundos mirando la oscuridad que había tras la ventana.

—La seguí durante años.

Entró en la universidad.

Se hizo médica.

La vi construir la vida que yo nunca habría podido darle. Guardó silencio.

—Hubo algo que al principio no entendía.

Tanit permaneció atenta.

—Siempre estaba rodeada de mujeres.

Nunca de hombres.

En mi pueblo aquello habría sido imposible de comprender. Sonrió con dulzura.

—España también me enseñó muchas cosas.

Aprendí que nadie tiene derecho a decirle a otra persona a quién debe amar.

Mientras ella fuera feliz...

Yo debía seguir siendo una sombra.

Tanit la observaba sin apartar la vista.

Cada respuesta hacía más difícil reconciliar a aquella mujer con la asesina que llevaba semanas persiguiendo.

Entonces formuló la pregunta que llevaba demasiado tiempo guardándose.

—¿Cuándo cruzaste la línea?

Amaru no respondió enseguida.

Cerró los ojos.

Como si necesitara regresar muchos años atrás.

—Antes incluso de encontrar a mis hijas.

Su voz apenas era un susurro.

—Caminaba de noche.

Escuché unos gritos.

Una niña intentaba soltarse de un hombre que la arrastraba hacia el portal de un edificio.

Tendría quince años.

Miré alrededor.

No había nadie.

Respiró lentamente.

—Pensé en gritar.

Pensé en pedir ayuda.

Pero comprendí que nadie llegaría a tiempo.

Bajó la mirada hacia sus manos.

—Llevaba un pañuelo al cuello.

Se lo rodeé por detrás.

Y tiré.

No dejé de hacerlo hasta que dejó de moverse.

El apartamento quedó completamente en silencio.

Amaru siguió hablando sin mirar a Tanit.

—Cuando aquella niña me abrazó...

Supe que le había salvado la vida.

Levantó despacio la cabeza.

Había lágrimas contenidas en sus ojos.

—¿Habría sido mejor reducirlo y llamar a la policía?

Seguramente.

Era lo correcto.

Pero no tuve tiempo para pensar.

Solo reaccioné.

Suspiró profundamente.

—Nunca me arrepentí de haber salvado a aquella niña.

Me arrepentí de descubrir que era capaz de matar.

Tanit no dijo nada.

Comprendía que aquella diferencia era importante.

Muy importante.

Amaru continuó.

—Aquella noche tomé una decisión.

Nunca me acercaría a mis hijas.

¿Qué derecho tenía una mujer que había quitado una vida a presentarse delante de ellas y decir: "Soy vuestra madre"?

Negó lentamente con la cabeza.

—Ninguno.

Durante años cumplí esa promesa.

Las observaba desde lejos.

Nada más.

Hasta que un día...

Todo cambió.

—¿Qué ocurrió?

La respuesta llegó casi en un susurro.

—Un niño.

Solo dos palabras, pero bastaron para cambiar el aire de la habitación. —Podrías haberte equivocado.

Amaru asintió sin la menor vacilación.

—Sí.

Aquella respuesta sorprendió a la inspectora.

—Por eso esperaba tanto.

Por eso investigaba durante meses.

Por eso nunca actué mientras me quedara una sola duda.

Guardó silencio.

—Tenía miedo.

No de morir, de equivocarme.

Sus ojos se perdieron durante unos segundos.

—Porque lo peor que puede hacer la justicia es condenar a un inocente. Y yo podía convertirme en aquello mismo que decía combatir. Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.

Tanit respiró despacio.

—Pero al final decidías tú.

—Sí.

Y nunca tuve derecho a hacerlo.

La inspectora la miro fijamente, aquella respuesta no era la que esperaba.

Amaru sonrió con una tristeza inmensa.

—No busques orgullo donde solo hay cansancio.

Guardó silencio unos segundos.

—Yo también sé que crucé la línea.

La diferencia es que, cuando miraba a aquellos niños...

...ya no sabía vivir con la idea de marcharme a casa y esperar otra absolución.

—Entrégate.

La voz de Tanit sonó serena.

No era una orden.

Era el deseo sincero de que aquella historia pudiera terminar sin que hubiera más muertos.

Amaru permaneció inmóvil.

Durante unos segundos contempló la madera de la puerta. Después negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no.

Tanit dio un paso hacia ella.

—¿Por qué?

Amaru tardó en responder.

Cuando lo hizo, hablaba casi para sí misma.

—Porque Claudia murió por una verdad que aún no ha salido a la luz. La inspectora sintió un escalofrío.

—El ministro caerá.

Los demás también.

Amaru asintió.

—Lo sé.

Y es justo que ocurra.

Guardó silencio unos instantes.

—Pero eso no bastará.

Tanit la observó fijamente.

—¿Qué quieres decir?

Amaru apoyó la mano sobre el pomo.

—Crees que el asesinato de Claudia era el final de esta historia. Negó con suavidad.

—Solo era la puerta.

El verdadero motivo por el que la mataron...

...todavía sigue oculto.

—¿Volveré a verte?

Amaru sonrió apenas.

—Eso no dependerá de mí.

La miro fijamente.

—Dependerá de lo que encuentres.

Abrió despacio la puerta y antes de salir, volvió ligeramente la cabeza. —Hay personas que llevan toda una vida viviendo una mentira... ...sin saberlo.

No permitas que esa mentira sea también su herencia.

La puerta comenzó a cerrarse.

Tanit dio un paso instintivo.

—Amaru.

La mujer se detuvo, sin girarse.

—Gracias.

El silencio llenó el rellano.

Amaru permaneció inmóvil.

—¿Por qué? —preguntó con la voz apenas audible.

Tanit respiró profundamente.

—Porque, después de todo lo que he oído esta noche...

...ya no sé si algún día conseguiré comprenderte.

Hizo una pausa.

—Pero sí sé una cosa.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

—Nunca dejaste de ser madre.

Después, Amaru inclinó levemente la cabeza.

No respondió, no hacía falta.

Salió al rellano.

La puerta se cerró con suavidad.

Tanit permaneció inmóvil.

No acababa de marcharse solo la mujer más buscada del país. Acababa de marcharse la única persona que conocía toda la verdad. Y, por primera vez desde que comenzó aquella investigación, comprendió que resolver el asesinato de Claudia no significaba poner el punto final.

Solo significaba que la verdadera historia estaba a punto de empezar.