Las Marcadas Capítulo 38
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Capítulo 38

La lluvia seguía golpeando los cristales.

Nadie había abandonado la sala.

Las carpetas continuaban abiertas sobre la mesa.

Las órdenes de detención.

Las escuchas.

Los nombres de quienes, al amanecer, dejarían de ser intocables. El juez rompió el silencio.

—He estado pensando en lo que ha dicho, inspectora.

Tanit levantó la vista.

—Si tiene razón...

Hizo una pausa.

—No podemos limitarnos a detener al ministro.

El fiscal comprendió inmediatamente por dónde iba.

—Quiere utilizar la situación.

El magistrado asintió.

—Quiero aprovecharla.

La sala quedó en silencio.

—Mañana se harán públicas las detenciones relacionadas con la trama. El ministro declarará.

Y abandonará el juzgado.

El fiscal cerró lentamente una carpeta.

—¿En libertad?

—Sí.

Todavía no podemos sostener una acusación por asesinato. No sin terminar de blindar las pruebas.

Tanit comprendía perfectamente la decisión.

Era jurídicamente correcta.

Y precisamente por eso resultaba tan peligrosa.

El juez apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Quiero que todo el mundo crea que vuelve a casa.

Nadie dijo nada.

—Habrá vigilancia permanente.

Equipos de seguimiento.

Agentes de paisano.

Unidades de intervención.

No podrá acercarse nadie sin que lo sepamos.

El fiscal asintió lentamente.

—Lo utilizaremos como cebo.

—Exactamente.

Tanit observó las fotografías del ministro.

Durante unos segundos recordó a los dos sicarios encontrados en El Papiol.

Alguien los había localizado antes que la policía.

Alguien había decidido que nunca hablarían.

El juez volvió a dirigirse a ella.

—¿Cree realmente que aparecerá?

La inspectora tardó unos segundos en responder.

—Creo que, si existe la persona que imagino...

Miró el expediente.

—...sabrá que esta puede ser su última oportunidad.

—¿Y si no aparece? —preguntó el fiscal.

—Entonces seguiremos investigando.

Hizo una pausa.

—Pero, si aparece, solo tendremos una oportunidad para detenerla. El juez asintió.

—Entonces no habrá margen para errores.

Sobre la mesa desplegaron los planos.

La salida del juzgado.

El vehículo oficial.

Las calles adyacentes.

Los edificios cercanos.

Los accesos.

Durante más de una hora revisaron cada detalle.

Cada posible punto de ataque.

Cada vía de escape.

Cada escenario.

Cuando terminaron, el magistrado cerró la carpeta.

—Quiero que este operativo permanezca en secreto.

Solo lo conocerán quienes participen directamente.

Cuantas menos personas lo sepan...

Mejor.

El fiscal recogió sus documentos.

—Los medios harán el resto.

La noticia correrá sola.

Tanit seguía observando el plano.

Algo continuaba incomodándola.

No era el dispositivo.

No era la planificación.

Era otra cosa.

Una sensación difícil de explicar.

Como si todas aquellas previsiones partieran de una premisa equivocada.

El juez se levantó.

—¿Algún problema, inspectora?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Solo una duda.

—¿Cuál?

Tanit levantó lentamente la vista.

—Llevamos días intentando anticiparnos a alguien de quien apenas sabemos nada.

El magistrado esperó.

—Y eso significa que también ella puede estar intentando anticiparse a nosotros.

Nadie respondió.

Porque ninguno podía descartar aquella posibilidad.

La lluvia golpeó con más fuerza los cristales.

El juez respiró hondo.

—Mañana lo sabremos.

La reunión terminó pocos minutos después.

Mientras abandonaba el juzgado, Tanit observó cómo la lluvia seguía cayendo sobre Barcelona.

Todo estaba preparado.

El ministro sería el cebo.

El operativo parecía impecable.

Y, sin embargo...

No podía evitar la sensación de que alguien, en algún lugar, ya había previsto cada uno de sus movimientos.