Capítulo 36
La música seguía sonando en La Colmena, pero aquella noche parecía llegar desde muy lejos.
Las luces rojizas bañaban las mesas, las camareras atendían a los clientes con la misma naturalidad de siempre y, sin embargo, alrededor de Lidia y Tanit se había instalado un silencio extraño, como si el propio local presintiera que aquella conversación era distinta a todas las anteriores.
Lidia sostenía la copa entre las manos sin beber.
Permaneció unos segundos observándola antes de levantar la vista. —La está buscando.
No era una pregunta.
Tanit asintió despacio.
—Sí.
—¿Para detenerla?
La inspectora respiró hondo antes de responder.
—Para impedir que siga matando.
Una leve sonrisa, cargada de tristeza, apareció en el rostro de Lidia. —Entonces llega tarde.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.
Tanit no respondió.
Sabía que, si la presionaba demasiado, Lidia volvería a levantar el muro tras el que llevaba escondidos tantos años de recuerdos.
Esperó.
Fue ella quien rompió el silencio.
—Solo la vi una vez.
—¿Una sola vez?
—Con una bastó.
Dejó la copa sobre la mesa y dirigió la mirada hacia la puerta del local, como si todavía pudiera verla entrar.
—Llevo media vida trabajando aquí. He visto pasar por esa puerta a miles de personas. Empresarios, policías, delincuentes, gente buena... y gente capaz de vender a cualquiera por dinero.
Hizo una breve pausa.
—Pero nunca había visto a nadie como ella.
Tanit permaneció en silencio.
—¿Qué tenía de diferente?
Lidia negó muy despacio.
—Todavía hoy no sabría explicárselo.
No hizo nada.
No levantó la voz.
No llamó la atención.
Simplemente abrió la puerta y entró.
Y, sin saber por qué, una conversación tras otra fue apagándose. Cuando llegó a la barra, todo el mundo la estaba mirando. La inspectora frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Era una mujer completamente normal.
Ni especialmente alta.
Ni vestía de una forma llamativa.
Ni hizo nada para imponerse.
Y, sin embargo...
Todos la miraban.
Como si llevara consigo algo imposible de explicar.
Lidia bajó la voz.
—Entonces levantó la vista.
Nunca olvidaré sus ojos.
Eran verdes.
De un verde tan intenso que parecían imposibles.
Pero no era solo el color.
Era la forma en que miraba.
No parecía observar a las personas.
Parecía atravesarlas.
Como si pudiera ver mucho más de lo que cualquiera estaba dispuesto a mostrar.
Guardó unos segundos de silencio.
—En cuanto la vi, lo supe.
Tanit sostuvo su mirada.
—¿Qué supo?
—Que era su madre.
La inspectora no dijo nada.
—Tenía los mismos ojos que Noemí.
Los mismos ojos verdes.
No necesitó decirme quién era.
Lo supe desde el primer instante.
Lidia sonrió muy levemente.
—No puedo explicárselo mejor, inspectora.
Si algún día la conoce...
No necesitará que nadie se lo diga.
El silencio volvió a instalarse entre las dos.
Fue Tanit quien lo rompió.
—¿Qué le dijo aquella noche?
Lidia dejó escapar lentamente el aire.
—Muy poco.
Se sentó frente a mí y me preguntó cómo estaba Noemí.
Si era feliz.
Si tenía amigos.
Si alguien le hacía daño.
Le respondí que no.
Que era una buena chica.
Un poco cabezota, pero buena.
Entonces sonrió.
Fue la única vez que la vi sonreír.
—Después me pidió un favor.
Lidia cerró los ojos un instante.
—Me dijo:
—«Cuídela un poco».
Sonrió con tristeza.
—«Es muy cabezota y siempre ha querido resolverlo todo sola». Hizo una pausa.
—Y añadió:
—«Haga un poco de madre cuando yo no pueda hacerlo». Tanit sintió un nudo en el estómago.
—¿Eso fue todo?
—No.
Me pidió que, si alguna vez veía algo extraño a su alrededor... Que si sospechaba de alguien...
Que si ocurría algo que no entendiera...
Llamará inmediatamente a la policía.
—¿A la policía?
—Sí.
Eso fue lo que más me sorprendió.
Después se levantó para marcharse.
Pero antes de salir me hizo prometerle una cosa.
—¿Cuál?
—Que Noemí nunca supiera que había estado allí.
—¿Le explicó por qué?
Lidia negó despacio.
—Solo me dijo:
—«Es mejor así».
Guardó silencio antes de continuar.
—Después añadió:
—«Mientras menos sepa de mí, más posibilidades tendrá de vivir la vida que yo siempre quise para ella».
Vanesa tardó apenas unos minutos en llegar.
Su sonrisa desapareció en cuanto comprendió de qué iban a hablar. —Hola, inspectora.
—Hola, Vanesa.
Tanit esperó a que se sentara.
—¿Por qué no me lo contaste?
Vanesa bajó la mirada.
Jugueteó unos segundos con el borde del vaso.
—Porque le di mi palabra.
—¿Y?
—Y porque...
Levantó lentamente los ojos.
—Si algún día conoce a esa mujer, entenderá perfectamente por qué nadie rompe una promesa que le hace.
—¿Qué te dijo?
—No mucho.
Preguntó por Noemí.
Cómo estaba.
Si seguía siendo tan cabezota como de pequeña.
Sonrió con ternura.
—Le dije que sí.
Que seguía metiéndose donde nadie la llamaba para ayudar a cualquiera. Creo que eso la hizo feliz.
Guardó unos segundos de silencio.
—Después me pidió un favor.
—¿Cuál?
—Que la cuidara.
Que procurara que no se marchara sola cuando estuviera preocupada. Que estuviera pendiente de ella.
Y que vigilara con quién se relacionaba aquí.
Vanesa respiró despacio.
—Y me dijo otra cosa.
Si algún día veía algo que no me cuadrara...
Si alguien empezaba a seguirla...
O si simplemente tenía un mal presentimiento...
Debía llamar inmediatamente a la policía.
Tanit volvió a fruncir el ceño.
—¿Insistió tanto en eso?
—Sí.
En eso insistió más que en ninguna otra cosa.
Aquella noche Tanit no regresó al apartamento.
Condujo directamente hasta la comisaría.
Necesitaba estar sola.
Necesitaba pensar.
Mientras el edificio permanecía casi vacío, encendió el ordenador y comenzó a revisar antiguos procedimientos archivados.
No buscaba nombres.
Ni fechas.
Buscaba un patrón.
Durante casi una hora no encontró nada.
Decenas de homicidios.
Cientos de absoluciones.
Errores procesales.
Investigaciones incompletas.
Nada.
Hasta que un procedimiento llamó su atención.
No por la víctima.
Por la sentencia.
«Absolución por insuficiencia probatoria».
Abrió el expediente.
Una niña de apenas dos años.
Meses de malos tratos.
Costillas fracturadas.
Quemaduras.
Hematomas de distintas épocas.
Todo apuntaba a los padres.
Sin embargo, una diligencia practicada sin autorización judicial provocó la nulidad de varias pruebas esenciales.
El tribunal no tuvo alternativa.
Absolvió.
Tres meses después, ambos aparecieron muertos en un parque. Parada cardiorrespiratoria.
Caso archivado.
Sin sospechosos.
Amplió la fotografía.
Allí estaba.
El mismo punto rojizo bajo la mandíbula.
Abrió otro expediente.
Otra víctima.
Otro fallo procesal.
Otra absolución.
Otra muerte.
La misma marca.
Después un tercero y un cuarto y un quinto.
Cuando terminó, ya no le quedaban dudas.
No estaba viendo asesinatos aislados.
Estaba contemplando el rastro de una misma persona.
Años de espera, años observando, años interviniendo únicamente cuando la justicia había fracasado.
La puerta se abrió.
Naia apareció con dos cafés.
—¿Qué ocurre?
Tanit tardó unos segundos en responder.
—Creo que hasta hoy la he estado buscando en el lugar equivocado. —¿Qué has encontrado?
La inspectora señaló los expedientes abiertos.
—Durante semanas pensé que perseguíamos a una madre destruida por la muerte de Claudia.
Negó despacio.
—Me equivocaba.
Guardó silencio.
—Claudia no empezó esta historia.
Solo la terminó.
Naia sintió un escalofrío.
Tanit apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Todos hicieron daño a un niño.
Todos quedaron libres.
Todos murieron años después.
Siempre igual.
Esperó a que la justicia actuara y solo cuando la justicia ya no pudo hacer nada...
Apareció ella.
Naia comprendió por fin la dimensión real de aquella mujer. No era una asesina impulsiva.
Ni alguien cegado por la venganza.
Era alguien que se había impuesto una única regla.
Esperar.
Esperar hasta perder toda esperanza en la justicia.
Tanit cerró lentamente el último expediente.
—Eso es lo que más miedo me da.
—¿Qué?
La inspectora apagó la pantalla.
—Que nunca mata deprisa.
Siempre espera.
Y si ha empezado a matar otra vez...
Es porque ha llegado a la conclusión de que la justicia ha vuelto a fracasar.
El despacho quedó en silencio.
Solo se escuchaba el zumbido del ordenador apagándose. Al salir, Tanit se volvió una última vez hacia la pantalla.
Una pregunta seguía repitiéndose en su cabeza.
Ya no era quién era Amaru.
Eso empezaba a comprenderlo.
La verdadera pregunta era otra.
¿Cuántas veces había llegado demasiado tarde la justicia... antes de que ella decidiera intervenir?