Las Marcadas Capítulo 35
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Capítulo 35

La lluvia seguía cayendo sobre Barcelona cuando Tanit aparcó frente a la comisaría.

Durante todo el trayecto apenas habían hablado.

El limpiaparabrisas marcaba un ritmo constante, casi hipnótico, mientras las luces de la ciudad se deshacían sobre el asfalto mojado. Naia observaba la lluvia a través de la ventanilla.

Desde la muerte de Jonatan Gálvez y, apenas unas horas después, la de Pascual López, una misma pregunta no dejaba de perseguirla. —Si de verdad ha sido mi madre... —dijo sin apartar la vista del cristal—, siempre llegará antes que nosotros.

Tanit apagó el motor y permaneció unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante.

—Eso es exactamente lo que ella quiere que pensemos.

Naia giró lentamente la cabeza.

—¿Y tú no lo crees?

La inspectora respiró hondo antes de responder.

—Creo que lleva demasiados años viviendo un paso por delante de todos.

Hizo una pausa.

—Pero también creo que empieza a cometer errores.

—¿Como cuáles?

Tanit recordó a los dos sicarios sentados en aquel banco de El Papiol. Después Jonatan.

Ahora Pascual.

—Cuando alguien pasa demasiado tiempo sin equivocarse, acaba creyendo que nunca lo hará.

No añadió nada más.

Las dos bajaron del coche y atravesaron el vestíbulo de la comisaría. El ambiente era muy distinto al habitual.

Agentes entrando y saliendo de los despachos.

Teléfonos sonando sin descanso.

Pantallas de televisión repitiendo una y otra vez las imágenes del chalé de Pascual López acordonado por la Policía Científica.

La investigación ya no pertenecía únicamente a la Brigada de Homicidios.

Todo el país hablaba de ella.

Axel las esperaba en la sala de reuniones.

Tenía varias carpetas abiertas sobre la mesa y el aspecto agotado de quien llevaba demasiadas horas sin dormir.

Nada más verlas levantó la cabeza.

—Llegáis justo a tiempo.

Tanit dejó la chaqueta sobre una silla.

—¿Ha pasado algo?

Axel dudó un instante.

—La UCO acaba de enviarnos parte del material que mantenían bajo secreto dentro de la investigación de la trama sanitaria.

La inspectora frunció el ceño.

—¿Por qué ahora?

—Porque la muerte de Jonatan y la de Pascual han cambiado completamente el escenario. El juez ha autorizado compartir todo lo que pueda ayudar a esclarecer el asesinato de Claudia.

Naia sintió un vuelco en el estómago.

Axel abrió una carpeta azul mucho más gruesa que las anteriores. —Son meses de intervenciones telefónicas autorizadas judicialmente. Tanit tomó asiento.

—¿Conversaciones entre quiénes?

—Principalmente entre Jonatan Gálvez y Pascual López. Hizo una breve pausa.

—Hay cientos de llamadas. Contratos públicos, adjudicaciones, comisiones, empresas pantalla...

Se encogió de hombros.

—Lo de siempre.

Durante unos segundos nadie habló.

—Pero...

Axel apoyó una mano sobre la documentación.

—En las últimas semanas las conversaciones cambian.

Tanit levantó la vista.

—¿Cómo cambian?

—Empiezan a hablar de una periodista.

Naia sintió un escalofrío incluso antes de escuchar su nombre. Axel giró la carpeta hacia ellas.

En la parte superior de la primera transcripción aparecía una fecha. Tres días antes del asesinato de Claudia.

El silencio cayó sobre la sala.

Tanit acercó la hoja hacia sí.

Por alguna razón tuvo la sensación de estar leyendo las últimas horas de vida de Claudia.

Comenzó a pasar páginas.

Las primeras conversaciones apenas aportaban información nueva. Adjudicaciones.

Pagos.

Empresas pantalla.

Transferencias.

La corrupción aparecía una y otra vez bajo distintos nombres. Siempre el mismo mecanismo.

Hasta que llegó a la fecha señalada.

Tres días antes del asesinato.

Se incorporó ligeramente en la silla.

Axel la observó.

—A partir de aquí empiezan las conversaciones importantes. Tanit comenzó a leer en voz alta.

—«La periodista ha llegado demasiado lejos».

Levantó la vista.

—Gálvez.

—La voz está identificada —confirmó Axel.

Continuó leyendo.

—«Si publica esos documentos, esto nos explotará en la cara». —Pascual —murmuró Naia.

Las líneas siguientes hicieron que el ambiente se volviera más denso. —«Tenemos que reunirnos esta tarde».

Otra respuesta.

—«¿Con Fernando?»

—«Sí. Esto no podemos decidirlo nosotros solos».

Tanit dejó escapar el aire lentamente.

Aquello ya no sonaba a dos hombres preocupados por un escándalo político.

Sonaba a algo mucho peor.

Pasó la hoja.

La conversación continuaba unas horas después.

—«¿Qué ha dicho Fernando?»

Silencio.

Después una respuesta breve.

—«Que esta noche nos vemos los tres».

La mandíbula de Tanit se tensó.

Siguió leyendo.

—«Si esa mujer habla, todo habrá terminado».

—«Entonces habrá que impedirlo».

Las siguientes líneas aparecían separadas por varios minutos. Como si ninguno quisiera pronunciar en voz alta lo que todos estaban pensando.

Hasta que llegó una frase.

Breve.

Seca.

—«De acuerdo».

Otra pausa.

—«Se hace».

Nadie dijo nada.

Naia apenas respiraba.

Tanit pasó a la página siguiente.

La conversación había sido registrada poco después de aquella reunión. —«¿Quién se encargará?»

La respuesta aparecía unas líneas más abajo.

—«Los de siempre».

Silencio.

Después otra voz.

—«¿Los colombianos?»

—«Sí».

La siguiente frase hizo que Axel levantara lentamente la cabeza. —«Nunca han fallado».

Tanit siguió leyendo.

—«Que solo reciban la fotografía».

Otra pausa.

—«Cuanto menos sepan, mejor».

Las últimas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Nadie habló durante varios segundos.

Fue Naia quien rompió el silencio.

—Estaban hablando de Claudia...

Tanit volvió a leer aquellas líneas.

No buscaba confirmar lo evidente.

Buscaba comprender lo que realmente había ocurrido.

Cuando levantó la cabeza, su expresión había cambiado.

—No.

Naia la miró sin entender.

—No estaban hablando solo de Claudia.

Estaban organizando su asesinato.

El silencio fue absoluto.

Axel abrió otra carpeta.

—Hay una segunda conversación.

Está fechada al día siguiente.

Tanit volvió a coger las hojas.

Leyó despacio.

—«¿Está todo preparado?»

—«Sí».

—«Que no haya errores».

Una pausa.

—«Cuando termine, limpieza absoluta».

La inspectora dejó lentamente la transcripción sobre la mesa. No hacía falta leer más.

Por primera vez desde que comenzó la investigación ya no tenían únicamente sospechas.

Tenían pruebas.

La muerte de Claudia no había sido una decisión impulsiva. Había sido acordada, planificada, Encargada, y ejecutada. Solo seguía faltando una pieza.

Fernando.

Un nombre sin apellido.

Sin cargo, sin rostro.

Pero con suficiente autoridad como para que dos hombres acostumbrados a decidir sobre millones de euros aceptaran que la última palabra no les pertenecía.

Tanit permaneció inmóvil.

Aquel nombre...

Le resultaba familiar.

Sabía que ya lo había visto antes.

Solo tenía que recordar dónde.

Se levantó sin decir una palabra y caminó hasta el panel de la investigación.

Durante unos segundos contempló fotografías, informes y documentos.

Por primera vez, todo parecía formar un dibujo reconocible. Cogió un rotulador negro.

Trazó una línea entre Claudia y los dos sicarios.

Después conectó aquella línea con Jonatan Gálvez.

Luego añadió a Pascual López.

Por encima de ambos escribió un único nombre:

Fernando.

Dio un paso atrás.

Axel observaba el panel con los brazos cruzados.

Naia seguía cada movimiento intentando comprender qué estaba viendo Tanit.

La inspectora recorrió de nuevo las fotografías.

Las listas de investigados.

Los informes de la UCO.

Los expedientes.

Veintitrés nombres.

Empresarios, médicos, funcionarios, intermediarios, políticos. Y, sin embargo...

Solo había cuatro muertos.

—No...

Axel levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—Nos hemos equivocado desde el principio.

La sala volvió a quedarse en silencio.

—Pensábamos que alguien estaba eliminando a los implicados en la trama.

Miró uno por uno los nombres.

—Pero no es eso.

Rodeó los cuatro nombres con un círculo.

Los dos sicarios.

Jonatan Gálvez.

Pascual López.

Nada más.

—Si quisieran destruir la organización habrían empezado por otros. Se volvió hacia ellos.

—Hay personas mucho más importantes que siguen vivas. Axel repasó la lista.

Tenía razón.

Muchos de los máximos responsables continuaban declarando ante el juez.

Ninguno había sido atacado.

Solo aquellos cuatro.

Naia se acercó al panel.

—Entonces... ¿qué tienen en común?

Tanit sostuvo la mirada sobre la fotografía de Claudia.

Y entonces lo comprendió.

No era la corrupción, no era el dinero, no eran las adopciones, era Claudia.

Se volvió lentamente hacia ellos.

—Todos participaron en la decisión de matarla.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Axel volvió a mirar las transcripciones.

La reunión.

Fernando.

Los colombianos, la orden, todo encajaba.

Los sicarios habían ejecutado el asesinato.

Jonatan y Pascual habían autorizado la operación.

Y Fernando...

Fernando había estado sentado con ellos aquella noche.

Tanit regresó a la mesa de trabajo.

De pronto recordó algo.

Abrió la carpeta con la documentación recuperada del apartamento de Claudia.

Buscó entre las hojas hasta detenerse en una fotografía ligeramente doblada.

En una esquina aparecía un pequeño círculo rojo trazado con rotulador. Una marca tan discreta que había pasado desapercibida para todos. La sostuvo unos segundos entre los dedos.

Y sonrió.

Con admiración y con tristeza.

—Seguías un paso por delante de nosotros...

Naia se acercó.

—¿Qué has encontrado?

Tanit dejó la fotografía sobre la mesa.

Los tres inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

Era una imagen tomada durante la inauguración de un hospital años atrás.

En primera fila aparecían Jonatan Gálvez y Pascual López estrechando la mano de un tercer hombre mientras posaban para los fotógrafos. Debajo podía leerse el pie de foto:

Fernando Martínez inaugura el nuevo Hospital Virgen del Mar junto al presidente andaluz Pascual López y al consejero de Sanidad Jonatan Gálvez.

Axel fue el primero en hablar.

—Fernando Martínez...

Naia levantó lentamente la vista.

—El ministro del Interior.

Tanit asintió.

No hizo falta añadir nada más, la fotografía hablaba por sí sola. —Entonces los tres estuvieron juntos —dijo Axel.

—Y los tres tomaron la decisión —respondió Tanit.

En ese momento sonó el teléfono de la sala.

Axel respondió casi por inercia, al principio no dijo nada, después su expresión cambió.

—¿Está confirmado?

Escuchó durante unos segundos más.

Finalmente colgó.

Nadie necesitó preguntar.

Su rostro lo decía todo.

—Pascual López.

Tragó saliva.

—Acaban de declararlo oficialmente muerto.

La sala quedó en silencio.

Tanit volvió lentamente hacia el panel.

Cogió el rotulador.

Trazó una cruz sobre el nombre de Pascual.

Después otra sobre Jonatan.

Miró a los dos sicarios.

Y, finalmente, levantó la vista hacia el nombre de Fernando Martínez. Permaneció inmóvil durante varios segundos.

Ahora entendía por qué Amaru había esperado más de veinte años sin dejarse ver.

Y también por qué había reaparecido precisamente ahora. No estaba persiguiendo a los responsables de una trama de corrupción. Estaba persiguiendo a quienes habían condenado a muerte a Claudia. Dejó el rotulador sobre la mesa.

Su voz apenas fue un susurro.

—Si nosotros hemos llegado a esta conclusión...

Miró fijamente el nombre de Fernando Martínez.

—...ella llegó hace días.

Naia sintió un escalofrío.

No hacía falta explicar lo que eso significaba.

Los tres comprendieron la misma verdad al mismo tiempo. La cuenta atrás acababa de comenzar.