Capítulo 34
El zumbido del ascensor rompía el silencio del edificio cuando el escolta privado de Jonatan Gálvez llegó a la última planta.
Miró el reloj, eran las siete y cuarto de la mañana.
Había comenzado a trabajar para él apenas el día anterior, después de que el juez lo dejara en libertad con medidas cautelares. Gálvez insistió en contratar protección aquella misma tarde. Aseguró que temía por su vida.
El escolta pulsó el timbre y esperó.
No obtuvo respuesta, volvió a llamar y después golpeó la puerta con los nudillos, pero nada.
Sacó el teléfono y avisó a la Policía.
Pocos minutos después, varios agentes accedían al ático.
La vivienda transmitía una extraña sensación de normalidad. La cafetera seguía caliente y sobre la mesa del salón descansaba un vaso de whisky a medio terminar.
La televisión permanecía encendida, aunque sin sonido.
No había puertas forzadas, cajones abiertos ni muebles desplazados. Ningún indicio de robo, ninguna señal de pelea.
Solo un detalle rompía aquella aparente tranquilidad.
Jonatan Gálvez permanecía sentado en un sillón, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y los ojos cerrados, como si el sueño lo hubiera vencido mientras veía la televisión.
El médico forense se inclinó sobre el cadáver y Examinó lentamente el cuello.
Pasaron varios segundos hasta que encontró lo que buscaba. Una diminuta punción bajo la mandíbula, casi invisible.
Levantó la vista y cruzó una mirada con el inspector responsable. Ninguno dijo una palabra, no hacía falta.
Ambos habían visto antes aquella marca.
La noticia abrió todos los informativos de la mañana.
Cuando el teléfono de Tanit empezó a sonar de forma insistente, ni siquiera llegó a descolgarlo.
La televisión del apartamento ya mostraba imágenes del edificio acordonado mientras los periodistas se agolpaban detrás del perímetro policial.
—Última hora. Jonatan Gálvez, antiguo responsable de la sanidad pública andaluza durante los años en los que presuntamente operó la trama de las adopciones ilegales, ha sido hallado muerto esta madrugada en su domicilio...
Naia dejó lentamente la taza de café sobre la mesa.
No apartaba la vista de la pantalla.
La periodista continuó.
—Gálvez declaró ayer durante más de seis horas ante el juez instructor. A pesar de los numerosos indicios existentes en su contra, el magistrado acordó dejarlo en libertad al considerar que aún deben practicarse diversas diligencias antes de decidir sobre su posible ingreso en prisión.
Las imágenes mostraban a Gálvez abandonando los juzgados el día anterior, rodeado de cámaras y protegido por sus abogados. Tanit permanecía inmóvil.
Conocía perfectamente el procedimiento.
El juez no lo había declarado inocente.
Simplemente había considerado que, en aquel momento, la ley no permitía adoptar una medida más restrictiva.
Era exactamente, así como debía funcionar un Estado de derecho. Y, sin embargo, alguien parecía no estar dispuesto a esperar. La voz de la periodista volvió a escucharse.
—Las primeras observaciones del equipo forense apuntan a una pequeña punción en el cuello, compatible con la hallada en otras muertes relacionadas con esta investigación.
Naia giró lentamente la cabeza.
—Es la misma persona...
Tanit apagó el televisor.
Durante unos segundos ninguna habló.
La inspectora comenzó a caminar despacio por el salón,
reconstruyendo mentalmente todo lo sucedido desde la muerte de Claudia.
Primero aparecieron los dos colombianos y ahora Jonatan Gálvez. Tres víctimas, tres muertes prácticamente idénticas.
Pero cuanto más las analizaba, más difícil le resultaba aceptar una explicación sencilla.
Los dos primeros eran sicarios, habían matado por dinero. Gálvez, en cambio, jamás había empuñado un arma.
Desde un despacho había firmado informes, autorizado decisiones y contribuido a sostener una maquinaria que utilizó a niñas indefensas para enriquecerse.
Su responsabilidad podía ser incluso mayor, pero era de otra naturaleza. No pertenecían al mismo mundo y, sin embargo, alguien los había colocado en la misma lista y eso era precisamente lo que inquietaba a Tanit.
Naia rompió el silencio.
—¿Qué estás pensando?
La inspectora tardó unos segundos en responder.
—Que quien está haciendo esto no escoge a sus víctimas al azar. Se acercó a la ventana y observó la ciudad despertar.
Las calles comenzaban a llenarse, los semáforos cambiaban y los primeros comercios levantaban sus persianas, todo parecía normal. —Cada una de las víctimas tiene una relación distinta con Claudia. Naia esperó.
—¿Y qué comparten?
—Que, de una forma u otra, aparecen en el camino que terminó llevándola a la muerte.
La respuesta quedó suspendida entre las dos.
Naia bajó lentamente la mirada.
—Entonces alguien está castigando a los responsables.
Tanit negó despacio.
—No lo sabemos.
—Pero lo parece.
La inspectora respiró hondo.
—Parece muchas cosas.
Y precisamente por eso no podemos permitirnos sacar conclusiones antes de tiempo.
Se volvió hacia ella.
—He aprendido que las intuiciones ayudan a iniciar una investigación. Hizo una pausa.
—Pero también pueden destruirla.
Naia permaneció unos segundos en silencio.
Después habló casi en un susurro.
—Si quien está haciendo esto cree que está impartiendo justicia... Le costó terminar la frase.
—...no se detendrá aquí.
Las palabras quedaron flotando en la habitación.
Por primera vez, Tanit sintió un miedo real.
No por el siguiente asesinato, sino porque empezaba a comprender a la persona que perseguían.
No actuaba por dinero, no actuaba por poder ni tampoco por placer. Actuaba convencida de estar haciendo lo correcto.
Y detener a alguien así siempre era mucho más difícil.
Cogió las llaves del coche.
—Vamos.
Naia la miró.
—¿Adónde?
—A seguir investigando.
Abrió la puerta.
—Mientras exista una sola posibilidad de llevar a los culpables ante un tribunal...
Hizo una breve pausa.
—Quiero creer que todavía podemos evitar que alguien decida juzgarlos antes que la justicia.