Las Marcadas Capítulo 33
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Capítulo 33

La comisaría había recuperado el silencio.

No el silencio tranquilo de los días sin trabajo, sino ese otro, mucho más pesado, que aparece cuando una investigación deja de pertenecer a un único inspector y empieza a salpicar a instituciones enteras. Las carpetas seguían abiertas sobre la mesa.

Informes forenses.

Expedientes de adopción.

Contratos públicos.

Anotaciones de Izela.

Cada documento respondía una pregunta y planteaba dos nuevas.

Tanit permanecía de pie frente al ventanal de su despacho.

Barcelona seguía moviéndose como si nada hubiera ocurrido.

Miles de personas caminaban por las aceras, entraban y salían de cafeterías o esperaban el autobús sin imaginar que, muy cerca de ellas, varias personas acababan de morir para proteger un secreto. Naia rompió el silencio.

—Los mató alguien que sabía perfectamente lo que hacía. Tanit no respondió de inmediato.

Seguía observando la ciudad.

—Sí.

—Y sabía dónde encontrarlos.

Ahora sí se volvió hacia ella.

—Eso significa que llevaba tiempo siguiéndolos.

Naia bajó la vista hacia los informes.

Los dos colombianos.

Sicarios profesionales.

Buscados desde hacía años.

Habían secuestrado a Claudia.

Probablemente también habían participado en su asesinato. Y ahora estaban muertos.

La justicia nunca podría interrogarlos.

Durante unos segundos ninguna habló.

Fue Tanit quien volvió a romper el silencio.

—Lo que no consigo entender es por qué los dejaron en aquel banco. Naia levantó la cabeza.

—¿Sigues pensando en eso?

—No dejo de hacerlo.

Se acercó lentamente hasta la mesa.

Apoyó una mano sobre la fotografía de la escena.

—Si alguien quiere borrar un rastro, hace desaparecer el cuerpo. Señaló la imagen.

—Aquí ocurrió justo lo contrario.

Su dedo permaneció unos segundos sobre la fotografía.

—Los dejaron donde cualquiera pudiera encontrarlos.

Naia observó la imagen.

Por primera vez comprendió exactamente adónde quería llegar Tanit. —Entonces...

Guardó silencio un instante.

—No era solo una ejecución.

Tanit asintió despacio.

—Eso creo.

Volvió a mirar la fotografía.

—Igual que dejaron a Claudia en El Papiol para enviar un mensaje... Sus ojos recorrieron la imagen de los dos hombres sentados en el banco.

—...alguien ha respondido a ese mensaje.

Las palabras quedaron suspendidas entre las dos.

No tenían pruebas, solo una intuición.

Pero ambas sintieron el mismo escalofrío.

Porque aquella teoría implicaba algo mucho más inquietante. Ya no existía un único enemigo moviéndose entre las sombras. Había alguien más.

Alguien que también había decidido intervenir.

Naia respiró hondo.

—¿Crees que quien los mató sabía que eran los asesinos de Claudia? Tanit tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

Observó de nuevo las fotografías.

—Pero si lo sabía...

Le costó terminar la frase.

—...no esperó a que nosotros lo demostráramos.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Naia comenzó a caminar despacio alrededor de la mesa. Habían encontrado a Izela.

Habían descubierto el manuscrito que dejó inacabado.

Habían entregado su investigación al periódico.

La UCO había asumido la trama de corrupción.

Y, sin embargo, la sensación de peligro era mayor que nunca. Porque la corrupción seguía una lógica.

Un camino, un beneficio.

Pero los asesinatos parecían obedecer a algo distinto.

Algo más oscuro.

—Hay algo que no deja de darme vueltas en la cabeza —dijo finalmente.

Tanit la miró.

—Dime.

—Todo el mundo parece conocer una parte de esta historia. Empezó a contar con los dedos.

—Rosa, Vanesa, Judit, Claudia, Sor Beatriz.

Hizo una breve pausa.

—Y, aun así, nadie parece conocerla completa.

Tanit sonrió levemente.

—Eso mismo pensaba Izela.

Naia levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

La inspectora abrió el manuscrito.

Buscó una página señalada con un pequeño papel doblado. Y leyó en voz alta:

—«Todos conocen un fragmento. Nadie conoce el dibujo entero». Después cerró el cuaderno con cuidado.

—Creo que fue una de las últimas conclusiones a las que llegó. Las dos permanecieron unos segundos observando la portada. El trabajo de meses.

La búsqueda de una vida.

La investigación que terminó costándole la existencia.

Y también todas las respuestas que nunca llegó a encontrar. Naia pasó lentamente la mano sobre la cubierta.

—Vamos a terminarlo.

Tanit sostuvo su mirada.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Pero ya no solo por Claudia.

Naia esperó.

—También por las demás.

La inspectora observó las carpetas esparcidas sobre la mesa. Las niñas.

Las adopciones.

Las mentiras.

Los nombres que seguían apareciendo una y otra vez.

Aquella investigación había dejado de pertenecerles.

Ya no trataba únicamente de encontrar al responsable de un asesinato. Trataba de comprender una historia que alguien llevaba décadas intentando ocultar.

Y también de impedir que volviera a repetirse.

Fuera quien fuese el responsable.

Y fuera quien fuese la persona que había decidido adelantarse a la justicia.