Las Marcadas Capítulo 32
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Capítulo 32

El Instituto Anatómico Forense volvía a convertirse en el centro de la investigación.

El mismo olor a desinfectante.

Los mismos pasillos silenciosos.

La misma sensación de que, entre aquellas paredes, la verdad siempre terminaba apareciendo, aunque casi nunca lo hiciera a tiempo. El técnico dejó el informe sobre la mesa y miró directamente a Tanit. —Ya tenemos el resultado.

La inspectora no dijo nada.

Esperó.

—El ADN encontrado bajo las uñas de Claudia coincide con el de uno de los dos hombres hallados muertos en El Papiol.

Durante unos segundos nadie habló.

Naia cerró los ojos.

No era la respuesta que deseaba.

Pero sí la que necesitaban.

Por fin tenían la primera prueba que vinculaba directamente a aquellos hombres con el secuestro de Claudia.

—¿Están seguros? —preguntó Tanit.

—Completamente. La coincidencia es total.

La inspectora respiró despacio.

—Entonces Claudia consiguió defenderse.

—Y dejar una prueba antes de morir.

El técnico pasó otra página.

—También hemos identificado a los dos fallecidos.

—¿Quiénes eran?

—Ciudadanos colombianos. Utilizaban varias identidades falsas y estaban siendo buscados por distintos organismos policiales internacionales.

Miró el informe.

—Eran sicarios profesionales.

Naia sintió un escalofrío.

—¿Sicarios?

—Sí. Trabajaban por encargo. Recibían una fotografía, unas instrucciones y dinero. Nunca hacían preguntas.

El silencio volvió a apoderarse de la sala.

Aquello cambiaba muchas cosas.

Si aquellos hombres habían participado en el secuestro de Claudia, significaba que alguien había ordenado su muerte mucho antes de que apareciera el cadáver en la ermita.

Pero seguía faltando el nombre más importante.

Quién había dado la orden.

Porque los sicarios no decidían.

Solo obedecían.

Tanit cerró la carpeta.

—Alguien pagó para matar a Claudia.

—Y después eliminó a quienes podían señalarlo —añadió Naia. El técnico asintió.

—Hay algo más.

Las dos levantaron la vista.

—La autopsia está completa.

Abrió otro informe.

—No murieron por causas naturales.

Ya lo imaginaban.

—Murieron envenenados.

Colocó varias fotografías sobre la mesa.

En todas aparecía el mismo diminuto orificio en el cuello. —La toxina fue inyectada mediante un instrumento extremadamente fino.

Tanit observó las imágenes.

—¿Qué clase de toxina?

—Una neurotoxina muy rara.

—¿Consecuencias?

—Parálisis inmediata. Después un fallo cardiorrespiratorio. Señaló el informe.

—Menos de un minuto.

Naia tragó saliva.

—¿Existe tratamiento?

El forense negó con la cabeza.

—No.

Buscó otra hoja.

—Todo apunta a una toxina obtenida de una rana dardo venenosa de Sudamérica.

La sala volvió a quedar en silencio.

No era un asesinato improvisado.

Era una ejecución.

Preparada.

Limpia.

Profesional.

Alguien había eliminado a dos sicarios sin dejarles la menor posibilidad de reaccionar.

Tanit cerró la carpeta.

Cada respuesta traía una pregunta más inquietante.

—Tenemos dos asesinos a sueldo...

Miró a Naia.

—...ejecutados por alguien todavía más peligroso.

Regresaron a la comisaría con la sensación de que la investigación acababa de desplazarse hacia un terreno mucho más oscuro. Axel ya las estaba esperando.

Sobre la mesa había extendido fotocopias del diario del doctor Lemos, documentos encontrados en la caja fuerte y los primeros informes elaborados por la UCO.

Cuando las vio entrar levantó la vista.

—He estado cruzándolo todo.

Tanit dejó el informe forense sobre la mesa.

—¿Y?

Axel señaló el diario.

—Lemos vio lo que estaba ocurriendo desde dentro.

Después señaló las carpetas de Claudia.

—Y Claudia lo reconstruyó desde fuera.

Guardó silencio unos segundos.

—Nunca trabajaron juntos.

Nunca compartieron información.

Golpeó suavemente ambas carpetas.

—Y aun así terminaron llegando a las mismas conclusiones. Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Aquello ya no era una sospecha.

Ni una teoría.

Era una certeza.

Axel abrió otro documento.

—Todo vuelve siempre a las mismas niñas.

Naia reconoció varios nombres.

El suyo.

El de Claudia.

Y otros que ya habían aparecido en la investigación.

—Las traían desde Colombia con diagnósticos de enfermedades raras. Fue pasando páginas.

—Al principio muchos casos eran reales.

Niñas que necesitaban tratamientos que aquí no podían recibir. Niñas enfermas que encontraron una oportunidad.

Naia observó el esquema.

Aquella parte encajaba con lo que conocía de Carlos Lemos. Con el hombre que Claudia había descubierto en los primeros años de su carrera.

Axel continuó.

—Pero después algo cambió.

Las subvenciones crecieron.

La red también.

Y empezaron a aparecer expedientes cada vez más difíciles de justificar. Abrió otra carpeta.

—Informes manipulados.

Diagnósticos exagerados.

Pruebas repetidas.

Tratamientos innecesarios.

Todo servía para mantener abierta la financiación.

—Entonces las niñas eran la excusa —murmuró Naia.

—Exacto.

Axel asintió.

—Muchas familias no sabían nada.

Algunos médicos tampoco.

Pero alguien descubrió que aquellos expedientes generaban enormes cantidades de dinero.

La sala quedó en silencio.

Tanit observó el mural.

Hospitales.

Fundaciones.

Médicos.

Funcionarios.

Políticos.

Cada nombre llevaba a otro.

Cada documento revelaba una nueva conexión.

Aquello no parecía una trama improvisada.

Parecía una estructura diseñada para sobrevivir durante décadas. Naia bajó la mirada hacia la pasionaria grabada en su costado. Por primera vez sintió que aquella marca conectaba dos historias diferentes.

La de las niñas.

Y la de quienes habían decidido utilizarlas.

Tanit permaneció unos segundos en silencio.

Después cerró lentamente la última carpeta.

—Ahora entiendo por qué mataron a Claudia.

Nadie respondió.

La inspectora levantó la vista.

—Claudia no murió por descubrir una red de corrupción sanitaria. Hizo una breve pausa.

—Murió porque descubrió que el fraude era solo una parte de la historia.

Axel y Naia la miraron.

—Las subvenciones, los informes falsos y los hospitales explican el dinero.

Guardó silencio.

—Pero no explican treinta años de secretos.

La habitación quedó inmóvil.

—Entonces, ¿qué estamos viendo? —preguntó Naia.

Tanit volvió la vista hacia las doce fichas marcadas en verde. Las doce niñas.

Las únicas.

Las elegidas.

—Eso es precisamente lo que Claudia estaba a punto de descubrir. Y por primera vez comprendieron que la verdadera pregunta ya no era quién había matado a Claudia.

La verdadera pregunta era por qué aquellas doce niñas habían sido tan importantes para alguien dispuesto a matar para proteger el secreto.