Las Marcadas Capítulo 31
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Capítulo 31

La plaza continuaba acordonada.

Los curiosos permanecían detrás de las cintas policiales, hablando en voz baja, incapaces de apartar la vista de los dos hombres sentados en el banco.

Parecían dormidos.

Solo al acercarse se comprendía que aquella serenidad pertenecía ya a la muerte.

Axel Montero estaba agachado junto a uno de los cadáveres cuando vio llegar a Tanit.

—Inspectora... venga un momento.

Tanit se acercó junto a Naia.

Axel señaló el antebrazo derecho de uno de los hombres.

—¿Ve esto?

A simple vista apenas se apreciaban unos arañazos recientes. Irregulares.

Profundos.

Como si alguien hubiera intentado apartarlo o defenderse de él con todas sus fuerzas.

La inspectora se inclinó un poco más.

—Los veo.

Axel levantó la mirada.

—La chica se defendió.

Tanit entendió inmediatamente a qué se refería.

Bajo las uñas de Claudia habían aparecido restos de piel y ADN pertenecientes a un hombre aún sin identificar.

Volvió a mirar los arañazos.

Después observó los cadáveres.

Y, poco a poco, las piezas empezaron a encajar.

—¿Crees que participaron en el secuestro?

Axel asintió despacio.

—Es una posibilidad. Si Claudia consiguió arañar a uno de ellos... No terminó la frase.

No hacía falta.

Tanit llamó al forense.

—Quiero muestras completas de los dos. Sangre, tejido, cabello... todo. —Ahora mismo.

—Y que el laboratorio compare el ADN con el encontrado bajo las uñas de Claudia. Quiero prioridad absoluta.

—Así se hará.

El equipo científico volvió a activarse con una rapidez poco habitual. Los fotógrafos documentaban la escena desde todos los ángulos mientras los técnicos recogían cada indicio con una precisión casi obsesiva.

Aquella vez no trabajaban únicamente para averiguar cómo habían muerto aquellos hombres.

Quizá acababan de encontrar el primer rostro relacionado con el secuestro de Claudia.

Naia observó los cuerpos en silencio.

—Si coincide...

Axel terminó la frase.

—Sabremos quién estuvo con Claudia aquella noche.

Tanit negó suavemente.

—Sabremos quién participó en el secuestro.

Miró de nuevo el banco.

—No necesariamente quién la mató.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Durante unos segundos nadie habló.

Fue Axel quien rompió el silencio.

—Llevo quince años trabajando por esta zona.

Tanit levantó la vista.

—¿Y?

—¿Sabe cuántos homicidios ha habido en El Papiol durante todo ese tiempo?

La inspectora negó con la cabeza.

—Ninguno.

Axel observó la plaza.

Los edificios.

Los vecinos.

Las ventanas abiertas.

—Y ahora, en menos de tres semanas, tenemos una periodista asesinada... y dos hombres muertos sentados en un banco. Respiró hondo.

—Puede que me equivoque.

Pero esto huele demasiado a Claudia.

Naia asintió despacio.

Ella también lo sentía.

Tanit permaneció unos segundos observando la escena.

Los cuerpos.

La plaza.

Las cintas policiales agitadas por el viento.

Los vecinos observando desde la distancia.

Finalmente habló.

—No creo que la pregunta sea si está relacionado con Claudia. Ambos la miraron.

—Creo que la verdadera pregunta es por qué los han dejado aquí. Naia frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Tanit comenzó a caminar alrededor del banco.

—Si alguien hubiera querido hacer desaparecer a estos hombres... Volvió la vista hacia los cadáveres.

—Los habría enterrado.

Los habría quemado.

Los habría arrojado al mar.

Hizo una pausa.

—Pero no.

Los ha dejado aquí.

Exactamente aquí.

Donde sabía que tarde o temprano los encontraríamos. El silencio regresó.

Axel terminó preguntando lo que ambos estaban pensando. —Entonces, ¿qué significa?

Tanit tardó unos segundos en responder.

—Todavía no lo sé.

Observó nuevamente los cuerpos.

—Pero creo que estamos interpretando mal esta escena. Naia la miró.

—¿Cómo?

La inspectora respiró hondo.

—Cuando apareció Claudia pensamos que aquel cadáver era un mensaje.

Nadie respondió.

—Ahora aparecen estos dos hombres.

Volvió la vista hacia el banco.

—Y tengo la sensación de que no estamos viendo otro mensaje. Se hizo un breve silencio.

—Estamos viendo una respuesta.

Las palabras tardaron unos segundos en asentarse.

—¿Una respuesta? —preguntó Axel.

Tanit asintió lentamente.

—Imaginemos que alguien dejó el cuerpo de Claudia para decirnos algo.

Guardó silencio unos instantes.

—Para advertirnos.

Para asustarnos.

Para obligarnos a apartarnos.

Después señaló los cadáveres.

—Entonces quien ha dejado a estos dos hombres aquí podría estar respondiendo.

Naia sintió un escalofrío.

—¿Respondiendo a quién?

—Eso es lo que todavía no sabemos.

Tanit habló despacio.

Pensando en voz alta.

—Pero alguien está manteniendo una conversación.

Miró el banco por última vez.

—Y esa conversación se está escribiendo con cadáveres.

El viento agitó las cintas policiales.

A lo lejos, una sirena rompió brevemente el silencio antes de volver a desaparecer.

Nadie habló durante varios segundos.

Fue Axel quien terminó rompiendo el silencio.

—¿Cree que hay más gente implicada?

Tanit no respondió de inmediato.

Contempló nuevamente la escena.

Todo encajaba demasiado bien, y al mismo tiempo, nada encajaba. —No lo sé.

Pero tengo la sensación de que ya no estamos investigando solo un asesinato.

Levantó la vista.

—Estamos viendo un enfrentamiento.

Su mirada recorrió la plaza.

—Y nosotros hemos llegado cuando ya había empezado.

En ese momento vibró su teléfono.

Era el laboratorio.

Contestó de inmediato.

Escuchó durante unos segundos.

Después guardó el móvil.

—Las muestras ya están de camino.

Necesitarán unas horas para comparar el ADN con el encontrado bajo las uñas de Claudia.

Axel asintió.

Ahora tocaba esperar.

Los tres volvieron la vista hacia el banco.

Aquellos dos hombres podían convertirse en la primera prueba que los acercara a los secuestradores de Claudia.

O quizá fueran otra cosa.

Otra pieza de una partida que había empezado mucho antes de que apareciera el primer cadáver.

Mucho antes de que Claudia comenzara a investigar.

Mucho antes incluso de que ellos supieran que existía.

Y seguían sin conocer las reglas.