Las Marcadas Capítulo
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Capítulo

Cuando salieron de La Colmena ninguna de las dos habló durante varios minutos.

Caminaron en silencio por las calles de El Papiol, todavía atrapadas en las palabras de Vanesa.

La noche había caído sobre el pueblo.

Las terrazas comenzaban a vaciarse.

Las luces amarillas de las fachadas dibujaban sombras alargadas sobre las aceras.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

—Era ella —dijo finalmente Naia.

Tanit la miró.

—También lo creo.

Naia respiró hondo.

—Mi madre está aquí.

La frase sonó extraña incluso para ella.

Durante años había sido una ausencia.

Una pregunta.

Un nombre.

Ahora era una mujer real.

Alguien que había caminado por aquellas mismas calles.

—Y encontró a Claudia antes que nosotras.

La inspectora asintió despacio.

Aquella idea no había dejado de perseguirla desde que Vanesa describió a aquella mujer alta, serena, con los mismos ojos que Claudia. No podía ser una casualidad.

—Entonces llegaron a verse.

— Sí.

Naia bajó la mirada.

—Y si llegaron a verse...

Guardó silencio.

—¿Qué ocurrió después?

Ninguna tenía una respuesta.

Amaru llevaba años buscando a sus hijas.

Claudia llevaba meses investigando una organización que parecía extender sus raíces por medio país.

En algún momento sus caminos se habían cruzado.

Y, sin embargo, una estaba muerta y la otra había desaparecido. Aquello solo podía significar una cosa.

Que alguien había llegado antes que ellas.

El trayecto hasta el apartamento transcurrió casi en silencio. Las palabras sobraban.

Cada una intentaba ordenar las piezas que habían aparecido durante los últimos días.

Amaru.

Claudia.

Lemos.

La marca.

Los documentos.

Las desapariciones.

Todo comenzaba a dibujar una imagen más grande.

Y también más peligrosa.

Aquella noche, por primera vez desde que comenzó la investigación, apenas hablaron del caso.

Tanit observó a Naia mientras dejaba la chaqueta sobre el sofá. Parecía agotada.

Mucho más de lo que quería admitir.

Se acercó despacio.

—No quiero perderte.

Naia levantó la vista.

La tristeza seguía allí.

Pero ya no estaba sola.

—No me vas a perder.

Tanit apoyó la frente contra la suya.

Cerró los ojos.

Durante unos segundos el mundo desapareció.

No existían los asesinatos.

Ni las mentiras.

Ni los expedientes ocultos.

Solo aquel instante.

Breve.

Frágil.

Real.

Llevaban días viviendo entre cadáveres, secretos y personas que parecían haber pasado la vida entera escondiéndose.

Aquello era lo único que todavía parecía verdadero.

A la mañana siguiente el país entero despertó sobresaltado.

Todas las cadenas de televisión abrían con la misma noticia.

Documentos entregados de forma anónima a varios medios revelaban una presunta trama de contratos fraudulentos, informes médicos falsificados y desvío de fondos públicos destinados a tratamientos pediátricos.

Las imágenes mostraban hospitales.

Ministerios.

Sedes administrativas.

Periodistas agolpados ante los edificios mientras los expertos analizaban documentos y nombres que hasta entonces habían permanecido ocultos.

Naia observaba la televisión en silencio.

Tanit permanecía de pie junto a la ventana.

Las dos reconocieron inmediatamente lo que estaban viendo. Era Claudia.

Su trabajo.

Su investigación.

Su última jugada.

Incluso después de muerta.

—Lo consiguió —murmuró Naia.

Tanit asintió.

—Solo ha sido el primer golpe.

En la pantalla aparecieron nuevos documentos.

Nuevas cifras.

Nuevos nombres.

Por primera vez, Tanit tuvo la sensación de que Claudia había preparado aquello para sobrevivirse a sí misma.

Como si hubiera sabido que algún día intentarían silenciarla. —Y ahora responderán —dijo Naia.

La inspectora no respondió.

Porque estaba pensando exactamente lo mismo.

Como si aquellas palabras hubieran sido una advertencia, el teléfono comenzó a sonar.

Tanit miró la pantalla.

Raúl.

Contestó inmediatamente.

—Dime.

La voz del inspector sonó más grave de lo habitual.

—Necesito que vengáis al Papiol.

Tanit se incorporó.

—¿Qué ha pasado?

—Han encontrado dos cadáveres en un parque.

Las dos se quedaron inmóviles.

—¿Qué tiene que ver con nuestro caso?

—Todavía no lo sé. Los ha encontrado un vecino esta mañana. No presentan heridas visibles y el forense dice que ambos tienen un pequeño pinchazo en el cuello.

Guardó silencio un instante.

—Puede que no signifique nada. Pero después de lo de Claudia ya no pienso creer en las casualidades.

Cuarenta minutos después atravesaban el cordón policial. El parque permanecía acordonado.

Varios vecinos observaban desde la distancia.

Los agentes intentaban mantenerlos alejados.

Al fondo, junto a un banco, trabajaban el forense y los especialistas de Policía Científica.

Los dos cuerpos seguían sentados uno junto al otro.

Desde lejos parecían dos personas descansando después de un paseo. Solo al acercarse resultaba evidente que estaban muertos. Naia sintió un escalofrío.

No había sangre.

No había golpes.

No había señales de lucha.

Solo una inquietante sensación de normalidad.

Como si la muerte hubiera pasado por allí sin hacer ruido. El forense se acercó a ellas.

—Los dos presentan exactamente la misma lesión.

Se agachó.

Señaló el cuello de una de las víctimas.

Un diminuto punto rojizo.

Apenas visible.

—Un pinchazo.

Después señaló al otro cadáver.

—Exactamente igual.

Tanit observó los cuerpos durante unos segundos.

—¿Qué les inyectaron?

—Todavía no lo sabemos.

Lo determinará el laboratorio.

Pero quien lo hizo sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Ha sido rápido.

Limpio.

Y sin dejar apenas rastro.

La inspectora recorrió lentamente la escena con la mirada.

Nada parecía improvisado.

Aquello no era una pelea, ni una venganza impulsiva, era una ejecución. Naia se acercó a ella.

—¿Qué estás pensando?

Tanit tardó unos segundos en responder.

—Que alguien ha decidido empezar a borrar pruebas.

El viento agitó lentamente la cinta policial.

Los fotógrafos seguían trabajando alrededor del banco.

Naia observó otra vez los cuerpos.

Y comprendió algo.

Hasta ese momento habían creído que perseguían a un asesino. Pero aquello era diferente.

No estaban ante un crimen aislado.

Estaban asistiendo al inicio de una limpieza.

Alguien había comprendido que la verdad estaba empezando a salir a la luz.

Y había tomado una decisión.

Eliminar riesgos, eliminar testigos y eliminar cabos sueltos. Tanit observó una vez más la escena.

Dos muertos.

Ningún error visible.

Ninguna explicación sencilla.

Aquello no parecía improvisado.

Parecía un mensaje.

Y los mensajes siempre tienen un destinatario.

Por primera vez desde que empezó la investigación tuvo la sensación de que el enemigo sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Y también de que estaba asustado.

Porque cuando alguien empieza a matar para proteger un secreto, suele significar una sola cosa.

Que el secreto está a punto de romperse.