Las Marcadas Capítulo 29
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Capítulo 29

La Colmena seguía exactamente igual que la primera vez.

La misma música sonando entre las mesas.

Las mismas luces rojizas.

El mismo olor a perfume y alcohol.

Y, sin embargo, para Tanit todo había cambiado.

La primera vez había entrado buscando información sobre una mujer asesinada.

Ahora sabía que aquella mujer se llamaba Izela.

Que era la hermana de Naia.

Y que alguien la había matado cuando estaba a punto de descubrir algo demasiado importante.

Nada más cruzar la puerta, Judit levantó la vista.

Las reconoció al instante.

La sonrisa apareció por costumbre, aunque desapareció enseguida. Inspectora...

Tanit asintió.

—Necesito hablar con Vanesa.

Judit las observó durante unos segundos antes de responder. —Está terminando con un cliente.

Esperaron junto a la barra.

Ninguna habló.

Naia recorría el local con la mirada.

Intentaba imaginar a Izela allí.

Sentada en alguna de aquellas mesas.

Escuchando.

Observando.

Escondiéndose de alguien.

De pronto comprendió que apenas había conocido a su hermana. Solo conocía la investigación que había dejado tras su muerte. No a la mujer que había sido.

Vanesa apareció pocos minutos después.

Nada más verlas comprendió que no habían regresado por casualidad. —¿Ha pasado algo?

Tanit sostuvo su mirada.

—Hemos descubierto quién era realmente Noemí.

Vanesa dejó de sonreír.

—Se llamaba Izela.

Era la hermana de Naia.

La mujer tardó varios segundos en reaccionar.

Después bajó lentamente la cabeza.

—Dios mío...

El silencio se instaló entre las tres.

Fue Vanesa quien volvió a hablar.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—Necesitamos que hagas un esfuerzo —dijo Tanit—. Cualquier detalle puede ser importante.

Vanesa permaneció pensativa.

Finalmente asintió.

—Hay algo que nunca conté porque entonces no me pareció importante.

Las dos esperaron.

—Noemí venía siempre desde Sants. Yo me subía dos estaciones más adelante, en Cornellà. Coincidíamos muchas tardes en el mismo tren. Respiró hondo.

—Un día venía acompañada.

—¿De quién? —preguntó Tanit.

—De una mujer.

Estaba sentada a su lado. La saludé como siempre y me senté enfrente. —Iban hablando muy bajo. No entendí lo que decían, pero era evidente que se conocían.

—¿Por qué?

Vanesa permaneció unos segundos en silencio.

—Porque se parecían.

Naia levantó la vista.

—¿En qué?

—En los ojos.

Y en la forma de mirarse.

Era extraño.

No parecían dos personas que acabaran de conocerse.

Parecían dos personas que llevaban mucho tiempo buscándose. Durante unos segundos nadie dijo nada.

—¿Cómo era esa mujer? —preguntó Naia.

Vanesa cerró los ojos un instante.

Como si intentara recuperar una imagen muy lejana.

—Difícil de olvidar.

Tanit no la interrumpió.

—Debía rondar los sesenta años. Quizá alguno menos.

Estatura media, constitución fuerte.

Llevaba parte del cabello cubierta con un pañuelo.

No parecía alguien que quisiera esconderse.

Más bien daba la impresión de ser una mujer acostumbrada a pasar desapercibida cuando era necesario.

Abrió los ojos.

—Pero era imposible no fijarse en ella.

—¿Por qué?

—Por la mirada.

Parecía observarlo todo.

Como si pudiera entender a las personas antes de que hablaran. Y, aun así, transmitía una tranquilidad difícil de explicar.

Una paz extraña.

De esas que hacen sentir seguro a quien está cerca.

Naia sintió un nudo en la garganta.

Sin darse cuenta llevó una mano hasta la pasionaria marcada en su piel. Sus dedos recorrieron la cicatriz lentamente.

Tanit observó el gesto de reojo.

No dijo nada.

Pero estaba pensando exactamente lo mismo.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó.

—La mujer se bajó en la siguiente estación.

Esperó a que las puertas se cerraran y desapareció entre la gente. Entonces le pregunté a Noemí quién era.

—¿Y qué respondió?

—Sonrió.

Solo dijo: "Por ahora no puedo contarte nada".

Y yo no volví a preguntar.

Vanesa volvió a quedarse pensativa.

—Aunque ahora recuerdo otra cosa.

Las dos levantaron la cabeza.

—Algún tiempo después la vi aquí.

En La Colmena.

Estaba sentada con Noemí en una mesa del fondo.

Yo aún no sabía quién era.

Al pasar junto a ellas levantó la cabeza, me miró directamente y me dijo una sola frase.

—¿Cuál?

—"Cuídala".

Nada más.

Nunca volvió a dirigirme la palabra.

Pero nunca olvidé cómo lo dijo.

Como si realmente estuviera poniéndola en mis manos.

Naia cerró los ojos.

Aquella mujer había encontrado a una de sus hijas.

Y había tenido que marcharse de nuevo.

Antes de que Tanit y Naia abandonaran el local, Judit se acercó despacio.

Observó la barra.

Las luces.

Las mesas que comenzaban a llenarse.

Como si estuviera contemplando algo que pronto dejaría atrás. —Una pena lo de Noemí.

—Sí —respondió Tanit.

—Era una buena chica.

Guardó silencio un instante.

—He visto pasar a mucha gente por este sitio durante años. Algunas terminaron perdiéndose solas. Otras tuvieron la mala suerte de cruzarse con la persona equivocada.

Apoyó una mano sobre la barra.

—Llevo mucho tiempo diciendo que voy a retirarme.

Y creo que esta vez va en serio.

Naia sonrió.

—¿Ya está cansada?

Judit soltó una pequeña risa.

—Mucho.

Levantó la vista.

—Cuando mi padre murió pensé que cerraría el antiguo Paraíso. Al final lo reformé todo. Cambié el nombre. Cambié el aspecto. Intenté dejar atrás aquella época.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Pero he descubierto que los locales cambian más rápido que las personas.

Antes de marcharse, volvió a mirar a Tanit.

—Solo le daré un consejo, inspectora.

—La escucho.

—Cuando una investigación empieza a señalar siempre a las mismas personas...

Hizo una pausa.

—Pregúntese quién es la única que todavía no ha aparecido. Judit se dio media vuelta y regresó lentamente hacia la barra. La música volvió a llenar el local.

Las conversaciones continuaron.

Todo parecía exactamente igual que el día en que Izela había cruzado aquella puerta por primera vez.

Pero ya nada era igual.

Cuando salieron a la calle, la noche había caído sobre El Papiol. Tanit caminó unos metros en silencio.

Llevaban meses persiguiendo nombres.

Médicos, políticos, intermediarios, asesinos.

Sin embargo, la persona más importante de toda aquella historia seguía siendo una mujer a la que nadie conseguía encontrar.

Una mujer que aparecía y desaparecía desde hacía más de veinte años. Una mujer que parecía moverse siempre un paso por delante de todos. Amaru.

Y por primera vez, Tanit tuvo la sensación de que ella también las estaba buscando.