Las Marcadas Capítulo 28
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Capítulo 28

El AVE llegó a Barcelona poco después del mediodía.

Ninguna de las dos había conseguido dormir durante el viaje. Sobre la mesa del vagón descansaban una mochila y una carpeta de cuero marrón. En su interior viajaban el diario del doctor Carlos Lemos, la documentación hallada en la caja fuerte y el manuscrito inacabado que Claudia había dejado atrás.

Durante buena parte del trayecto apenas hablaron.

Las dos observaban el paisaje que desfilaba tras la ventanilla sin verlo realmente.

Habían abandonado Sevilla con muchas más preguntas que respuestas. Pero también con algo mucho más valioso.

Pruebas.

Pruebas capaces de destruir vidas, fortunas y carreras construidas durante décadas.

No pasaron por casa.

Desde la estación fueron directamente al Instituto de Medicina Legal. El doctor Ferrer las esperaba en su despacho.

Cuando entraron, cerró la carpeta que estaba revisando y las saludó con un gesto serio.

—Ya tenemos los resultados de las muestras recogidas bajo las uñas de Claudia.

Tanit tomó asiento frente a él.

—¿Encontraron algo?

El forense asintió.

—Sí.

Abrió el informe.

—Claudia se defendió antes de morir.

Naia sintió un escalofrío.

Sabía que era una posibilidad.

Escucharlo confirmado resultaba diferente.

Mucho más real.

—Encontramos restos de piel y sangre del agresor.

Tanit mantuvo la mirada fija en él.

—¿Han podido identificarlo?

El doctor Ferrer negó con la cabeza.

—Todavía no.

Giró el informe hacia ellas.

—Hemos conseguido un perfil genético completo, pero no coincide con nadie registrado en nuestras bases de datos.

La inspectora apretó ligeramente la mandíbula.

—Entonces seguimos sin saber quién es.

—No exactamente.

El forense señaló una de las páginas.

—Ahora sabemos que dejó su ADN en la escena.

Y eso significa que, en cuanto tengamos una muestra de cualquier sospechoso, podremos compararla en cuestión de horas.

El silencio duró unos segundos.

No era la respuesta que esperaban.

Pero era suficiente.

El asesino había cometido un error.

Y los errores, tarde o temprano, terminaban encontrando dueño. Al salir del instituto caminaron varios minutos sin rumbo fijo. Barcelona seguía funcionando con absoluta normalidad.

Los semáforos cambiaban de color.

Las terrazas estaban llenas.

La gente reía, discutía o hablaba por teléfono sin imaginar que, en algún lugar de la ciudad, alguien había matado para proteger un secreto. —¿Qué hacemos ahora? —preguntó Naia.

Tanit tardó unos segundos en responder.

Miró la mochila.

Dentro seguían viajando el diario, los documentos y el manuscrito de Claudia.

Demasiada información para guardarla en un despacho. Demasiado peligrosa para dejarla en las manos equivocadas. Sacó el teléfono.

—Pásame con el comandante Hidalgo.

Hizo una pausa.

—Sí. Es urgente.

Dos horas después atravesaban el control de acceso de la UCO. Las condujeron hasta una sala de reuniones donde las esperaba un hombre de unos cincuenta años.

Vestía de paisano.

No llevaba uniforme.

No le hacía falta.

Su mirada bastaba para comprender que llevaba años investigando a personas acostumbradas a mentir.

—Inspectora Vergara.

—Comandante.

Se estrecharon la mano.

Después Hidalgo saludó a Naia y les indicó que tomaran asiento. —Me ha dicho que tiene algo importante.

Tanit abrió la mochila.

Fue colocando los documentos sobre la mesa uno a uno. Contratos.

Informes médicos.

Transferencias.

Listados de niñas trasladadas desde Colombia.

Fotografías.

Anotaciones.

Y, por último, el diario del doctor Lemos.

Hidalgo comenzó a revisar la documentación en silencio. A medida que avanzaba, su expresión se volvía más seria. Terminó una hoja.

Cogió otra.

Y otra más.

Hasta que finalmente levantó la vista.

—¿De dónde ha salido todo esto?

Tanit permaneció en silencio.

—No puedo responder a esa pregunta.

El comandante asintió.

No insistió.

Continuó leyendo.

Entonces encontró la lista.

Treinta y seis nombres.

Veinticuatro marcados en rojo.

Doce en verde.

Y una anotación escrita al pie de la página.

Aptas para la Señora.

Esta vez dejó escapar el aire muy despacio.

—¿Qué significa eso?

—Todavía no lo sabemos.

Hidalgo volvió a recorrer los documentos con la mirada. Cuando habló de nuevo, parecía estar pensando en voz alta. —Llevamos cuatro años detrás de una parte de esto.

Naia y Tanit intercambiaron una rápida mirada.

—¿Una parte?

—Sabíamos que existía una red relacionada con subvenciones sanitarias, informes falsificados y desvío de fondos públicos. Hizo una pausa.

—Llegamos a detener a varias personas.

Pero todas pertenecían al último escalón.

Nunca encontramos a quienes daban las órdenes.

El silencio volvió a instalarse en la sala.

—Si estos documentos son auténticos —continuó—, no estamos hablando solo de corrupción.

Apoyó una mano sobre la lista.

—Estamos hablando de algo mucho más antiguo.

Y probablemente mucho más peligroso.

Entonces Tanit le entregó el diario.

El comandante observó la cubierta de cuero desgastada.

Lo abrió.

Leyó una página.

Después otra.

Y una tercera.

Cuando cerró el cuaderno, su expresión había cambiado por completo. —¿Sabe lo que tiene entre las manos? —preguntó.

Tanit sostuvo su mirada.

—Empiezo a sospecharlo.

Hidalgo negó lentamente.

—No.

Todavía no.

Apoyó una mano sobre la cubierta.

—Esto puede convertirse en una de las pruebas más importantes que he visto en toda mi carrera.

Miró a Naia.

Después a Tanit.

—Y si alguien descubre que lo tienen...

No terminó la frase.

No era necesario.

Las dos entendieron perfectamente el resto.

Una hora después quedó establecido el protocolo.

La UCO y la Fiscalía Anticorrupción asumirían la investigación sobre la trama.

Tanit continuaría al frente del asesinato de Claudia.

Dos investigaciones distintas.

Pero unidas por el mismo origen.

Antes de despedirse, Hidalgo añadió una última advertencia. —Hasta que sepamos quién dirige todo esto, cuanto menos personas conozcan la existencia de esta documentación, mejor.

—Lo entiendo —respondió Tanit.

—Y una cosa más.

La inspectora se detuvo.

—Tengan cuidado.

La sala quedó en silencio.

Porque ninguno de los tres necesitaba una explicación.

Cuando salieron del edificio, el sol comenzaba a ocultarse sobre Barcelona.

Caminaron varios metros sin hablar.

Fue Naia quien rompió el silencio.

—¿Te fías de él?

Tanit miró hacia el edificio que acababan de abandonar.

—Sí.

—Entonces estamos tranquilas.

La inspectora negó despacio.

—No del todo.

Naia la observó.

—¿Por qué?

Tanit sonrió con cansancio.

—Porque una persona puede ser honesta y aun así enfrentarse a enemigos muy poderosos.

Las dos continuaron caminando.

Por primera vez desde que todo había comenzado, ya no llevaban solas el peso de aquella investigación.

Pero ambas sabían que el verdadero peligro seguía ahí fuera. Esperando.

Observando.

Y quizá, por primera vez, empezando a comprender que su secreto ya no estaba enterrado.