Capítulo 27
La tarde comenzaba a caer sobre Sevilla cuando Tanit y Naia abandonaron la casa del doctor Lemos.
Ninguna habló durante los primeros minutos.
La caja metálica descansaba dentro de la mochila de Tanit. En su interior seguían el diario del doctor, los expedientes de adopción, los contratos, las transferencias bancarias, las anotaciones manuscritas y el manuscrito inacabado de Claudia.
Demasiado peso para una simple caja.
Demasiadas vidas encerradas entre aquellas hojas.
Caminaron en silencio hasta el coche.
Cuando Tanit estaba a punto de abrir la puerta, escucharon una voz a sus espaldas.
—¡Esperad!
Las dos se volvieron.
Rosa avanzaba hacia ellas con paso apresurado.
Sujetaba algo entre las manos.
Llegó ligeramente agitada.
—Perdonad. Con todo lo que ha pasado, casi se me olvida. Sacó una tarjeta de visita algo desgastada por las esquinas. Tanit leyó el nombre.
Iván Ruiz.
Sevilla Habla.
—Trabajaba con Claudia —explicó Rosa—. Venía mucho por casa. Hablaban durante horas de periodismo, política e investigaciones. Naia escuchaba en silencio.
Seguía descubriendo fragmentos de la vida de una hermana a la que apenas había conocido.
—¿Sabía algo de la investigación? —preguntó Tanit.
—No todo. Pero bastante más que nadie.
Rosa respiró hondo.
—Hace dos semanas que intenta localizarla.
Las dos intercambiaron una mirada.
—¿Por qué?
—Porque Claudia le dijo que iba a desaparecer unos días. Tanit frunció el ceño.
—¿Desaparecer?
—Le explicó que cambiaría de teléfono y que sería ella quien volvería a contactar cuando todo terminara.
Aquello encajaba demasiado bien.
Claudia sabía que se acercaba a algo peligroso.
Y había intentado desaparecer antes de publicar.
Rosa miró la tarjeta por última vez.
—Hablad con él.
Estoy segura de que os ayudará.
Media hora después llegaron a la redacción de Sevilla Habla. El edificio ocupaba una esquina del centro histórico.
Desde fuera parecía un periódico más.
Dentro era otra cosa.
Teléfonos sonando.
Teclados repiqueteando sin descanso.
Redactores cargados de carpetas.
Pantallas encendidas en cada mesa.
Un caos perfectamente organizado.
Tanit y Naia atravesaron la recepción llevando la caja de cartón. Dentro descansaba todo lo que habían encontrado.
El diario.
Los expedientes.
Los contratos.
Las transferencias.
Las fichas de las treinta y seis niñas.
Y el manuscrito de Claudia.
Toda una vida convertida en prueba.
La recepcionista señaló el fondo de la sala.
—Iván está allí.
El joven apenas tendría veintiséis años.
Trabajaba inclinado sobre el ordenador, rodeado de papeles y vasos de café vacíos.
Cuando escuchó el nombre de Claudia levantó inmediatamente la cabeza.
Y sonrió.
—¿La habéis encontrado?
Tanit sintió una punzada en el estómago.
Aquel muchacho no sabía nada.
Ni siquiera sospechaba lo que estaba a punto de escuchar. —Llevo dos semanas intentando hablar con ella.
Miró el móvil que tenía junto al teclado.
—Pero tampoco me preocupa demasiado.
Naia frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Iván abrió un cajón.
Sacó una libreta.
Buscó una página concreta.
—Porque me avisó.
Leyó en voz alta.
—"Si desaparezco unos días, no intentes localizarme. Voy a cambiar de teléfono y seré yo quien contacte contigo cuando pueda".
Cerró la libreta.
—Me dijo que cuanto menos supiera yo, más seguro estaría. Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
—Era muy cabezota.
Tanit respiró despacio.
Cada palabra hacía más difícil la siguiente.
Iván continuó.
—La última vez que nos vimos estaba feliz.
Decía que por fin había encontrado la pieza que le faltaba. Que todo empezaba a encajar.
Entonces observó la caja.
—¿Todo eso es suyo?
Nadie respondió.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—¿Ha pasado algo?
Naia bajó la mirada.
Fue Tanit quien habló.
—Iván...
Hizo una breve pausa.
—Claudia fue asesinada hace dos semanas en Barcelona. El mundo pareció detenerse.
El joven siguió inmóvil.
Como si no hubiera entendido las palabras.
—No.
Negó lentamente con la cabeza.
—No puede ser.
Miró alternativamente a ambas.
Esperando una rectificación.
Una explicación.
Cualquier cosa.
Pero el silencio terminó de confirmar la verdad.
—No...
Se apoyó en la mesa para no perder el equilibrio.
A su alrededor, la redacción seguía funcionando con absoluta normalidad.
Nadie parecía darse cuenta de que una vida acababa de romperse. Iván sacó el teléfono.
Marcó.
Esperó.
Nada.
Volvió a marcar.
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que finalmente dejó caer el brazo.
Los ojos empezaron a llenársele de lágrimas.
—Prometió que me llamaría...
Su voz apenas era un susurro.
—Me prometió que me llamaría.
Naia sintió un nudo en la garganta.
Aquel dolor le resultaba demasiado familiar.
Durante unos segundos nadie habló.
Cuando volvió a levantar la cabeza, tenía los ojos enrojecidos. Pero también una pregunta.
Solo una.
—¿Quién la mató?
Tanit negó despacio.
—Eso es lo que intentamos averiguar.
Poco después estaban reunidos en una pequeña sala de reuniones. Sobre la mesa descansaban el diario del doctor Lemos, el manuscrito de Claudia y varias copias de la documentación.
El director del periódico observó los documentos durante largo rato. Finalmente respiró hondo.
—Ahora entiendo por qué la mataron.
Nadie respondió.
Iván permanecía sentado frente al manuscrito.
Pasaba los dedos por la cubierta negra como si esperara verla aparecer para recuperarlo.
Al cabo de unos segundos levantó la vista.
—Sabía que podía morir.
Tanit no lo interrumpió.
—La última vez que hablamos me dijo algo.
Tragó saliva.
—"Si algún día dejo de contestarte, no vengas a buscarme. Si todo sale bien, volveré yo. Y si no vuelvo... termina la historia".
El silencio cayó sobre la sala.
—Pensé que estaba exagerando.
Sonrió con tristeza.
—Nunca imaginé que hablaba en serio.
Naia bajó la mirada.
Cuanto más descubría sobre Claudia, más la reconocía.
Valiente.
Obstinada.
Incapaz de apartarse de la verdad, aunque supiera que podía costarle la vida.
El director cerró lentamente el manuscrito.
—Claudia hizo lo correcto.
Los tres levantaron la vista.
—No publicó nada sin pruebas.
Señaló la documentación.
—Y gracias a eso, hoy tenemos algo que ningún abogado podrá desmontar fácilmente.
Guardó silencio unos instantes.
—Vamos a digitalizar absolutamente todo.
Miró a Tanit.
—Vosotras os llevaréis los originales. Nosotros conservaremos copias cifradas.
No hizo falta añadir nada más.
Todos entendieron el mensaje.
Si alguien intentaba destruir las pruebas...
La investigación vería la luz.
Completa.
Sin esperar un día más.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, Tanit sintió que no estaban solas.
Entonces Iván abrió el diario del doctor Lemos.
Las últimas páginas estaban cubiertas de anotaciones apresuradas. Fechas.
Cantidades.
Transferencias.
Hospitales.
Iniciales.
Y una expresión repetida una y otra vez.
La Señora.
Iván frunció el ceño.
—¿Quién es?
—No lo sabemos —respondió Tanit.
Pasó otra página.
Apareció una lista.
Treinta y seis nombres.
Veinticuatro marcados en rojo.
Doce en verde.
Al pie de la hoja había una única frase.
Las doce aptas para La Señora.
Un silencio incómodo se apoderó de la sala.
—¿Qué significa eso? —preguntó Iván.
—Todavía no lo sabemos.
Tanit cerró el diario con cuidado.
Debajo apareció una carpeta mucho más gastada que las demás. No tenía fechas.
No tenía sellos.
Solo una inscripción escrita a mano.
La Señora.
Naia extendió la mano casi por instinto.
Pero Tanit la detuvo.
—No.
—¿Por qué?
La inspectora observó la carpeta durante varios segundos. Tenía la sensación de estar frente a una puerta que no podrían volver a cerrar.
Respiró hondo.
—Porque llevamos demasiadas horas intentando comprender una historia que alguien tardó más de treinta años en construir. Guardó la carpeta de nuevo en la caja.
—Hoy hemos descubierto suficiente.
Mañana seguiremos.
El director asintió.
Iván observó cómo cerraban la caja.
Y comprendió algo.
La muerte de Claudia no era el final de una investigación. Era el comienzo de otra mucho más peligrosa.
Y, en algún lugar, alguien seguía sin saber que el secreto que había intentado enterrar continuaba vivo.