Capítulo 26
La caja fuerte volvió a cerrarse con un leve chasquido metálico. Tanit dejó la llave sobre la mesa sin decir una palabra.
Durante varios minutos ninguna habló.
El diario del doctor Lemos seguía abierto por la última página que habían leído.
A su alrededor descansaban los expedientes de adopción, las copias de contratos, las transferencias bancarias, las listas de niñas llegadas desde Colombia y decenas de documentos que, por sí solos, bastaban para destruir la reputación de muchas personas.
Pero, por primera vez desde que había comenzado la investigación, Tanit tuvo la sensación de que aquellas pruebas no respondían a todas las preguntas.
Solo demostraban que Claudia tenía razón.
Naia fue la primera en romper el silencio.
—¿Y ahora qué?
La inspectora cerró despacio el diario.
—Ahora sabemos por qué la mataron.
Guardó los documentos cuidadosamente dentro de una carpeta. —Pero todavía no sabemos todo lo que descubrió.
Naia levantó la vista.
—¿Crees que encontró algo más?
Tanit recorrió la habitación con la mirada.
La cama seguía impecablemente hecha, las estanterías permanecían repletas de libros.
El escritorio continuaba exactamente igual que el día en que Claudia había salido de aquella casa por última vez.
Resultaba difícil creer que una periodista tan meticulosa hubiera dejado su trabajo a medias.
Se acercó lentamente a la biblioteca.
Pasó la mano por los lomos de los libros.
Historia, derecho, periodismo, criminología, política.
Nada parecía fuera de lugar.
Hasta que uno de ellos llamó su atención.
Era un cuaderno de tapas negras, encajado entre dos gruesos volúmenes de derecho constitucional.
No parecía un libro, parecía oculto, lo extrajo despacio, no tenía título. Solo una pequeña etiqueta adhesiva escrita a mano.
Borrador.
Naia se acercó.
—¿Qué es?
Tanit abrió la primera página.
Las dos permanecieron inmóviles.
No era un cuaderno de notas, era un manuscrito y en la primera hoja podía leerse:
LAS MARCADAS
Borrador. No publicar hasta verificar toda la información.
Debajo aparecía otra frase, escrita con una letra más pequeña: Si estás leyendo esto antes de que yo lo publique, significa que alguien llegó antes que yo.
Ninguna de las dos dijo nada.
Tanit pasó lentamente la página.
El texto comenzaba así:
Todo empezó el día que Rosa me entregó una llave y me dijo que mi padre llevaba años esperando que llegara este momento...
La inspectora levantó despacio la mirada hacia Naia.
—No estaba escribiendo un reportaje.
Naia apenas podía apartar los ojos de aquellas páginas.
—Estaba escribiendo la historia de su vida.
Por primera vez desde que habían llegado a Sevilla, ambas comprendieron que Claudia aún tenía mucho que contar.
Durante unos segundos ninguna se atrevió a pasar la página. La sensación era extraña, como si Claudia siguiera allí, sentada en aquella habitación.
Observándolas desde algún rincón invisible, esperando que alguien terminara de escucharla.
Naia apoyó lentamente una mano sobre el manuscrito.
—Es ella...
Tanit asintió.
—Sí.
Abrió la siguiente página.
Las primeras líneas estaban escritas con una letra firme y segura. No parecían notas improvisadas, parecían el comienzo de un libro. Nunca quise investigar mi adopción.
Durante muchos años pensé que el pasado pertenecía únicamente a quienes habían decidido vivir en él.
Mi padre jamás habló de Colombia y yo nunca encontré motivos para hacer preguntas.
Crecí rodeada de cariño. Rosa fue una madre mucho antes de que yo comprendiera el significado de esa palabra.
Mi padre hizo todo lo posible para que nunca me faltara nada.
Todo cambió el día que Rosa me entregó una pequeña llave de latón.
Naia levantó lentamente la vista.
Aquella llave.
La misma que acababan de utilizar para abrir la caja fuerte. Tanit siguió leyendo.
Me dijo que mi padre llevaba años preparándose para olvidar.
Que el neurólogo le había diagnosticado una enfermedad que acabaría robándole los recuerdos y que, antes de perderlos, había dejado una única instrucción.
Si algún día ya no podía reconocerme, Rosa debía entregarme aquella llave.
No antes. Las dos permanecieron en silencio.
La historia comenzaba exactamente donde terminaba la memoria de Carlos Lemos.
Tanit pasó la página.
Abrí la caja esperando encontrar recuerdos familiares. Fotografías de mi madre. Cartas antiguas. Quizá algún documento relacionado con mi adopción.
Encontré algo completamente distinto.
Encontré el diario de mi padre.
La inspectora cerró el manuscrito durante un instante.
Necesitaba respirar.
Todo empezaba a encajar.
La caja, el diario, el viaje a Colombia, la búsqueda de Naia. Nada había sido casual.
Naia rompió el silencio.
—Ella no empezó investigando una conspiración.
—No.
Tanit volvió a abrir el manuscrito.
—Solo intentaba entender a su padre.
Las páginas siguientes describían las primeras impresiones de Claudia al leer el diario.
No había acusaciones, no había conclusiones, solo preguntas. Muchas preguntas.
¿Por qué un médico respetado había ocultado durante tantos años aquellos documentos?
¿Por qué conservaba copias de expedientes médicos que nunca debieron abandonar un hospital?
¿Por qué aparecían nombres de políticos junto a informes clínicos de niñas colombianas?
¿Por qué algunas páginas estaban marcadas con tinta roja? ¿Por qué doce nombres aparecían repetidos una y otra vez? Tanit dejó de leer.
—No siguió las respuestas.
Naia completó la frase.
—Siguió las preguntas.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de la inspectora.
Era exactamente lo que habría hecho una buena periodista. En ese momento llamaron suavemente a la puerta.
Las dos levantaron la cabeza.
Era Rosa.
—¿Puedo pasar?
Tanit cerró despacio el manuscrito.
—Claro.
Rosa entró llevando una bandeja.
Había preparado café y algo de comida.
Sus ojos se detuvieron inmediatamente en el cuaderno de tapas negras. Lo reconoció al instante.
—Así que lo habéis encontrado...
Naia la observó.
—¿Sabía que estaba aquí?
La mujer negó despacio.
—Sabía que Claudia escribía todas las noches. Decía que algún día, cuando estuviera completamente segura de todo, publicaría el reportaje más importante de su vida.
Se quedó mirando la cubierta durante unos segundos.
Luego la acarició con la yema de los dedos.
—Nunca imaginé que no llegaría a terminarlo.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
Tanit observó los documentos apilados sobre la mesa.
Luego miró el manuscrito.
Y comprendió algo.
A partir de aquel momento tenían dos investigaciones abiertas. La que ellas estaban llevando a cabo.
Y la que Claudia había dejado escrita para quien tuviera el valor de terminarla.