Capítulo 25
Rosa las dejó solas.
Antes de salir, se detuvo un instante junto a la puerta.
—Quedaos el tiempo que necesitéis. Todo lo que hay aquí era de Claudia. Nunca tuve valor para tocar nada.
Cerró despacio.
El silencio volvió a adueñarse de la habitación.
Naia permaneció inmóvil durante unos segundos.
Aquella había sido la habitación de su hermana.
La cama seguía perfectamente hecha. Sobre una estantería descansaban decenas de libros de historia, derecho, periodismo y política.
En una de las paredes colgaban mapas cubiertos de notas y trazos de rotulador rojo.
El escritorio ocupaba casi toda la ventana, iluminado por la luz dorada de la tarde.
Todo seguía exactamente igual que el último día.
Como si Claudia hubiera salido un momento y fuera a regresar en cualquier instante.
Naia abrió lentamente el primer cajón.
Dentro había fotografías.
Decenas de ellas.
Las fue observando una a una.
Claudia con seis años.
Con uniforme escolar.
Aprendiendo a montar en bicicleta.
Celebrando cumpleaños.
Recibiendo el título de periodista.
En casi todas aparecía Rosa.
Abrazándola, sonriendo junto a ella, protegiéndola.
Carlos Lemos apenas aparecía en unas pocas.
Naia dejó escapar una sonrisa triste.
—Fue ella quien la crio.
Tanit, que examinaba los libros y carpetas del escritorio, asintió. —Eso parece.
Naia siguió contemplando las fotografías.
Durante toda su vida había imaginado el rostro de una hermana desconocida.
Ahora lo tenía delante.
Habían crecido en mundos distintos.
Con nombres distintos, con familias distintas.
Y, aun así, había algo imposible de ignorar.
La forma de sonreír, la mirada, la inclinación de la cabeza al posar. Pequeños gestos que parecían repetirse como un eco.
Como si ambas compartieran algo más profundo que la sangre. Guardó las fotografías cuidadosamente.
No había llegado hasta Sevilla para llorar.
Había viajado para descubrir quién había matado a Claudia. Y para terminar lo que ella había empezado.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Rosa apareció con una bandeja, tres cafés y un plato de pastas que nadie parecía dispuesto a probar.
La dejó sobre el escritorio.
Pero no se marchó.
Se quedó observando la habitación durante unos segundos. Después miró a Naia.
—Hay algo que nunca conté a los policías que vinieron después de... bueno... después de todo aquello.
Tanit levantó la cabeza de inmediato.
—¿Por qué?
Rosa bajó la mirada.
—Porque no era un secreto mío.
Se sentó frente a ellas.
Entre las manos llevaba un pequeño llavero de cuero desgastado por los años.
Del extremo colgaba una única llave.
La acarició con el pulgar.
Como si estuviera recordando algo.
—Hace unos años el doctor Lemos me llamó a su despacho. Respiró hondo.
—Y nunca olvidé aquella conversación.
—Rosa... siéntate un momento.
Ella dejó el paño que llevaba en las manos.
Conocía aquel tono de voz.
No era el del médico dando instrucciones.
Era el de un hombre que necesitaba hablar.
Carlos Lemos permanecía sentado detrás del escritorio.
Sobre la mesa había un sobre cerrado y un pequeño llavero. Parecía cansado.
Mucho más cansado de lo habitual.
Esperó a que Rosa se sentara.
Después le dedicó una sonrisa extrañamente tranquila.
—Esta mañana he estado en el neurólogo.
A Rosa se le encogió el estómago.
—¿Ha ido todo bien?
Él negó despacio.
—Ya tengo un diagnóstico.
Hizo una pausa.
—Alzhéimer.
La palabra quedó suspendida entre los dos.
Pesada.
Irreversible.
—No...
Lemos sonrió con tristeza.
—Todavía puedo trabajar. Todavía puedo leer. Todavía recuerdo casi todo.
Bajó la vista hacia sus manos.
—Pero llegará un día en que no sabré quién eres.
Levantó la mirada.
—Ni quién es Claudia.
Su voz se quebró apenas un segundo.
—Y eso es lo que más miedo me da.
Durante unos instantes ninguno habló.
Después empujó el llavero hacia ella.
—Quiero que guardes esto.
Rosa observó la llave.
—¿Qué es?
—La llave de la caja fuerte de mi despacho.
Frunció el ceño.
—¿Y por qué me la da a mí?
Lemos respiró profundamente.
—Porque eres la única persona en la que confío para hacer esto. Abrió el sobre que tenía delante.
Sacó varios documentos.
—También he modificado el testamento.
—No hacía falta.
Él sonrió con dulzura.
—Claro que hacía falta.
Guardó silencio unos segundos.
—Después del accidente, esta casa se vino abajo.
Miró hacia la ventana.
—Y yo me refugié en el trabajo para no enfrentarme a mi propia culpa. Sus ojos se humedecieron.
—Mientras tanto, fuiste tú quien llevó a Claudia al colegio. Quien la ayudó con los deberes. Quien estuvo a su lado cuando tenía fiebre. Rosa sintió que las lágrimas comenzaban a aflorar.
—Quien celebró sus cumpleaños. Quien la abrazó cuando lloraba. La miró directamente.
—Fuiste tú quien hizo de madre cuando yo ya no sabía cómo seguir siendo padre.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Rosa.
—Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
Lemos negó lentamente.
—No.
Su sonrisa estaba llena de tristeza.
—Hiciste lo que muy pocas personas son capaces de hacer. Hizo una pausa.
—Quedarte.
Empujó los documentos hacia ella.
—Mientras dependa de mí nunca te faltará nada. Esta siempre será tu casa.
Volvió a coger la llave.
Y la cerró sobre la mano de Rosa.
—Escúchame bien.
Su voz se volvió más grave.
—Cuando llegue el día en que deje de reconocer a Claudia... Respiró hondo.
—Entrégale esta llave.
Solo a ella.
—¿Qué hay dentro de esa caja?
Lemos tardó varios segundos en responder.
Demasiados.
Como si hubiera dedicado años a evitar aquella pregunta. Cuando habló, su voz apenas fue un susurro.
—La verdad.
Un escalofrío recorrió la espalda de Rosa.
—¿Qué verdad?
El médico cerró lentamente los ojos.
—La que debí contar hace muchos años.
Durante los primeros meses intentó engañarse.
Quiso creer que los olvidos eran pequeños accidentes.
Nombres que se escapaban.
Citas confundidas.
Objetos colocados en lugares absurdos.
Nada que no pudiera ocurrirle a cualquiera.
Pero después llegaron otras cosas.
Una mañana encontró las llaves de casa dentro del frigorífico. Otra tarde apareció caminando por una calle del centro sin recordar cómo había llegado hasta allí.
Y un día, mientras ordenaba unos documentos en el despacho, Carlos la observó durante varios segundos con desconcierto.
Como si intentara recordar quién era.
Aquella mirada la persiguió durante semanas.
Porque en ella no había reconocimiento.
Solo una enorme sensación de pérdida.
A partir de entonces comenzó a entender que la enfermedad no avanzaba de golpe.
Lo hacía poco a poco.
Robando fragmentos de una vida.
Una fecha.
Un nombre.
Un recuerdo.
Hasta dejar únicamente espacios vacíos donde antes había existido una persona.
Por eso comprendió la importancia de aquella llave.
Porque había llegado un momento en que Carlos ya no luchaba contra el olvido.
Luchaba contra el miedo de que la verdad desapareciera con él. Aquella noche cenaron en silencio.
No era algo extraño.
Desde que la enfermedad había avanzado, las conversaciones se habían vuelto cada vez más breves.
Lemos apenas probaba la comida, pasaba largos minutos contemplando la pared perdido en lugares a los que nadie más podía acceder. —Carlos, come un poco más —dijo Rosa.
El anciano levantó la vista.
La observó durante unos segundos.
Sin reconocerla.
Después volvió a bajar la cabeza.
Claudia intentó sonreír.
—Hoy has salido al jardín.
Lemos frunció ligeramente el ceño.
—¿Jardín?
La palabra sonó extraña en su propia boca.
Un instante después preguntó dónde estaba su mujer.
Y diez minutos más tarde volvió a hacer exactamente la misma pregunta.
Rosa sintió un nudo en la garganta.
Aquello ocurría cada vez con más frecuencia.
Cuando terminaron de cenar, ayudó al anciano a acostarse. Esperó hasta que se durmió.
Y solo entonces regresó al salón.
Claudia estaba recogiendo los platos.
Rosa la observó durante varios segundos.
Después habló.
—Ha llegado el momento.
Claudia levantó la cabeza.
—¿Qué momento?
Rosa caminó hasta un antiguo aparador.
Abrió uno de los cajones.
Y sacó una pequeña llave de latón, desgastada por el tiempo. La sostuvo entre los dedos unos segundos.
Luego se la entregó.
—Esto es para ti.
Claudia la observó sin comprender.
—¿Qué es?
—La llave de una caja fuerte.
—¿Qué caja fuerte?
—La que está escondida detrás del cuadro del despacho. La joven se extrañó.
—Nunca me habló de ninguna caja fuerte.
—Porque nunca quiso que nadie supiera que existía.
Rosa tomó aire.
—Cuando le diagnosticaron la enfermedad, me pidió que la guardara. Claudia permaneció inmóvil.
—Aquella noche me dijo algo que jamás he olvidado.
La llave descansaba ahora sobre la mesa.
Pequeña, insignificante.
Y, sin embargo, Claudia no podía dejar de mirarla.
—Me dijo: "Llegará un día en que deje de reconocer a las personas que más quiero. Y cuando ya no sepa quién eres, tampoco podré contarte la verdad".
Las manos de Claudia empezaron a temblar.
—¿Qué verdad?
Rosa negó lentamente con la cabeza.
—Eso nunca me lo dijo.
Miró hacia el pasillo que conducía al dormitorio.
—Solo añadió una cosa más.
Su voz apenas era un susurro.
—"Cuando ya no recuerde quién es mi hija, entrégale la llave. Que sea ella quien decida si quiere conocer la verdad".
El salón quedó en silencio.
Un silencio tan profundo que parecía respirar.
Claudia bajó la mirada hacia la pequeña llave de latón.
Era un objeto insignificante.
Y, sin embargo, sintió que sostenía el peso de toda su vida. Se levantó sin decir una palabra.
Cruzó el pasillo.
Abrió la puerta del despacho.
Y entró.
Sin saber que, al girar aquella llave, estaba a punto de descubrir algo capaz de cambiar para siempre todo lo que creía saber sobre sí misma. Y quizá también el motivo por el que alguien decidió matarla.