Capítulo 24
La casa del doctor Lemos parecía detenida en el tiempo.
Era una vivienda antigua, amplia y silenciosa, situada en una calle tranquila de Sevilla.
En las paredes colgaban diplomas enmarcados, fotografías de congresos médicos y reconocimientos oficiales que hablaban de una carrera brillante.
Las estanterías estaban repletas de libros de medicina, álbumes familiares y recuerdos acumulados durante toda una vida.
Todo transmitía la imagen de un hombre respetado.
Y, sin embargo, bastaba cruzar el umbral para percibir otra cosa. Aquella casa llevaba años viviendo de los recuerdos.
Tanit llamó al timbre.
Pasaron varios segundos antes de que la puerta se abriera. La mujer que apareció tendría poco más de cincuenta años. Vestía con sencillez y el cansancio era evidente en su rostro, pero sus ojos conservaban una serenidad difícil de encontrar.
—¿Sí?
Tanit mostró la placa.
—Policía Nacional. Necesitamos hablar con el doctor Carlos Lemos. La mujer dudó apenas un instante antes de hacerse a un lado. —Pasen. Me llamo Rosa.
Las condujo al salón.
La estancia era luminosa, pero había algo melancólico en ella. Como si hubiera sido diseñada para una familia que ya no existía.
Junto a una ventana, sentado en un sillón, un anciano observaba el jardín.
Al menos parecía observarlo.
Su mirada estaba perdida en algún lugar inaccesible.
La televisión permanecía encendida, aunque sin sonido.
Tanit se acercó despacio.
—Doctor Lemos.
El anciano no reaccionó.
Naia dio un paso adelante.
—Doctor...
Entonces él levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos se detuvieron sobre ella.
Durante unos segundos pareció buscar algo.
Un recuerdo.
Un nombre.
Una imagen.
Algo que ya no lograba alcanzar.
Sus labios temblaron.
—Claudia...
El susurro apenas fue audible.
—Claudia...
Y volvió a perderse tras el cristal de la ventana.
Rosa suspiró.
—Hay días en los que ni siquiera habla.
Miró al anciano con ternura.
—Otros solo recuerda ese nombre.
Naia sintió una extraña mezcla de emociones.
Durante semanas había imaginado aquel encuentro.
Había odiado a aquel hombre.
Lo había culpado.
Lo había convertido en una pieza clave de todas las preguntas. Y ahora tenía delante a alguien incapaz de recordar siquiera quién era. Durante varios minutos intentaron hablar con él.
Le preguntaron por Colombia.
Por el orfanato.
Por Sor Beatriz.
Por Izela.
Por las adopciones.
La respuesta siempre era la misma.
—Claudia.
Nada más.
Como si ese nombre hubiera sido la última isla que quedaba en medio del naufragio de su memoria.
Finalmente, Tanit se volvió hacia Rosa.
—¿Hace mucho que está así?
—Los primeros olvidos empezaron hace unos años. Después todo fue muy rápido.
Bajó la mirada.
—Ahora necesita ayuda para prácticamente todo.
Naia observó al anciano.
Le costaba asumir que aquel hombre había cambiado el destino de tantas personas y, al mismo tiempo, hubiera terminado atrapado en una mente incapaz de recordar su propia historia.
—¿Claudia era su hija? —preguntó.
La expresión de Rosa se suavizó.
—La adoptó cuando era una niña.
Sonrió con tristeza.
—Venía de Colombia. Creo que allí se llamaba Izela.
Aquellas palabras parecieron llenar toda la habitación.
Izela.
Por primera vez, aquel nombre no pertenecía al pasado.
Vivía también allí.
Entre aquellos muebles.
Entre aquellas fotografías.
Entre aquellas paredes.
—Mi señora la quiso desde el primer momento —continuó Rosa—. Los dos la recibieron con muchísimo cariño.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero la felicidad duró muy poco.
Tanit levantó la vista.
—¿Qué ocurrió?
Rosa tardó unos segundos en responder.
Como si aquella historia siguiera doliendo después de tantos años. —Un accidente de tráfico.
El salón quedó en silencio.
Incluso la televisión parecía haberse apagado.
—En el coche viajaban el doctor, su esposa, su hija Lucía y Claudia. Lucía tenía diez años.
Respiró hondo.
—Un camión invadió su carril.
Nadie dijo nada.
—La señora Lemos y la niña murieron en el acto.
Naia cerró los ojos un instante.
—Claudia fue la única superviviente.
La voz de Rosa se quebró ligeramente.
—Pasó semanas hospitalizada. La cicatriz que tenía en la espalda era consecuencia de aquel accidente.
Tanit recordó inmediatamente la autopsia.
La cicatriz.
La descripción.
Todo encajaba.
—Después de aquello el doctor cambió.
Rosa miró al anciano.
—Nunca volvió a ser el mismo.
Su voz se volvió más suave.
—Se refugió en el trabajo. Cada vez pasaba más horas en el hospital. Yo ya trabajaba para la familia por entonces. Limpiaba la casa y ayudaba con las niñas cuando hacía falta.
Sonrió con melancolía.
—Un día me pidió que me quedara de forma permanente. Se volvió hacia Naia.
—Y al final fui yo quien crio a Claudia.
—¿La quiso?
La pregunta escapó casi sin que Naia fuera consciente.
Rosa sonrió.
Esta vez sin tristeza.
—Como si fuera mi propia hija.
Aquella respuesta golpeó a Naia más de lo que esperaba. Porque entendía perfectamente lo que significaba.
No tener los mismos apellidos.
No compartir la misma sangre.
Y aun así ser familia.
—La llevaba al colegio. La ayudaba con los deberes. Celebrábamos los cumpleaños juntas.
Sus ojos se humedecieron.
—La vi crecer.
Sonrió levemente.
—La vi convertirse en periodista.
La sonrisa desapareció.
—Y también la vi empezar a hacerse preguntas sobre su pasado. Tanit permanecía muy atenta.
—¿El doctor hablaba con usted?
—Mucho.
Rosa asintió.
—Necesitaba desahogarse con alguien. Nunca fuimos pareja, pero compartimos media vida bajo este techo.
Miró hacia el jardín.
—Me confiaba muchas cosas.
Hizo una pausa.
—Aunque con los años empezó a guardar demasiados silencios. Aquella frase llamó la atención de Tanit.
Demasiados silencios.
Lo anotó mentalmente.
—¿Cambió su relación con Claudia?
Rosa tardó unos segundos en responder.
—Nunca dejó de quererla.
Lo dijo con absoluta convicción.
—Pero cada vez que la miraba también veía a su mujer y a Lucía. Sus ojos se dirigieron nuevamente hacia el anciano.
—Creo que jamás consiguió perdonarse haber sobrevivido. El silencio regresó.
Lento.
Pesado.
Humano.
Entonces Tanit reparó en un escritorio situado junto a una pared. Había archivadores, carpetas y varios cuadernos perfectamente alineados.
Demasiado orden para pertenecer a una periodista.
O precisamente el orden de alguien que necesitaba controlar el caos. —¿Todo esto era de Claudia?
—Sí.
Rosa asintió.
—Era una periodista extraordinaria.
Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.
—¿Recuerdan el caso del alcalde de Marbella? Fue ella quien destapó gran parte de aquello.
Tanit se acercó al escritorio.
Y entonces lo vio.
Entre los archivadores había huecos.
Espacios vacíos.
Como dientes arrancados.
Faltaban carpetas.
Varias.
No dijo nada.
Pero lo registró al instante.
—¿Sabe qué investigaba últimamente?
Rosa bajó la mirada.
—No exactamente.
Dudó.
—Pero llevaba meses obsesionada.
La inspectora permaneció inmóvil.
—¿Obsesionada con qué?
—Con algo relacionado con su adopción.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—Decía que, cuando saliera a la luz, algunas personas muy importantes tendrían problemas.
Tanit y Naia intercambiaron una mirada.
Ya casi no tenían dudas.
Claudia no había muerto por casualidad.
Había encontrado algo.
La cuestión era qué.
Rosa volvió a fijarse en Naia.
Esta vez la observó durante varios segundos.
Con atención.
Con extrañeza.
Como si hubiera algo familiar en ella.
Después caminó hasta una estantería.
Sacó un viejo álbum de fotografías.
Lo abrió con cuidado.
Buscó una página.
Y extrajo una imagen.
—Toma.
Naia la sostuvo entre los dedos.
Y sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
En la fotografía aparecía una niña de cinco años junto al doctor Lemos. Cabello oscuro.
Ojos verdes.
Sonrisa tímida.
Durante unos segundos no pudo apartar la mirada.
Era como contemplar una versión infantil de sí misma.
—Es el primer día que llegó a Sevilla —explicó Rosa.
Naia acarició la fotografía.
No estaba mirando una imagen.
Estaba mirando a su hermana.
A la niña que creció sin saber que ella existía.
A la niña que llevaba toda su vida buscando respuestas.
Tanit sacó entonces el teléfono móvil.
Abrió la fotografía tomada durante la autopsia.
Y la mostró en silencio.
Rosa necesitó apenas unos segundos.
El color desapareció de su rostro.
—No...
Se llevó una mano a la boca.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
—Dios mío...
Su voz se quebró.
—Es Claudia...
Se dejó caer lentamente en una silla.
Sin apartar los ojos de la pantalla.
Como si esperara despertar de una pesadilla.
Naia sintió un nudo en la garganta.
Aquella mujer lloraba como solo pueden llorar las madres. Porque, de algún modo, Rosa también lo había sido.
Durante varios minutos nadie dijo nada.
No hacía falta.
El dolor llenaba toda la habitación.
Finalmente, Tanit guardó el teléfono.
Habían llegado a Sevilla buscando respuestas.
Y acababan de encontrar algo mucho más valioso.
La única persona que había acompañado a Claudia durante toda su vida seguía allí.
Y quizá también fuera la única capaz de ayudarlas a terminar la investigación que ella ya no había podido concluir.