Las Marcadas Capítulo 23
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Capítulo 23

El viaje de vuelta fue distinto.

No más fácil, no más ligero, simplemente distinto.

Colombia quedaba atrás, pero todo lo que habían descubierto seguía viajando con ellas.

Desde la ventanilla, Naia observaba el océano de nubes extendido bajo el avión.

Blanco, inmóvil, infinito.

Como si el mundo hubiera desaparecido bajo aquella capa silenciosa. Tanit la observó durante unos segundos antes de hablar.

—¿En qué piensas?

Naia tardó un momento en responder.

—En ella.

No hacía falta preguntar quién.

—En mi madre.

Su voz era serena, pero diferente.

Ya no hablaba de Amaru como de una desconocida.

Ni como de una leyenda surgida entre los árboles de la selva. Había empezado a hablar de ella como de alguien real.

Como de alguien a quien había perdido antes de conocer. —Y en todo lo que tuvo que pasar para llegar hasta el orfanato. Tanit asintió.

Naia volvió a mirar por la ventanilla.

Las nubes se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Resultaba extraño pensar que, bajo aquella inmensidad blanca, quedaban miles de kilómetros de selva.

Yaruca.

Parua.

El río.

El orfanato.

Sor Beatriz.

Todo parecía pertenecer ya a otro mundo.

—¿Sabes qué es lo que más me cuesta entender? —preguntó de repente.

Tanit giró ligeramente la cabeza.

—¿Qué?

—Que durante toda mi vida pensé que mi historia era bastante simple. Sonrió con tristeza.

—Una niña adoptada. Unos padres que la querían. Un colegio. Una universidad. Un trabajo.

Guardó silencio unos segundos.

—Ahora miro hacia atrás y siento que apenas conocía la mitad. Tanit observó el perfil de Naia iluminado por la luz que entraba por la ventanilla.

—A veces ocurre.

—¿A ti también?

La inspectora tardó un instante en responder.

—Más de una vez he investigado casos que parecían una cosa y terminaron siendo otra completamente distinta.

Naia negó lentamente.

—No me refiero a los casos.

Aquella respuesta hizo que Tanit sonriera.

Durante unos segundos ninguna dijo nada.

—Supongo que todos tenemos partes de nuestra vida que solo entendemos cuando miramos atrás.

Naia apoyó la mejilla contra el cristal.

—La diferencia es que yo estoy descubriendo la mía mientras ocurre. El comentario arrancó una pequeña sonrisa a Tanit.

—Eso debe de ser agotador.

—Lo es.

Suspiró.

—Pero también creo que es la primera vez que sé realmente a quién estoy intentando encontrar.

Durante unos instantes ninguna dijo nada.

El zumbido uniforme de los motores llenó el espacio entre ambas. —También pienso en nosotras.

Aquella respuesta hizo que Tanit girara ligeramente la cabeza. Naia sonrió sin apartar la mirada de la ventanilla.

—Nunca imaginé que mi historia empezara así.

—Nadie imagina algo así.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era uno de esos silencios extraños que aparecen cuando ya no hace falta explicarlo todo.

A ratos hablaban.

A ratos permanecían calladas.

Pero incluso los silencios parecían formar parte de la misma conversación.

En algún momento, Naia apoyó la cabeza sobre el hombro de Tanit. Lo hizo con absoluta naturalidad.

Como si aquel gesto hubiera estado esperando su momento desde hacía mucho tiempo.

Tanit permaneció inmóvil, no se apartó, no dijo nada, simplemente siguió allí.

Escuchando el rumor constante de los motores.

Y siendo demasiado consciente de aquella cercanía.

Aquello había comenzado como una investigación.

Cada día resultaba más difícil seguir creyendo que solo era eso. Barcelona las recibió con su ritmo habitual.

Semáforos, cláxones, terrazas llenas.

El olor a café saliendo de los bares.

Gente caminando deprisa por las aceras.

La ciudad seguía exactamente igual que cuando se habían marchado. Ellas no.

Mientras conducía hacia el centro, Tanit mantenía la vista fija en la carretera.

Sin embargo, una parte de su mente seguía atrapada al otro lado del Atlántico.

En Amaru, en Sor Beatriz, en el cuaderno.

En las dos niñas separadas décadas atrás y en el doctor Lemos. Sobre todo, en el doctor Lemos.

Había algo en aquella historia que seguía sin encajar.

Algo pequeño.

Difuso.

Pero persistente.

Como una piedra atrapada dentro del mecanismo de un reloj. De vez en cuando sorprendía a Naia observando la ciudad a través de la ventanilla.

Parecía tranquila.

Sin embargo, Tanit ya había aprendido a reconocer cuándo estaba pensando demasiado.

—¿Qué? —preguntó Naia al notar su mirada.

Tanit volvió los ojos a la carretera.

—Nada.

Naia sonrió.

—No sabes mentir.

La inspectora soltó una breve carcajada.

—Últimamente me lo dicen mucho.

—Porque es verdad.

La sonrisa permaneció entre ambas unos segundos más de lo necesario. Y desapareció demasiado despacio.

Aquella misma tarde extendieron sobre la mesa toda la documentación que habían traído de Colombia.

El expediente del orfanato ocupaba el centro.

A su alrededor se acumulaban fotografías, copias de adopciones, notas manuscritas y direcciones antiguas.

El cuaderno de Amaru permanecía apartado del resto.

Como si perteneciera a otra categoría.

A algo más personal.

Más difícil de clasificar.

Tanit repasó los documentos una vez más.

—Tenemos la dirección del hospital.

Pasó una página.

—Y también la de su domicilio en Sevilla.

Naia se sentó a su lado.

Muy cerca.

Ya no parecía una decisión consciente.

Simplemente sucedía.

—¿Cuándo salimos?

—Mañana.

No tenía sentido esperar.

Cada día que pasaba hacía más difícil seguir el rastro.

—En tren.

Naia asintió lentamente.

Sus ojos permanecieron sobre la carpeta.

—Quiero verlo.

La frase salió en voz baja.

—Quiero saber quién era realmente.

Tanit cerró el expediente.

—Y yo quiero saber por qué adoptó a Claudia.

Naia levantó la vista.

—Sigues pensando que no fue casualidad.

—Cada vez más.

—¿Por qué?

Tanit reflexionó unos segundos.

—Porque cuanto más sabemos de esta historia, menos coincidencias encuentro.

El silencio volvió a instalarse entre las dos.

—Creo que Lemos tomaba muy pocas decisiones al azar. Esa frase quedó suspendida sobre la mesa.

Como una advertencia.

La noche cayó sobre Barcelona mientras preparaban el siguiente viaje. Las maletas volvieron a abrirse.

Los billetes quedaron sobre la mesa.

La documentación cambió de carpeta.

Todo parecía repetirse, pero no era igual.

En Colombia habían perseguido el origen de una historia. Ahora iban detrás de una persona.

Una persona que había estado presente desde el principio sin que ellas lo supieran.

El doctor Carlos Lemos.

Antes de acostarse, Tanit abrió una vez más la carpeta.

Solo una vez más.

Observó el nombre escrito en una de las hojas.

Doctor Carlos Lemos.

Permaneció varios segundos contemplándolo.

Fuera, Barcelona seguía despierta.

El murmullo lejano del tráfico llegaba amortiguado hasta la ventana. Tanit cerró la carpeta.

Y, por primera vez desde que regresaron de Colombia, comprendió qué era lo que la inquietaba.

No temía lo que pudieran encontrar en Sevilla.

Temía que Carlos Lemos llevara años esperando que alguien acabara haciendo exactamente esas preguntas.

Porque algunas historias terminan cuando descubres la verdad. Y otras empiezan exactamente en ese momento. Algo seguía sin encajar.

No era una prueba.

Ni una conclusión.

Ni siquiera una intuición clara.

Era más bien una sensación.