Capítulo 22
La idea había estado allí desde hacía días.
Nadie la había pronunciado en voz alta.
Pero flotaba entre ellas desde que escucharon por primera vez el nombre de Yaruca.
Al final fue Naia quien rompió el silencio.
—Podríamos intentar llegar allí.
El contacto local ni siquiera la dejó terminar.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Instintiva.
Como si llevara tiempo temiendo aquella pregunta.
—No es posible.
Tanit levantó la vista.
—Necesitamos ver el lugar.
El hombre negó lentamente con la cabeza.
Después se inclinó hacia delante.
—No están entendiendo lo que es Yaruca.
La habitación quedó en silencio.
El ventilador giraba despacio sobre sus cabezas.
Fuera, el tráfico de Bogotá avanzaba bajo el calor húmedo de la tarde. —No es un pueblo al que puedan llegar en coche, hacerse unas fotos y volver al hotel.
Naia sostuvo su mirada.
—Es donde empezó todo.
—Precisamente por eso.
El hombre respiró hondo antes de continuar.
—Yaruca está en una zona fronteriza extremadamente aislada. Técnicamente pertenece a territorio venezolano. Pero, en la práctica, las fronteras allí significan muy poco.
Tanit intercambió una rápida mirada con Naia.
Aquello no sonaba bien.
—¿Qué quiere decir "muy poco"?
El hombre esbozó una sonrisa cansada.
—Quiere decir que hay lugares donde el Estado no entra. Lugares donde nadie hace preguntas y donde las respuestas suelen ser peligrosas.
El silencio regresó.
Más incómodo esta vez.
—Hay rutas controladas por grupos armados. Contrabandistas. Gente que prefiere no tener visitantes. Algunos poblados viven
completamente aislados del exterior.
Hizo una pausa.
—Y los extranjeros llaman demasiado la atención.
Naia sintió cómo se desinflaba la pequeña esperanza que había alimentado durante días.
—Pero existe alguna forma de llegar.
No era una pregunta, era una súplica.
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Posiblemente.
La respuesta fue peor que una negativa.
Porque dejaba abierta una puerta.
Y una puerta abierta siempre invita a cruzarla.
—¿Y entonces?
—Entonces existe una posibilidad razonable de que desaparezcan. La frase cayó en la estancia con absoluta frialdad.
Sin dramatismo.
Precisamente por eso resultó tan inquietante.
—Sus permisos no cubren esa zona. Ni los de la policía española ni los del consulado.
Miró a Tanit.
—Y si intentan entrar por su cuenta, no solo pondrán en riesgo sus vidas.
Hizo una pausa.
—También podrían comprometer toda la investigación. Nadie respondió.
Porque todos sabían que tenía razón.
Aquella noche, el hotel de Bogotá parecía más silencioso que nunca. No era el ruido, ni la temperatura, era la sensación de derrota. La sensación de haber llegado hasta el borde de algo importante y descubrir, justo al final, que el camino estaba cortado.
Naia permanecía sentada sobre la cama.
Las maletas abiertas ocupaban el suelo.
La ropa estaba doblada, preparada para regresar.
Mientras tanto, ella no lo estaba.
A través de la ventana se extendían las luces de la ciudad. Miles de puntos brillando sobre las laderas oscuras.
Vidas continuando su curso mientras la suya parecía suspendida en algún lugar entre Colombia y España.
Tanit repasaba documentación en una carpeta.
Sin leer realmente.
Las dos pensaban en lo mismo.
En Yaruca, en Amaru, en la selva.
En todas las respuestas que acababan de quedarse al otro lado de una frontera.
—No vamos a verlo nunca.
La voz de Naia sonó más cansada que triste.
Tanit cerró la carpeta.
—No lo sabemos.
—Sí lo sabemos.
Silencio.
—Eso era lo más cerca que había estado de mi pasado.
Tanit se inclinó ligeramente hacia delante.
—No.
Naia levantó la vista.
—¿Cómo qué no?
—Tu pasado no es un lugar.
Aquella respuesta la tomó por sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
—Que tu historia no está escondida en una aldea perdida. Tanit apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Está en las personas que salieron de allí.
Naia permaneció callada.
—Amaru salió de Yaruca.
—Sí.
—Carlos Lemos salió del orfanato.
Asintió.
—Sor Beatriz conoció la historia.
—Sí.
—Y Claudia llegó hasta aquí siguiendo ese rastro.
Naia comprendió adónde quería llegar.
—Las respuestas viajaron.
—Exacto.
Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa.
Pequeña, cansada, pero real.
—Y ahora están en España.
Horas después, el aeropuerto de Bogotá comenzaba a despertar. Las primeras luces del amanecer se reflejaban en los ventanales. Viajeros somnolientos arrastraban maletas.
Las cafeterías abrían poco a poco.
Las pantallas cambiaban destinos a un ritmo constante. Naia observaba las pistas sin verlas realmente.
Todavía seguía pensando en Amaru.
En la cesta, en la selva.
En la mujer que había cruzado medio país para recuperar a sus hijas. Tanit sostenía dos cafés ya fríos.
Ninguna había dormido.
—Barcelona.
La palabra salió en voz baja.
Como una despedida.
—Y después Sevilla.
Naia asintió.
Durante unos segundos contempló los aviones alineados junto a las terminales.
—¿Crees que encontraremos algo?
Tanit observó el movimiento constante de las pistas.
Después la miró.
—Creo que llevamos demasiado tiempo haciéndonos la pregunta equivocada.
—¿Y cuál es la correcta?
La inspectora tardó un instante en responder.
—No quién mató a Claudia.
Naia frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué buscamos?
—Qué fue exactamente lo que descubrió antes de morir.
El silencio regresó.
Pero esta vez era diferente.
Porque ambas comprendieron que la investigación acababa de cambiar de dirección.
Ya no estaban buscando únicamente a un asesino.
Estaban intentando reconstruir el último descubrimiento de una mujer que quizá había llegado demasiado lejos.
La megafonía anunció el embarque.
Las dos se levantaron.
Recogieron sus mochilas.
Y caminaron hacia la puerta.
Sin darse cuenta de que, mientras abandonaban Colombia, la investigación estaba a punto de entrar en su fase más peligrosa. Porque algunas verdades permanecen ocultas por el paso del tiempo. Otras permanecen ocultas porque alguien sigue dispuesto a matar para protegerlas.
Y Claudia, de una forma u otra, había estado a punto de encontrar una de ellas.