Las Marcadas Capítulo 21
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Capítulo 21

Sor Beatriz permaneció unos segundos en silencio después de hablar de la marca.

El aire de la estancia parecía haberse vuelto más denso.

Fuera, la vida seguía su curso. Se escuchaban risas infantiles en el patio, el golpeteo de unos pasos corriendo por el pasillo y el murmullo incesante de la selva respirando al otro lado de los ventanales. Pero dentro de aquella sala el tiempo se había detenido.

Naia no apartaba la mirada de la anciana.

Sentía que cada respuesta la acercaba a la verdad y, al mismo tiempo, la alejaba de todo lo que creía saber sobre sí misma.

—Ha dicho que mi madre no tenía la marca porque no pertenecía a Yaruca.

Sor Beatriz asintió despacio.

—No pertenecía. Aunque vivió allí casi toda su vida.

Tanit se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿De dónde era realmente?

La pregunta llegó de inmediato.

La respuesta, no.

La anciana tardó unos segundos en hablar.

Como si tuviera que atravesar décadas de recuerdos para encontrar las palabras adecuadas.

—De Parua.

El nombre cayó en la habitación con una extraña gravedad. Ninguna de las dos lo había oído antes.

—Es un poblado situado más al norte —explicó Sor Beatriz—. Muy aislado.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Tan aislado que mucha gente de esta región ni siquiera sabe con certeza dónde está. Los mapas apenas lo mencionan y quienes viven allí rara vez abandonan el territorio que consideran suyo.

Tanit intercambió una rápida mirada con Naia.

—¿Tan poco contacto tienen con el exterior?

—Muy poco. Durante generaciones apenas se relacionaron con otras comunidades. Comerciaban lo justo. Evitaban a los forasteros. Y los forasteros aprendieron a evitarlos a ellos.

La anciana entrelazó las manos.

—Existen muchas historias sobre Parua.

Algunas seguramente exageradas. Otras no tanto. Lo único que sé es que muy pocas personas han estado allí.

La mayoría de las historias que se cuentan son mitos y leyendas. Su voz descendió ligeramente.

Miró a Naia.

—Su gente tiene costumbres diferentes.

Incluso sus rasgos físicos son distintos.

Se dice que tienen los ojos verdes y claros y la piel más pálida. Naia bajó la mirada sin darse cuenta.

—Durante años hubo quien habló de ellos como si fueran una leyenda de la selva.

Un pueblo que aparecía y desaparecía.

Un lugar del que todos habían oído hablar y que casi nadie conocía realmente.

—Es un poblado situado más al norte —explicó Sor Beatriz—. Muy aislado.

Una sensación antigua parecía removerse en su interior.

La misma que la había acompañado toda la vida.

La de sentirse ligeramente fuera de lugar.

Siempre.

—¿Mi madre nació allí?

Sor Beatriz negó suavemente con la cabeza.

—Eso fue lo que se creyó durante años.

Hizo una pausa.

—Pero nadie llegó a saberlo con certeza.

El silencio volvió a hacerse dueño de la estancia.

—Una mañana apareció una cesta delante de una de las chozas de Yaruca.

Naia sintió un pequeño escalofrío.

—¿Una cesta?

—Sí.

La anciana entrelazó las manos.

—Dentro había una niña de apenas unos días de vida. Estaba envuelta en una manta y dormía profundamente. Nadie la había visto llegar. Nadie escuchó pasos durante la noche. Nadie supo quién la dejó allí. La voz de Sor Beatriz descendió casi hasta un susurro.

—Simplemente apareció.

Naia sintió el peso de aquellas palabras.

No había un origen.

No había una familia.

No había una historia.

Solo una niña abandonada en medio de la selva.

—¿Nunca encontraron a sus padres?

—Nunca.

La anciana negó despacio.

—Los ancianos del poblado dijeron que aquella niña no era de Yaruca. Sus facciones eran diferentes.

Creyeron que podía proceder de Parua, pero nadie quiso comprobarlo. —¿Por qué?

Sor Beatriz sostuvo la mirada de Tanit.

—Porque había preguntas que era más seguro no hacer.

Aquella frase quedó suspendida en el aire.

Tanit la registró al instante.

No sonaba a superstición.

Sonaba a miedo.

Miedo real.

—¿Y la criaron allí?

—Sí.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la anciana.

—Una mujer del poblado la tomó en brazos aquella misma mañana y dijo que ningún niño debía crecer sin familia. Y así fue como Amaru llegó a Yaruca.

Naia escuchaba en silencio.

Era extraño.

Sentía compasión por una mujer a la que nunca había conocido y que, sin embargo, parecía cada vez más un reflejo de sí misma. —¿Y la llamaron Amaru?

—Sí.

Sor Beatriz asintió.

—Amaru.

Pronunció el nombre lentamente.

Con respeto.

—En su lengua significa serpiente.

Tanit arqueó una ceja.

—Curioso.

—No tanto como parece.

La anciana sonrió levemente.

—La serpiente cambia de piel para sobrevivir. Se adapta. Desaparece cuando está amenazada y reaparece cuando nadie la espera. Guardó silencio unos instantes.

—Siempre pensé que aquel nombre terminó definiendo toda su vida. Naia sintió un nudo en la garganta.

Porque era exactamente lo que Amaru había hecho.

Desaparecer.

Y volver.

—Nunca fue rechazada por completo —continuó Sor Beatriz—, pero tampoco llegó a ser uno de ellos. Siempre existió cierta distancia. La aceptaban, pero nunca olvidaban que había llegado de fuera. La anciana bajó ligeramente la cabeza.

—Y esa clase de heridas suele permanecer para siempre.

Naia tragó saliva.

—Y aun así formó una familia.

—Sí.

Los ojos de Sor Beatriz reflejaron una tristeza antigua.

—Con Yarumo.

La habitación quedó en silencio.

—Tuvieron a Izela. Y durante un tiempo pareció que aquella historia tendría un final feliz.

—Pero no lo tuvo —dijo Tanit.

No era una pregunta.

La anciana negó lentamente.

—Conoció a otro hombre.

Nadie habló.

—Y cuando descubrió que estaba embarazada comprendió que tarde o temprano todos lo sabrían.

—Yarumo lo descubrió.

—Sí.

—¿Qué hizo?

Sor Beatriz levantó la vista.

—Nada de lo que se esperaba de él.

La respuesta sorprendió incluso a Tanit.

—La amaba.

Aquellas tres palabras quedaron suspendidas en la sala.

—Demasiado.

La anciana respiró hondo.

—Sabía lo que ocurría en Yaruca cuando las tradiciones se veían amenazadas. Sabía que el problema no era él.

Miró a Naia.

—El problema era el resto.

Un escalofrío recorrió la espalda de la joven.

—Fue él quien le pidió que huyera.

—¿Y que nos llevara consigo?

—Sí.

Sor Beatriz asintió.

—Le dijo que desapareciera antes de que fuera demasiado tarde. La anciana guardó silencio.

—Esa misma noche abandonó el poblado.

La imagen apareció en la mente de Naia con una claridad dolorosa. La selva.

La oscuridad.

La lluvia.

Una mujer caminando sola con dos niñas en brazos.

Sin saber si lograría sobrevivir.

—Llegó aquí días después —continuó Sor Beatriz—. Exhausta. Deshidratada. Con fiebre.

La anciana cerró los ojos un instante.

—Y solo pidió una cosa.

—¿Cuál?

—Que cuidáramos de sus hijas.

Naia sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Nos dejó aquí sabiendo que quizá no volvería?

Sor Beatriz sostuvo su mirada.

—No os dejó.

La habitación quedó en silencio.

—Os confió a nosotros.

Aquellas palabras golpearon a Naia con más fuerza que cualquier otra revelación.

Porque por primera vez comprendió la diferencia.

Abandonar.

O proteger.

Tanit fue quien rompió el silencio.

—¿Y después llegaron los médicos españoles?

—Sí.

Los nombres ya resultaban familiares.

Josep Montalbán.

Carlos Lemos.

Pero cada vez que aparecían en la historia adquirían un significado distinto.

Más oscuro.

Más ambiguo.

—Montalbán te eligió desde el primer momento —dijo Sor Beatriz mirando a Naia—. Nunca lo vi dudar.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la joven.

—Eso me lo creo.

—Lemos fue diferente.

Tanit alzó la vista.

—¿Diferente cómo?

—Observaba mucho.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

Las tres lo notaron.

Sor Beatriz tardó unos segundos en continuar.

—Parecía un hombre extraordinario. Ayudó a muchos niños. Consiguió medicinas. Habló de tratamientos imposibles para nosotros. Volvió a callar.

—Todos confiábamos en él.

Aquella frase dejó una sensación extraña en el ambiente.

Como si perteneciera a una historia cuyo final ya se conocía. Y no fuera bueno.

Tanit decidió cambiar de dirección.

—¿Cómo sabe usted todo esto de Amaru?

La anciana sonrió.

Esta vez no fue tristeza.

Fue memoria.

—Porque me lo contó.

—Pero ha dicho que apenas hablaba español.

—Es verdad.

Sor Beatriz se puso lentamente en pie.

Caminó hasta un viejo armario de madera situado junto a la pared. Abrió una de las puertas.

Sacó una carpeta envejecida por el tiempo.

Y regresó con ella.

Dentro había un cuaderno.

Pequeño.

Gastado.

Con las esquinas dobladas y las tapas descoloridas.

Un objeto humilde.

Y, sin embargo, parecía contener algo valioso.

Sor Beatriz lo depositó sobre la mesa.

Con el mismo cuidado con el que se sostiene un recuerdo frágil. —No sabía escribir. Apenas podía expresarse en español. Acarició la cubierta.

—Pero necesitaba contar su historia.

Abrió la primera página.

—Así que la dibujó.

Naia se inclinó hacia delante.

Las hojas estaban llenas de ilustraciones.

Trazos sencillos.

Instintivos.

Una cesta, una choza, una niña pequeña.

Después aparecían mujeres marcadas con la flor de la pasionaria. El río.

Animales.

Senderos en la selva.

Un hombre.

Una familia.

Y más adelante, dos niñas.

Izela y Zanai.

No existía un orden preciso.

Solo recuerdos.

Fragmentos de una vida intentando no deshacerse.

Sor Beatriz pasó varias páginas en silencio.

Luego cerró el cuaderno.

Y lo empujó suavemente hacia Naia.

—He vivido muchos años con esto.

Su voz apenas era un susurro.

—Y todavía sigo creyendo que hay páginas que no entiendo. Naia observó el cuaderno sin tocarlo.

Sentía que tenía delante algo mucho más importante que una simple libreta.

Era una huella.

La prueba de que Amaru había existido.

De que había amado, de que había luchado.

Y de que jamás había dejado de buscar el camino de regreso. Finalmente extendió la mano.

Tomó el cuaderno con cuidado.

Pesaba muy poco.

Apenas unas hojas gastadas por los años.

Y, sin embargo, le pareció sostener algo mucho más pesado. Una vida.

Fuera, el viento agitó las copas de los árboles.

Unas voces infantiles llegaron desde el patio.

Durante unos segundos, el mundo continuó exactamente igual que antes.

Pero para ella ya nada era igual.

Abrió la primera página.

Volvió a observar la cesta.

La niña, la selva, los rostros sin nombre y comprendió que aquel cuaderno no era un recuerdo.

Era una búsqueda.

La búsqueda de una mujer que había pasado media vida intentando entender quién era.

Exactamente igual que ella.

Tanit observó la escena en silencio y entonces comprendió algo que hasta ese momento no había sabido formular, ya no estaban investigando únicamente el asesinato de Claudia.

Ni una adopción irregular.

Ni siquiera la desaparición de una madre.

Estaban siguiendo el rastro de una historia que alguien había intentado fragmentar durante décadas.

Una madre separada de sus hijas.

Dos hermanas creciendo con nombres distintos.

Una periodista asesinada.

Un médico rodeado de secretos.

Y un viejo cuaderno que había sobrevivido donde casi nada más lo había hecho.

Sintió un escalofrío.

Porque cada respuesta parecía conducir siempre al mismo lugar. A personas que desaparecían, a identidades que cambiaban, a historias que otros intentaban borrar.

Levantó la vista hacia Sor Beatriz.

La anciana observaba el cuaderno como quien contempla una herida demasiado antigua para cerrarse del todo.

Y por primera vez desde que llegaron a Colombia, Tanit tuvo la sensación de que acababan de cruzar una frontera invisible. La del pasado.

La puerta que nunca debió abrirse.

Y una vez abierta, ya no había forma de volver a cerrarla.