Capítulo 20
Durante unos instantes nadie habló.
La revelación de que Amaru no había nacido en Yaruca seguía suspendida en el aire como una puerta entreabierta hacia un misterio todavía mayor.
Al otro lado de la ventana, la selva vibraba bajo el calor de la tarde. El zumbido constante de los insectos llegaba amortiguado hasta la estancia.
Alguien reía en el patio.
Más lejos, varios niños jugaban junto al edificio escolar levantando pequeñas nubes de polvo rojizo.
Pero allí dentro el tiempo parecía haberse detenido.
Naia permanecía inmóvil.
Incapaz de apartar la mirada de Sor Beatriz.
Sentía algo extraño.
Como si cada nueva respuesta arrancara una capa de oscuridad de su pasado y, al mismo tiempo, revelara otra aún más profunda. Fue Tanit quien rompió el silencio.
—Ha dicho que Amaru no murió.
La anciana asintió lentamente.
—No.
Durante años no supe nada de ella.
Llegué a pensar que jamás volvería a verla.
Pero sobrevivió.
Naia tragó saliva.
—¿La volvió a ver?
Sor Beatriz apoyó las manos sobre las rodillas.
Observó unos segundos el jardín antes de responder.
—Sí.
Algunos años después.
La tensión regresó de inmediato a la habitación.
—Nunca olvidaré aquella mañana.
Hacía un calor sofocante.
Los niños acababan de desayunar y las hermanas preparaban las clases. Vi entrar a una mujer por el patio y pensé que sería alguna cooperante o alguien enviado por una organización internacional.
Una sonrisa melancólica apareció en su rostro.
—Vestía con elegancia.
Caminaba con seguridad.
Parecía una mujer acostumbrada a que la escucharan cuando hablaba. Negó suavemente con la cabeza.
—No quedaba nada de aquella joven agotada que había llegado una noche de tormenta cubierta de barro y con dos niñas en brazos. Naia sintió cómo se aceleraba su pulso.
—No la reconocí hasta que estuvo delante de mí.
Sor Beatriz guardó silencio, un silencio largo, doloroso.
—Me miró fijamente y dijo una sola frase.
Cerró los ojos.
Como si todavía pudiera escuchar aquella voz.
—«He venido a buscar a mis hijas».
El aire pareció desaparecer de la habitación.
Naia ni siquiera se dio cuenta de que había dejado de respirar. Sor Beatriz abrió lentamente los ojos.
—En ese instante supe que era Amaru.
Nadie dijo nada.
Porque las tres comprendieron exactamente lo mismo.
Aquella historia no podía terminar bien.
—Me preguntó por Izela y por Zanai.
Pronunció vuestros nombres sin vacilar.
Como una madre que los hubiera repetido cada día para no olvidarlos jamás.
Naia bajó la vista.
Por primera vez escuchaba a alguien pronunciar el nombre que había tenido antes de convertirse en Naia.
Y dolía más de lo que esperaba.
—¿Qué hizo cuando le dijo que ya no estábamos aquí?
Sor Beatriz dejó escapar un largo suspiro.
—Sentí que le arrancaba el corazón.
El ventilador del techo giró lentamente.
Empujando aire caliente de un lado a otro de la habitación. —Intenté explicarle la situación.
Los años que habían pasado, la falta de recursos, las adopciones, las familias.
La anciana bajó la vista.
—Y entonces le dije que las dos habíais sido adoptadas en España. Un nuevo silencio llenó la estancia.
Pesado.
Implacable.
—Amaru se quedó inmóvil.
No lloró.
No gritó, no hizo preguntas, simplemente me miró.
Los ojos de Sor Beatriz parecieron humedecerse.
—Jamás he vuelto a ver una tristeza semejante.
Cuando volvió a hablar, su voz apenas era un susurro.
—Me dijo: «Yo os pedí que las escondierais... no que las dierais». La frase cayó sobre la habitación como una sentencia.
Naia sintió que algo se rompía dentro de ella.
Toda la vida había creído que había sido abandonada.
Ahora entendía que la verdad era mucho más difícil.
Su madre había intentado salvarla.
Y después había regresado a buscarla.
Incluso Tanit fue incapaz de apartar la mirada de la anciana. —Intenté explicarle nuestros motivos.
El miedo.
Las amenazas.
La situación del orfanato.
Le confesé que llevaba años preguntándome si había tomado la decisión correcta.
Sor Beatriz sonrió con amargura.
—Pensé que jamás me perdonaría.
Miró directamente a Naia.
—Pero ocurrió algo que nunca olvidaré.
—¿Qué?
—Me dio las gracias.
Naia parpadeó.
—¿Las gracias?
—Sí.
Dijo que comprendía lo difícil que había debido de ser aquella decisión. Que cuando os dejó aquí no sabía siquiera si seguiríais vivas al día siguiente.
La anciana se llevó una mano al pecho.
—Nos agradeció haberla acogido aquella noche.
Haber cuidado de vosotras.
Haberlas mantenido a salvo cuando ella ya no podía hacerlo. Su voz se quebró.
—Luego dijo algo que todavía recuerdo palabra por palabra. Bajó la mirada.
—«Todo esto es culpa mía».
Naia cerró los ojos.
Y por primera vez no imaginó a Amaru como un nombre perdido en los documentos.
La imaginó cruzando la selva.
Empapada.
Asustada.
Llevando dos niñas en brazos.
Sin saber si volvería a verlas.
Y regresando años después para descubrir que habían desaparecido. —¿Le dio la información? —preguntó Tanit.
Sor Beatriz tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Aquella palabra estaba cargada de culpa.
Y de alivio.
—Le entregué todo lo que conservábamos.
Las direcciones, los nombres, los expedientes.
Pensé que tenía derecho a saber dónde estaban sus hijas.
Naia sintió un escalofrío.
Su madre había regresado, había preguntado por ella y había salido a buscarla.
—Recuerdo que observó los documentos durante mucho tiempo. Apenas habló.
Solo repetía vuestros nombres una y otra vez.
Izela, Zanai.
Izela, Zanai.
Como una oración, como una promesa.
—También le expliqué quiénes eran los hombres que os habían adoptado.
Josep Montalbán y el doctor Carlos Lemos.
Tanit levantó la vista.
—¿Qué le contó sobre Lemos?
—La verdad que conocíamos entonces.
Que era un médico respetado.
Un hombre admirado por todos había ayudado a muchos niños enfermos, financiado tratamientos.
Pasado semanas enteras trabajando aquí sin cobrar nada.
La inspectora frunció levemente el ceño.
Aquella imagen no terminaba de encajar con el hombre que empezaba a emerger detrás de tantos secretos.
—Amaru escuchó todo sin interrumpirme.
Después guardó los documentos y me dijo que viajaría a España. —¿Dijo cuándo?
—No.
—¿Volvió alguna vez?
Sor Beatriz negó lentamente.
—Nunca más.
El silencio regresó.
Esta vez fue Tanit quien empezó a ordenar las piezas.
Amaru había sobrevivido, había regresado a Guntare, había obtenido las direcciones.
Y después había viajado a España.
Fuera, los gritos de unos niños llegaron desde el patio.
La vida continuaba, como siempre.
Ajena a las decisiones tomadas décadas atrás.
—¿Volvió a tener noticias de ella? —preguntó.
—Nunca.
Pensé muchas veces en buscarla, pero no sabía dónde encontrarla. La anciana bajó la mirada.
—Y quizá tampoco tuve valor para hacerlo.
Tanit asintió lentamente.
Entendía demasiado bien aquella sensación.
Durante años mucha gente había preferido no mirar atrás. Josep, Sor Beatriz, probablemente Flor, quizá incluso Amaru. Pero el pasado siempre terminaba encontrando el camino de regreso. La inspectora observó la selva a través de la ventana.
Por primera vez desde el inicio de la investigación tuvo la sensación de estar contemplando algo mucho más grande que un asesinato. Aquella historia había comenzado mucho antes de la ermita. Mucho antes de Noemí, mucho antes incluso de que Naia llegara a España.
Era una historia de madres que huían, de hijas que desaparecían. Y de personas que dedicaban media vida a intentar encontrarse unas a otras.
Sintió un escalofrío.
Porque otra idea acababa de abrirse paso entre todas las demás. Si Amaru había conseguido llegar hasta España, si había encontrado el rastro de sus hijas.
Entonces el peligro nunca había desaparecido.
Solo había esperado, paciente, en silencio, oculto entre los años. Esperando el momento adecuado para volver a despertar.