Capítulo 19
El orfanato apareció al final de un camino de tierra, oculto entre la vegetación densa que rodeaba Guntare.
No era un edificio grande ni especialmente llamativo: apenas una construcción antigua de paredes encaladas, tejado de chapa y amplios ventanales abiertos para dejar entrar el aire húmedo de la selva.
Y, sin embargo, transmitía una extraña sensación de fortaleza.
No por su aspecto, sino por todo lo que parecía haber resistido: años de lluvias, escasez, enfermedades y violencia.
Aun así, seguía en pie, ofreciendo refugio a niños que casi siempre llegaban después de perder demasiado pronto a sus familias.
Naia se quedó inmóvil frente a la entrada.
Había imaginado aquel momento durante todo el viaje. Estaba convencida de que, al llegar, surgiría algún recuerdo, una imagen olvidada o una emoción capaz de explicarle quién había sido antes de convertirse en Naia Montalbán.
Pero no ocurrió nada.
Solo sintió una presión incómoda en el pecho y la certeza de encontrarse ante el lugar donde su historia había comenzado mucho antes de que alguien decidiera cambiarle el nombre, el país y la vida.
La mujer que las había recibido en Guntare les abrió la puerta con una sonrisa discreta y las invitó a entrar.
Tanit entregó la documentación preparada en España: autorizaciones judiciales, permisos policiales y comunicaciones consulares. Todo estaba en regla.
No habían recorrido miles de kilómetros siguiendo una intuición. Habían llegado hasta allí siguiendo la pista de un asesinato. Y, de forma inesperada, aquella investigación las había conducido a un rincón perdido de Colombia.
El interior era sencillo.
Mesas de madera desgastadas, estanterías repletas de libros infantiles, fotografías amarillentas de generaciones enteras de niños y un pequeño dispensario al fondo del pasillo.
Varias religiosas atendían a los más pequeños mientras otras preparaban la comida.
La calma que se respiraba en el ambiente apenas lograba ocultar las limitaciones con las que trabajaban.
Les explicaron que Sor Beatriz llevaba décadas acogiendo a hijos de mujeres que huían de la guerrilla, del narcotráfico o de la violencia que asolaba muchas regiones del país.
Aquel lugar nunca había hecho demasiadas preguntas.
Su única prioridad había sido salvar a los niños.
Al fondo de la sala, junto a una ventana abierta, una anciana permanecía sentada con un libro sobre las rodillas.
No parecía estar leyendo.
Levantó la vista incluso antes de que ellas se acercaran, como si hubiera esperado aquella visita durante años.
Era muy mayor.
El cabello, completamente blanco, descansaba recogido sobre la nuca. Sus manos mostraban las huellas de toda una vida de trabajo y la espalda evidenciaba el peso de los años.
Pero sus ojos seguían conservando una lucidez extraordinaria. Observó primero a Tanit.
Después fijó la mirada en Naia.
Y entonces cerró el libro con una lentitud casi ceremonial. —Hola, niña. Veo que Santa Eulàlia te ha protegido. Estás guapísima. Naia sintió que un nudo le cerraba la garganta.
—¿Sor Beatriz?
La anciana sonrió.
—Sí. Y tú eres Zanai.
El antiguo nombre cayó entre ambas como una piedra arrojada a un pozo profundo.
Treinta años suspendidos en una sola palabra.
Fue Tanit quien rompió el silencio.
—Necesitamos respuestas. En España han asesinado a una mujer y creemos que todo empezó aquí.
Sacó una fotografía y la dejó cuidadosamente sobre la mesa. Sor Beatriz apenas necesitó unos segundos para reconocer el rostro. Su expresión cambió al instante.
—Izela... tu hermana.
Pronunció aquellas palabras con un susurro cargado de tristeza. —En España la conocían como Claudia Lemos —explicó Tanit—. Investigaba su adopción y la identidad de su familia biológica cuando alguien la asesinó.
La religiosa acarició la fotografía con la yema de los dedos hasta detenerse sobre la pequeña cicatriz.
—Sí... es ella. Los ojos nunca cambian. Pero esa marca... esa marca era imposible de olvidar.
Naia dio un paso adelante.
—¿Nos recuerda?
Sor Beatriz levantó la mirada.
—Os recuerdo perfectamente. Vuestros nombres eran Izela y Zanai. Después os llamaron Claudia y Naia, pero para mí siempre fuisteis las dos niñas que llegaron una noche de tormenta.
Señaló las sillas que tenía delante.
—Sentaos. Creo que ha llegado la hora de que conozcáis vuestra historia.
Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido de los insectos y el rumor lejano del río.
Naia se sentó junto a Tanit sin apartar los ojos de la anciana. Sor Beatriz tomó aire.
—Era muy tarde. Llovía con tanta fuerza que apenas se veía el camino. Alguien llamó a la puerta y, cuando abrí, encontré a una mujer empapada, cubierta de barro y casi sin fuerzas para mantenerse en pie. Llevaba a una niña de unos cinco años de la mano y a un bebé en brazos.
Miró a Naia.
—Ese bebé eras tú.
El corazón de Naia se aceleró.
—¿Mi madre?
La anciana asintió.
—Se llamaba Amaru.
Naia repitió el nombre muy despacio.
Amaru.
Como si lo estuviera aprendiendo por primera vez.
—¿Cómo era?
La sonrisa de Sor Beatriz se suavizó.
—Era una madre capaz de atravesar la selva durante días con dos niñas pequeñas para salvarles la vida. No conozco una prueba de amor mayor que esa.
Naia bajó la cabeza.
Las lágrimas no llegaron a caer, pero Tanit vio cómo los nudillos se le ponían blancos al aferrarse a la silla.
—Amaru vivía en un poblado llamado Yaruca —continuó la religiosa—. Una comunidad donde las tradiciones pesaban más que cualquier ley. Allí nació Izela, hija de Yarumo, el jefe del poblado. Pero tú no eras hija de él.
El silencio se hizo más pesado.
—Con el tiempo, Amaru se enamoró de otro hombre. Un forastero. Intentó ocultarlo, pero terminó quedándose embarazada. Comprendió enseguida que, cuando la verdad saliera a la luz, vosotras correríais peligro.
—¿Y huyó? —preguntó Tanit.
—Sí. Pero no escapaba de Yarumo. Él jamás habría permitido que os hicieran daño. Huyó del miedo, de los rumores y de quienes creían que el honor del poblado valía más que una vida.
La anciana guardó silencio unos instantes.
—Permaneció aquí varios días. Llegó con fiebre, deshidratada y con los pies destrozados.
Solo preguntaba si sus hijas estaban bien.
Cuando recuperó algo de fuerza, nos pidió que os protegiéramos y prometió que volvería en cuanto encontrara la forma de manteneros a salvo. Naia alzó lentamente la cabeza.
—¿Nos dejó aquí?
—Os dejó donde creyó que nadie podría encontraros. Nunca habló de abandono. Habló de protección.
—¿Y regresó?
Sor Beatriz sostuvo su mirada.
—No entonces.
Dos palabras.
Suficientes para abrir una puerta que Naia creía cerrada para siempre. La anciana continuó:
—Con el paso de los meses, el orfanato apenas podía hacerse cargo de todos los niños que llegaban. Muchas madres escondían aquí a sus hijos mientras huían de la violencia. Los recursos eran escasos y cada decisión resultaba dolorosa.
Suspiró.
—Fue entonces cuando llegaron dos médicos españoles como voluntarios.
La mirada de Sor Beatriz volvió a detenerse sobre Naia.
—El primero fue Josep Montalbán. Desde el instante en que te vio comprendí que ya te quería como a una hija. No veía a una niña del orfanato. Veía a alguien a quien llevaba años esperando.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Naia.
Sí.
Aquello encajaba perfectamente con el hombre que la había criado. —¿Y Claudia? —preguntó Tanit.
—Izela permaneció aquí unas semanas más.
Después llegó el doctor Carlos Lemos, un prestigioso pediatra de Sevilla.
Ayudó en el dispensario, atendió gratuitamente a decenas de niños y mostró especial interés por algunos casos muy graves.
Hablaba constantemente de tratamientos que allí eran imposibles.
Sor Beatriz hizo una pausa.
—Con el tiempo solicitó la adopción de Izela. Parecía un hombre respetable, generoso y profundamente comprometido con los niños. Tenía esposa y una hija de una edad similar. Nunca tuve motivos para desconfiar de él.
Dos hermanas.
Dos niñas nacidas de la misma madre.
Adoptadas por dos médicos españoles.
Separadas por apenas unos cientos de kilómetros.
Condenadas a crecer sin saber que la otra existía.
—Estuvimos tan cerca... —murmuró Naia.
—Demasiado cerca —respondió Sor Beatriz.
Tanit se inclinó hacia delante.
—¿Por qué las separó? ¿Por qué no dejó constancia de que eran hermanas?
La anciana cerró lentamente los ojos.
—Porque Amaru me advirtió de que alguien podría venir a buscaros. Pensé que manteneros juntas facilitaría que os encontraran. Los trámites de adopción ya estaban muy avanzados y obligar a uno de aquellos hombres a renunciar habría significado que una de vosotras permaneciera indefinidamente aquí.
Su voz se volvió apenas un susurro.
—Creí que estaba haciendo lo correcto.
Abrió los ojos.
—Hace muchos años que me pregunto si me equivoqué.
Naia tardó varios segundos en formular la pregunta que realmente necesitaba hacer.
—¿Y mi madre?
Sor Beatriz la observó con una tristeza infinita.
—Puedo asegurarte una cosa, niña.
Naia contuvo la respiración.
—Amaru no murió.
El corazón le dio un vuelco.
Aquella respuesta no cerraba ninguna herida.
Las abría todas.
Respiró hondo antes de reunir el valor para formular la última pregunta. —¿Y las marcas?
Por primera vez desde que había empezado a hablar, Sor Beatriz vaciló. El silencio volvió a llenar la estancia mientras el rumor de la selva parecía filtrarse por las paredes del viejo orfanato.
—La pasionaria es la marca de las mujeres de Yaruca. La reciben al nacer durante una ceremonia ancestral. Es un símbolo de pertenencia. Una forma de recordar quiénes son y de dónde vienen.
Tanit recordó la cicatriz del cadáver de Claudia.
Naia, casi por instinto, llevó una mano hasta su propio costado. —¿Y Amaru?
La anciana negó lentamente con la cabeza.
—Amaru fue la única mujer que vivió en Yaruca sin llevar jamás esa marca.
Naia frunció el ceño.
—¿Por qué?
Sor Beatriz sostuvo su mirada durante largos segundos.
—Porque Amaru no había nacido en Yaruca.
El silencio regresó una vez más.
Y, por primera vez desde que había llegado a Colombia, Naia comprendió que quizá el mayor misterio nunca había sido descubrir quién era su padre.
El verdadero misterio era otro.
Quién había sido realmente Amaru.