Capítulo 18
El amanecer en Bogotá llegó envuelto en una neblina gris que se deslizaba entre los edificios y difuminaba los contornos de la ciudad. Tanit ya estaba despierta cuando sonó el despertador.
Lo apagó antes de que sonara por segunda vez y permaneció unos segundos inmóvil, observando el techo, con la sensación de no haber dormido realmente.
A su lado, Naia seguía dormida.
Tenía el cabello extendido sobre la almohada y una expresión serena que Tanit no le había visto despierta desde que llegaron a Colombia. Durante un instante resultó difícil relacionar aquella imagen con todo lo que las había llevado hasta allí.
La mujer asesinada en una ermita.
La marca grabada en la piel de dos hermanas separadas.
Claudia Lemos.
El orfanato.
Sor Beatriz.
Y un padre enfermo en Sevilla que quizá ocultaba más respuestas de las que nadie imaginaba.
Durante la noche había releído varias veces los mensajes de Axel. Claudia Lemos.
Periodista de investigación.
Detective privada.
Hija del doctor Carlos Lemos, fundador del Hospital Infantil Carlos Lemos.
Nadie había denunciado su desaparición.
Su padre llevaba un año apartado de la dirección del hospital por una enfermedad que nadie parecía dispuesto a mencionar.
Todo encajaba demasiado bien.
Y, al mismo tiempo, nada terminaba de encajar del todo.
Tanit volvió la vista hacia Naia.
—Tenemos que salir en una hora.
Naia abrió los ojos despacio.
Necesitó unos segundos para recordar dónde estaba.
Y cuando lo hizo, buscó a Tanit de inmediato.
—¿Ha llamado Axel?
—Anoche.
Naia se incorporó.
—¿Ha averiguado algo?
Tanit se sentó en el borde de la cama.
No quería soltar aquella información como si fuera un simple dato más. —Han identificado a la mujer de la ermita.
Naia se quedó inmóvil.
—¿Quién era?
—Se llamaba Claudia Lemos. Era periodista de investigación y detective privada. Vivía en Sevilla.
Naia tardó unos segundos en procesarlo.
—¿Lemos?
—Su padre es el doctor Carlos Lemos. Dirigió uno de los hospitales infantiles más importantes de España. Ahora está retirado. Enfermo. Y nadie permite acercarse a él.
Naia bajó la mirada.
La noticia parecía añadir otro peso sobre los que ya cargaba. —¿Crees que sabía que era mi hermana?
Tanit apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Creo que estaba investigando algo relacionado con su pasado. Nadie cambia de identidad, desaparece de su ciudad y vive escondido si no tiene motivos para temer a alguien.
Naia guardó silencio.
Después se levantó y caminó hasta la ventana.
Bogotá despertaba lentamente detrás de los cristales empañados. —Entonces no solo hemos venido a buscar mi historia.
Tanit la observó.
—No.
Naia siguió mirando la ciudad.
—También hemos venido a terminar la que ella empezó. Esta vez Tanit no discutió.
Porque pensaba exactamente lo mismo.
Prepararon las maletas en silencio.
No había demasiadas cosas que guardar.
Aun así, cada objeto parecía pesar más de lo normal.
Los documentos de adopción.
Las fotografías de la marca.
Los informes forenses.
El nombre de Sor Beatriz apuntado en una libreta.
Y la fotografía de Claudia Lemos.
Una mujer que había llegado a El Papiol buscando respuestas y había acabado convertida en una advertencia.
La terminal de autobuses parecía una ciudad dentro de otra ciudad. Vendedores ambulantes ofreciendo café, fruta, empanadas y agua. Familias cargadas con bolsas y maletas.
Niños corriendo entre las filas de asientos.
Conductores gritando destinos imposibles de entender para un extranjero.
El aire olía a gasolina, comida caliente y lluvia reciente.
Naia caminaba junto a Tanit observándolo todo con una atención casi dolorosa.
Como si cada rostro pudiera contener una parte de la verdad. —¿Estás bien? —preguntó Tanit mientras validaban los billetes. Naia la miró de reojo.
—No.
La sinceridad de la respuesta la sorprendió.
Naia sonrió con cansancio.
—Pero voy a subir a ese autobús igualmente.
Tanit asintió.
—Eso también cuenta.
El vehículo partió poco después de las ocho.
Los asientos eran estrechos.
Las ventanas vibraban en cada curva.
Y el calor empezaba a hacerse notar pese a la hora temprana. Durante el primer tramo, Bogotá se extendió a su alrededor como una ciudad interminable.
Barrios escalando las laderas.
Avenidas saturadas de tráfico.
Edificios perdiéndose entre la niebla.
Después la ciudad quedó atrás.
Las carreteras se estrecharon.
Los edificios desaparecieron.
Y la vegetación comenzó a devorar el paisaje.
Las montañas surgieron ante ellas como una muralla verde y oscura atravesada por carreteras sinuosas.
Naia permaneció junto a la ventanilla.
A veces observaba el exterior.
Otras cerraban los ojos, como si intentara obligar a su memoria a recordar.
De pronto habló.
—No recuerdo nada.
—Eras un bebé.
—Lo sé.
Guardó silencio.
—Pero esperaba sentir algo.
Tanit también contempló las montañas.
—A veces los lugares no devuelven recuerdos.
—¿Entonces qué devuelven?
—Preguntas.
Naia volvió la cabeza hacia ella.
—¿Y si no me gusta ninguna de las respuestas?
—Las afrontaremos igualmente.
La respuesta fue tan sencilla como firme.
Y Naia agradeció que no intentara consolarla.
El viaje se hizo largo.
Compartieron una botella de agua.
Comentaron alguna escena absurda del trayecto.
Y discutieron durante unos minutos sobre la incapacidad patológica de Tanit para relajarse.
Naia incluso consiguió hacerla sonreír.
Pero la sonrisa desaparecía rápido.
Cada vez que el autobús se detenía, Tanit comprobaba el móvil. La cobertura iba y venía.
Y cada vez que aparecía una señal, revisaba los mensajes de Axel. Nada.
Ni sobre Claudia.
Ni sobre el doctor Lemos.
Ni sobre la persona que ahora dirigía el hospital.
A media tarde el conductor anunció la última parada.
—¡Guntare!
Tanit levantó la cabeza.
Naia apretó la mano contra el borde del asiento.
—Es aquí.
El autobús abandonó la carretera principal y recorrió un último tramo de tierra rojiza.
La vegetación se hizo más densa.
Los árboles parecían inclinarse sobre la carretera.
El aire entraba cargado de humedad.
Entonces aparecieron las primeras casas.
Tejados de chapa, fachadas desgastadas, puertas abiertas, ropa tendida. Niños jugando descalzos en la calle.
Sonaba música en alguna casa.
El olor a tierra mojada se mezclaba con el del café recién tostado.
Un perro dormía bajo la sombra de una camioneta oxidada.
Y, más allá de las últimas casas, la selva parecía observarlo todo.
Guntare era mucho más pequeño de lo que habían imaginado.
Nada hacía pensar que aquel lugar escondiera una historia capaz de atravesar tres décadas, dos continentes y varias vidas.
Era precisamente esa normalidad lo que resultaba inquietante. Cuando bajaron del autobús, el calor las golpeó de inmediato. Naia permaneció inmóvil.
Observó las calles.
Las casas.
Las montañas que rodeaban el pueblo.
No había reconocimiento en sus ojos, no había recuerdos. Solo una emoción contenida, la sensación de haber llegado al umbral de una puerta cerrada durante toda una vida.
Y entonces apareció la mujer.
Cruzó la calle despacio.
Cabello completamente blanco.
Vestido sencillo.
Paso tranquilo.
Pero había algo en su mirada que hizo que Tanit se pusiera alerta al instante.
No parecía sorprendida.
Como si hubiera esperado aquel momento durante mucho tiempo. La mujer se detuvo frente a Naia.
Y la observó durante varios segundos.
No miró la ropa, ni el equipaje, ni el rostro.
Miró directamente sus ojos.
Después sonrió, una sonrisa pequeña, triste, cargada de años. —Tienes los ojos de tu madre.
Naia dejó de respirar durante un instante.
Tanit dio un paso hacia ella sin llegar a tocarla.
La anciana alzó una mano y rozó la mejilla de Naia con una delicadeza que resultaba casi dolorosa.
—Han pasado muchos años —susurró—. Demasiados.
—¿Quién es usted? —preguntó Naia.
La voz apenas parecía suya.
La mujer retiró la mano lentamente.
—Me llamo Teresa.
Guardó silencio unos segundos.
—Trabajé en el orfanato cuando tú eras pequeña.
Naia sintió un vuelco en el estómago.
—¿Me recuerda?
La anciana sonrió con tristeza.
—A ti sí.
Hizo una pausa.
—Y a tu hermana también.
El aire pareció congelarse alrededor de ellas.
Tanit intercambió una mirada con Naia.
—¿Nos estaba esperando? —preguntó.
Teresa negó despacio.
—No exactamente.
Luego clavó los ojos en el camino que descendía entre los árboles. —Pero llevo treinta años esperando poder decir la verdad. Señaló un sendero que desaparecía entre la vegetación.
—El orfanato sigue ahí.
Su expresión cambió apenas un instante.
Lo suficiente para que Tanit lo percibiera.
Miedo.
—¿Y Sor Beatriz? —preguntó.
—También sigue allí.
La mujer bajó la voz.
—Aunque ya no le queda mucho tiempo.
Naia observó el sendero.
Después miró a Tanit.
Ninguna necesitó decir nada.
Las dos comprendieron lo mismo.
El viaje había terminado.
La verdadera investigación acababa de empezar.
A lo lejos, entre la vegetación, asomaba el tejado oscuro de un edificio antiguo.
El lugar donde alguien había decidido marcar a unas niñas. El lugar donde otras fueron enviadas lejos con nombres nuevos y pasados inventados.
El lugar donde Claudia Lemos comenzó a buscar respuestas antes de morir.
Entre los árboles, las ventanas oscuras del orfanato parecían observarlas.
Como si el edificio hubiera estado esperando su regreso. Como si supiera que, tarde o temprano, las niñas marcadas acabarían encontrando el camino de vuelta.