Las Marcadas Capítulo 17
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Capítulo 17

La noche cayó deprisa sobre Bogotá.

Desde la ventanilla del taxi, la ciudad parecía no terminar nunca: avenidas interminables, edificios que aparecían y desaparecían entre la lluvia fina, luces rojas reflejadas sobre el asfalto y un tráfico constante que parecía resistirse al sueño.

Naia observaba en silencio.

Todo le resultaba extraño y, al mismo tiempo, inquietantemente cercano.

Era absurdo.

Había abandonado Colombia siendo un bebé.

No podía recordar nada de aquel país.

Y, sin embargo, desde que bajaron del avión llevaba instalada en el estómago una sensación difícil de explicar, como si una parte olvidada de sí misma reconociera algo que su memoria era incapaz de nombrar. Tanit la observó de reojo, pero no preguntó nada.

Sabía reconocer cuándo alguien estaba intentando ordenar pensamientos que todavía no entendía.

El hotel estaba cerca del centro, oculto entre edificios más altos y calles bulliciosas. Era pequeño, discreto, con una recepción algo anticuada, ventiladores lentos girando en el techo y un olor persistente a café recién hecho mezclado con humedad.

Solo pensaban descansar unas horas.

A la mañana siguiente continuarían viaje hacia el interior. Hacia el pueblo.

Hacia el orfanato.

Cada kilómetro las acercaba a respuestas que quizá ninguna estaba preparada para escuchar.

Mientras Tanit hablaba con el recepcionista, su teléfono vibró. Miró la pantalla.

Axel.

Durante un segundo dudó antes de responder.

No porque no quisiera hablar con él, sino porque sabía que cualquier llamada desde Barcelona podía cambiar el rumbo de la investigación. —Dime.

La voz de Axel sonó distinta.

Más contenida.

Más grave.

—Tenemos identificación.

Tanit se quedó inmóvil junto al mostrador.

—¿Quién era? —preguntó Tanit.

Axel tardó apenas un segundo en responder.

—Las huellas han dado coincidencia. La mujer asesinada no se llamaba Noemí.

El vestíbulo del hotel pareció alejarse.

El ruido del televisor.

El ventilador girando sobre sus cabezas.

Las voces que llegaban desde la calle.

Todo quedó en segundo plano.

—Se llamaba Claudia Lemos.

Tanit guardó silencio.

—Treinta y cinco años. Periodista de investigación y detective privada. Vivía en Sevilla.

—¿Lemos? —repitió Tanit.

—Sí. Hija del doctor Carlos Lemos.

El apellido quedó suspendido entre ellas.

Tanit conocía aquel nombre.

Casi cualquiera relacionado con el mundo sanitario lo conocía. El Hospital Infantil Carlos Lemos era uno de los centros privados más prestigiosos del país, especializado en enfermedades infantiles poco frecuentes.

Durante años había recibido premios, subvenciones y reconocimiento público por tratar casos que otros hospitales no podían asumir. —¿El director del hospital? —preguntó.

—Lo fue. Ya no. He llamado allí. Me han dicho que dejó la dirección hace aproximadamente un año por motivos de salud.

Ahora hay otra persona al frente.

—¿Qué le ocurre?

—No han querido dar detalles. Solo que permanece en su domicilio y que no recibe visitas sin autorización expresa de la familia. Tanit apretó el teléfono con más fuerza.

—¿Han denunciado la desaparición de Claudia?

—No.

Aquella única palabra ya era inquietante.

—He revisado Sevilla, Madrid, Barcelona, bases nacionales e internacionales. No consta ninguna denuncia.

El silencio se instaló entre ambos.

Una periodista de investigación desaparecida.

Una mujer viviendo bajo una identidad falsa.

Y nadie parecía buscarla.

—¿Hay algo más? —preguntó Tanit.

Axel dudó antes de responder.

—Su historial laboral es extraño. No trabajaba para ningún medio fijo.

Colaboraba con varios periódicos, pero llevaba meses sin publicar nada con su nombre.

Hay pagos en efectivo, viajes difíciles de justificar y una cuenta de correo cifrada a la que todavía no hemos conseguido acceder. —¿Y su padre?

—De momento no podemos hablar con él.

El hospital insiste en que está enfermo y que la familia controla cualquier contacto.

Estoy intentando averiguar quién dirige ahora el centro y quién toma realmente las decisiones.

Tanit observó la lluvia tras los cristales.

A miles de kilómetros de allí, en Sevilla, un hombre enfermo permanecía aislado del mundo.

Tal vez llevaba treinta años protegiendo la misma historia. —No hagas ruido todavía —dijo finalmente—. No contactes con la familia. Quiero saber quién sabe que Claudia ha desaparecido antes de que sepan que la hemos identificado.

—Entendido.

La llamada termino.

—¿Quién era? —preguntó en voz baja.

Tanit tardó unos segundos en responder.

No quería decirle nada sin antes estar segura de saberlo todo de Claudia Lemos.

—Axel.

—¿Qué quería?

—Saber si habíamos llegado bien.

Naia la observó unos segundos.

—Pareces preocupada.

—Estoy cansada.

No era verdad.

Lo que acababa de escuchar cambiaba demasiadas cosas.

El nombre de Claudia Lemos acababa de abrir una puerta inesperada. Y, aunque aún no entendía lo que había detrás, sí sabía algo. Claudia no había llegado a El Papiol por casualidad.

Había cambiado de nombre.

Había evitado dejar rastro.

Y había terminado degollada en una ermita.

La recepcionista carraspeó discretamente.

—Solo queda una habitación disponible.

Naia y Tanit se miraron.

Ninguna pareció sorprendida.

Durante un instante ninguna dijo nada.

No era exactamente una sorpresa.

Las dos sabían que tarde o temprano terminarían compartiendo algo más que una investigación.

Simplemente ninguna parecía preparada para admitirlo en voz alta. La habitación era sencilla.

Una cama grande.

Una mesa junto a la ventana.

Un armario antiguo.

Y un ventilador ruidoso girando sobre sus cabezas.

Naia dejó la maleta junto a la pared.

—Supongo que hemos agotado nuestra suerte.

Tanit sonrió mientras dejaba la mochila sobre una silla.

—He dormido en sitios peores.

—¿Y con compañía?

La sonrisa de Tanit se hizo más evidente.

—Depende de la compañía.

Naia bajó la mirada, incapaz de ocultar una pequeña sonrisa. Durante unos segundos, el caso desapareció.

No existían cadáveres.

Ni marcas.

Ni hospitales.

Ni nombres falsos.

Solo dos mujeres cansadas en una ciudad desconocida.

Cenaron en el pequeño restaurante del hotel.

Arroz, carne guisada, sopa caliente y cerveza fría.

Durante un rato hablaron de música, de películas y de viajes que nunca habían hecho.

Naia se rio varias veces.

Y aquella risa sorprendió a Tanit.

Hacía días que no la escuchaba libre de miedo, libre de preguntas. Pero el caso terminó regresando, siempre regresaba.

—Claudia Lemos —murmuró Naia, girando el vaso entre los dedos—. ¿Crees que vino a buscarme?

—No lo sé.

—Pero estaba cerca de La Colmena. Cerca de mí. Y tenía la misma marca.

Tanit asintió.

—No creo en las casualidades.

—Entonces quizá sabía que éramos hermanas.

Aquella posibilidad dolió más de lo que ambas esperaban. —Puede ser —admitió Tanit—. Y si lo sabía, quizá también descubrió quién os separó.

El silencio cayó sobre la mesa.

La lluvia golpeaba los cristales.

—¿Y si no encontramos nada en el orfanato? —preguntó Naia. —Encontraremos algo.

—¿Tan segura estás?

—Sí.

—¿Por qué?

Tanit sostuvo su mirada.

—Porque alguien ha dedicado demasiados años a ocultar esta historia. Y cuando alguien se esfuerza tanto por borrar un pasado, siempre deja huellas.

Naia permaneció pensativa.

—¿Y si encontramos demasiado?

—Entonces tendremos que afrontarlo.

De regreso en la habitación, la lluvia arreció.

Tanit repasó mapas, fechas y documentos mientras Naia se duchaba. La carretera, el pueblo, el orfanato, Sor Beatriz, Josep Montalbán. Y ahora Claudia Lemos.

Una periodista asesinada que quizá había descubierto la misma verdad que ellas estaban buscando.

Cuando la puerta del baño se abrió, Naia apareció con el cabello húmedo y una camiseta amplia.

Tanit levantó la vista.

Y tardó demasiado en volver a los papeles.

Naia lo advirtió.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Mientes fatal para ser inspectora.

—Y tú haces demasiadas preguntas.

—Es contagioso.

Tanit cerró la carpeta.

—Voy a ducharme.

El agua fría despejó su cuerpo, pero su cabeza fue otra historia. Intentó concentrarse en Claudia.

En Sevilla, en el hospital, en la investigación.

Pero todos los caminos terminaban conduciéndola al mismo lugar. Naia.

Cuando regresó, Naia estaba sentada sobre la cama hojeando uno de los informes.

La luz tenue dibujaba sombras suaves sobre su rostro.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Tanit imaginó algo parecido a una vida normal.

La idea la inquietó más que cualquier amenaza.

—Mañana todo puede complicarse —dijo.

—Lo sé.

—Puede que descubramos cosas que no quieras escuchar. Naia cerró el informe.

—Por eso me alegro de estar aquí ahora.

Tanit se sentó a su lado, demasiado cerca para que fuera casual. Naia apartó un mechón húmedo del cabello de la inspectora. Un gesto mínimo.

Pero suficiente para cambiar el aire de la habitación.

—No tienes que cargar con esto sola —murmuró Tanit.

—Tú tampoco.

Demasiado cerca.

Tanit podía distinguir el aroma del champú en su cabello.

Naia podía escuchar la respiración tranquila de la inspectora. Durante un instante pareció que alguna de las dos iba a decir algo más. Algo importante.

Algo que llevaba días creciendo entre ellas.

Pero ninguna lo hizo, todavía no.

Fuera seguía lloviendo.

Dentro, el ventilador giraba lentamente, removiendo un aire caliente y cargado de humedad.

Cuando apagaron la luz, el silencio se adueñó de la habitación. Permanecieron despiertas más tiempo del que cualquiera habría admitido.

Escuchando la lluvia.

Escuchando la respiración de la otra.

Escuchando sus propios pensamientos.

Solo había una cama.

Pero ninguna de las dos temía a aquella cercanía.

Lo que de verdad las inquietaba se encontraba muchos kilómetros más adelante.

Entre montañas.

En un orfanato perdido al que el tiempo parecía haber olvidado. Allí donde todo había comenzado treinta años atrás.

Allí donde alguien había enterrado la verdad.

Y donde ellas estaban a punto de desenterrarla.