Las Marcadas Capítulo 16
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Capítulo 16

El aeropuerto hervía de ruido.

Maletas rodando sobre el suelo pulido. Pantallas que cambiaban destinos cada pocos segundos. Despedidas apresuradas junto a las puertas de embarque.

Todo parecía normal.

Demasiado normal para lo que ellas estaban a punto de hacer.

Tanit avanzaba con la maleta en una mano y la mochila colgada del hombro.

Caminaba deprisa, con la mirada alerta, como si incluso allí, rodeada de cientos de personas, no pudiera permitirse bajar la guardia.

Naia iba a su lado, más callada de lo habitual.

Observaba los carteles, las familias, los viajeros que corrían hacia sus vuelos, como si intentara grabar cada detalle antes de abandonar Barcelona.

Los billetes estaban impresos, los pasaportes revisados y las reservas confirmadas.

Ya no quedaban excusas.

Mientras esperaban junto a la puerta de embarque, Naia observó a una niña pequeña abrazada a su abuela. La mujer intentaba sonreír, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas.

Naia apartó la mirada demasiado deprisa.

Tanit lo notó.

—¿Estás bien?

Naia tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

La sinceridad de aquella frase dejó a Tanit sin respuesta inmediata. —Todavía podemos volver —dijo en voz baja—. No tienes que demostrarle nada a nadie.

Naia la miró.

Había cansancio en sus ojos, pero también determinación. —No voy a volver atrás ahora.

—No lo decía por eso.

—Ya lo sé.

Durante unos segundos permanecieron en silencio, rodeadas de anuncios de vuelos, conversaciones ajenas y el sonido constante de las ruedas sobre el suelo.

Naia bajó la mirada hacia las manos de Tanit.

—Lo dices porque te preocupa que encuentre algo que no pueda soportar.

Tanit sostuvo su mirada.

—Lo digo porque no sé qué vamos a encontrar.

Naia respiró hondo.

—Yo tampoco. Pero llevo toda la vida viviendo con una historia que otros escribieron por mí. Ya no quiero seguir fingiendo que no me importa.

La llamada de embarque interrumpió el momento.

La fila comenzó a avanzar.

Y, por primera vez desde que habían decidido viajar, Tanit sintió que aquello era irreversible.

Al entregar las tarjetas de embarque, Naia la miró de reojo. —Última oportunidad para echarte atrás.

Tanit arqueó una ceja.

—No soy de esas.

—Eso ya lo sé.

La sonrisa que compartieron fue breve.

Pero bastó.

El avión despegó de noche.

Barcelona se fue encogiendo bajo ellas: avenidas iluminadas, coches moviéndose como insectos de luz, edificios convertidos en manchas oscuras entre las calles.

Después solo quedaron las nubes y la oscuridad.

Diez horas.

Diez horas para pensar demasiado.

Al principio hablaron de cualquier cosa menos de Colombia. Era un pacto tácito.

Naia le contó que de niña cayó de una bicicleta y pasó todo un verano con una escayola en la pierna.

Tanit habló de una motocicleta vieja que compró con su primer sueldo y que sobrevivió menos de seis meses antes de dejarla tirada en mitad de una carretera.

—Eso explica muchas cosas —dijo Naia.

—¿Qué cosas?

—Tu obsesión por controlarlo todo.

Tanit soltó una risa por lo bajo.

—No controlo todo.

—Claro que no. Solo llevas tres documentos de identidad, dos cargadores, un botiquín y una lista de teléfonos de emergencia para un viaje de tres días.

—Es un viaje a Colombia. No una escapada a Sitges.

—Eso no responde a mi pregunta.

Tanit la miró de reojo.

Naia tenía la extraña habilidad de provocar sin parecer que lo hacía. Una sonrisa tranquila.

Una mirada sostenida un instante más de lo necesario.

—¿Siempre eres así? —preguntó Tanit.

—¿Así cómo?

—Tan insistente.

Naia inclinó ligeramente la cabeza.

—Solo con la gente que me interesa.

La frase quedó suspendida entre ambas.

Tanit apartó la vista y fingió concentrarse en la pantalla del asiento. No sirvió de mucho.

Notó el calor subirle por el cuello.

Naia lo vio y sonrió.

Horas después, la cabina quedó sumida en una penumbra azulada. La mayoría de los pasajeros dormía.

Otros veían películas en silencio o contemplaban la oscuridad detrás de las ventanillas.

El rumor constante de los motores llenaba el espacio entre ellas. En algún momento, Tanit abrió por costumbre la carpeta digital donde guardaba la información del caso.

Releyó los escasos datos obtenidos sobre el orfanato.

Nombres incompletos.

Fechas mal registradas.

Documentación desaparecida.

Y una nota recogida durante las últimas entrevistas en Barcelona que seguía molestándola.

"Hay lugares que sobreviven precisamente porque nadie quiere hacer preguntas." Cerró la pantalla.

Aquella frase la acompañó el resto del vuelo.

Sus manos se rozaron sobre el reposabrazos.

Fue un contacto mínimo.

Casi accidental.

Ninguna se apartó.

Tanit giró apenas la muñeca.

Sus dedos quedaron junto a los de Naia, sin llegar a entrelazarse. Aquel pequeño espacio pareció cargado de una tensión mucho mayor que cualquier conversación.

Naia la miró.

—¿Esto también forma parte de la investigación?

Tanit soltó una breve risa.

—No estoy segura de que deba responder a eso.

—Inspectora prudente.

—Doctora complicada.

Naia sonrió.

—¿Complicada?

—Mucho.

—No pareces muy preocupada por eso.

Tanit bajó la mirada hacia sus dedos, apenas separados.

—Quizá porque algunas complicaciones merecen la pena. Durante un instante ninguna dijo nada.

El ruido de los motores parecía lejano.

Naia sostuvo su mirada.

Y por primera vez ninguna de las dos fingió que aquello era solo una broma.

La tensión cambió.

Ya no era solo deseo, era algo más profundo, más difícil, más peligroso. —Tanit...

La inspectora no se movió.

Podía sentir su respiración, el calor de su cuerpo y la cercanía. Durante un segundo pensó en besarla.

Allí mismo.

Suspendidas sobre el Atlántico.

Entre desconocidos dormidos.

Con Colombia esperando al otro lado.

Pero Naia apoyó la cabeza sobre su hombro antes de que pudiera hacerlo.

El gesto fue sencillo.

Y, precisamente por eso, desarmó todas sus defensas.

—No duermo bien en los aviones —murmuró Naia.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Te molesta?

Tanit tardó demasiado en responder.

—No.

Naia sonrió sin abrir los ojos.

—Menos mal.

Se quedó dormida poco después.

Tanit permaneció despierta.

Observó las luces tenues de la cabina.

Escuchó el zumbido de los motores.

Pensó en Noemí.

En la marca, en Sor Beatriz en el orfanato.

En la mujer asesinada que las había llevado hasta allí.

En qué momento aquella investigación se había vuelto tan personal. En qué momento dejó de ser incapaz de separar el caso de la persona. No encontró respuesta.

El golpe suave de las ruedas sobre la pista las devolvió a la realidad. Bogotá.

La palabra adquirió peso cuando las puertas del avión se abrieron y el aire del aeropuerto las envolvió.

La gente hablaba deprisa, los acentos eran distintos, el idioma era el mismo, el mundo no.

Naia caminó junto a Tanit por la terminal siguiendo las señales de recogida de equipajes.

De pronto se detuvo y miró alrededor.

Como si esperara reconocer algo.

Como si una parte de ella quisiera recordar, pero no recordó nada. Había abandonado aquel país siendo apenas un bebé.

Y, aun así, la emoción endureció sus facciones.

Tanit se acercó.

—¿Qué ocurre?

Naia tardó unos segundos en responder.

—Pensaba que sentiría algo.

—¿Y no sientes nada?

Naia esbozó una sonrisa triste.

—No. Y me hace sentir peor de lo que debería.

Tanit sostuvo su mirada.

—No necesitas recordar un lugar para que forme parte de tu historia. Naia asintió.

Pero no parecía convencida.

El orfanato no estaba en Bogotá.

Lo descubrieron después de varias llamadas, preguntas y respuestas contradictorias.

Algunas personas afirmaban que había cerrado hacía años. Otras aseguraban que nunca había existido con ese nombre. Demasiadas versiones para una misma historia.

Finalmente, distintos testimonios apuntaron al mismo lugar. Un pequeño pueblo perdido entre montañas.

Varias horas de carretera.

Una pista secundaria, y poco más.

Demasiado poco.

Tanit observó el punto marcado en el teléfono, aparecía aislado. Perdido entre una inmensa extensión verde.

—Está lejos —dijo Naia.

—Sí.

—Mucho.

Tanit guardó el móvil.

—Mejor.

Naia comprendió el significado de aquella respuesta.

Cuanto más aislado estaba aquel lugar, más fácil había sido esconder secretos.

Más fácil borrar nombres.

Más fácil hacer desaparecer niñas como ella.

Como Noemí.

Fuera del aeropuerto, la tarde comenzaba a caer sobre Bogotá. Miles de luces se encendían entre las montañas.

El tráfico parecía interminable.

Las dos guardaron silencio.

Ya estaban demasiado cerca, demasiado cerca de la verdad. Y Tanit sabía, por experiencia, que la verdad rara vez era lo que uno esperaba encontrar.

A veces, cuando por fin aparecía, lo cambiaba todo.